viernes, 22 de septiembre de 2017

Papeletas

Si lo pienso bien, me desasosiega ver cómo se ha llegado a las papeletas. La clase media de Barcelona, promotora del pacto, del seny, líderes en una Cataluña rica, liberal, optimista, emprendedora, artística… de repente ha desaparecido. Tantos años alimentando el mangoneo del tres por ciento, la imposición de la lengua y la educación en beneficio propio (armas básicas de cualquier sentimiento diferenciador), que al final se les ha ido de las manos. Por eso la egregia burguesía catalana calla. Incluso cuando la benemérita arresta a los altos cargos de una Generalitat olvidada de Tarradellas.
Si lo pienso bien, me arredra su cobardía. Podrían hablar, señalar con el dedo acusador a todos cuantos han preferido el tobogán al precipicio en lugar de la senda (mucho más aburrida) de la templanza y la negociación, que es el lugar donde se hace un país. La calle habla, como se ve en las manifestaciones de la Diada, pero solo habla la calle que se concita para expresarse: los demás, por no hablar, ni siquiera son acera.
Si lo pienso bien, veo unas siglas, CiU, anacrónicas, brumosas, corroídas, vestigios de una bonanza que por mucho tiempo se quedará recogida en casa ante el avistamiento de los nuevos batasunos, esta vez catalanes, esclavizadores de esa entelequia llamada PDCAT, herederos indómitos del pujolismo que, alzados sobre sus cabezas, han avistado un lugar más propicio para su mediocridad que el designado por un Estado que calla y paga porque, si habla, todos se vienen arriba, que eso de jugar con la singularidad histórica afecta por igual a propios y extraños cuando se parla la misma lengua.
Si lo pienso bien, este desvarío con mil cuatrocientas cincuenta y dos, perdón, cincuenta y tres maneras de resolverse, es consecuencia de la indolencia atiborrada de prosperidad de aquellos catalanistas que yo me encontré cuando hacía mi doctorado en una Barcelona que causaba envidia a propios y extraños. Tanta mecánica social solo podía acabar en dogma o en terrorismo. Han elegido el dogma. La religión. La exclusión. Si les llamo fascistas igual me abofetean, pero se han comportado como tales desde hace cuarenta años con sus inmersiones y sus pesebres clientelares pagados a escote por los PGE.
Si lo pienso bien, acaso el precipicio no esté tan mal para ellos: podrán imponer sus leyes, inventar la legalidad al paso, arengar a las masas que aún no se han dado cuenta de nada. Pero ese precipicio, no puede estar en la piel de toro. 

viernes, 15 de septiembre de 2017

Regreso a las clases

En ciertos institutos la impartición de las asignaturas específicas depende del número de alumnos que las soliciten. Entre este tipo de asignaturas se encuentran Cultura Clásica y Filosofía. No todos los estudiantes interesados en ellas las podrán cursar, porque si no hay un mínimo número inscrito sencillamente no se imparten; los enamorados de las letras, por ejemplo, habrán de someterse a la dictadura de quienes prefieren informática o educación audiovisual, que a nadie sorprenderá que sea una amplia mayoría.
Claro está, depende del instituto o colegio. Cuando muchos sedicentes gurús pedagógicos recomiendan que la enseñanza escolar se dedique a preparar a los alumnos para el mercado laboral, están justificando que en numerosos centros educativos la II República o la Guerra Civil apenas sean abordados, por ejemplo, o que los alumnos sean incapaces de diferenciar el grado de incidencia de los rayos del sol en invierno y verano. El sistema educativo ha devenido tan mutilado como inservible para construir ciudadanos.
Profesores y estudiantes viven continuamente en interregnos de leyes educativas. A muchos docentes con los que trato resulta harto frustrante ejercer su magisterio porque los currículos son absurdos y cambiantes. ¿Cómo explicar que la dichosa psicopedagogía, capaz de decir en un mismo informe una cosa y su contraria, ha calcinado las aulas hasta convertirlas en un pozo de tristeza y desmotivación? El problema, claro está, no se encuentra solo en las aulas. La enormidad del número de padres sobreprotectores, con sus estúpidas demandas, o la tiranía de lo políticamente correcto, capaz de aniquilar de un plumazo toda curiosidad intelectual en los estudiantes, son factores que anulan el prestigio del saber y proscriben el rigor o la excelencia. ¿Debe asombrarnos, como enunciaba en el primer párrafo, el desinterés absoluto de los estudiantes por aprender? Hay chavales que se ven a sí mismos antes como prisioneros que como seres potencialmente brillantes en lo intelectual.
Me temo que las vergüenzas y miserias de nuestro sistema educativo no dejarán de aflorar. No hay nada tan hermoso como enseñar, ni nada tan entretenido como aprender. Es lo que nos conforma como humanos, por eso desde las aulas han de construirse mejores ciudadanos para mejores sociedades. Imagino que suena utópico, pero de la ignorancia funcional solo se alimentan desastres como Donald Trump o Marine Le Pen. Pero oiga: como quien oye llover.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Por fin

Cinco años de agotadora agitación ha necesitado Cataluña para escenificar, penosamente, en un parlamento semivacío y embrollado, su primer paso hacia la independencia. La sublevación no ha alzado las armas (dice mi hermano que, sin ellas, las revoluciones son un timo) y el Gobierno se limita a recurrir al tecé, que no al ejército (más propio para una invasión que para mitigar una insurgencia).
Tarradellas ha quedado en el olvido. La borrasca antisistema que gobierna en Cataluña ha acallado las voces de una clase media que, como ninguna otra, acaso solo la vasca, supo ser próspera. La izquierda revolucionaria, que llama al asalto y se dirige a las clases catalanas menos pudientes con estruendoso ruido, ensordece el juego político y convierte en tontos patanes, aunque útiles, a quienes están en el Govern como tristes evidencias de un pasado de moderación muy productivo. Si el futuro de la Cataluña independiente pasa por estos iconoclastas, los catalanes tienen un problema.
Lo llaman democracia, pero solo porque tienen un lugar donde reunirse y urnas. Algunos los acusan de practicar un golpe de estado, pero… Cataluña no es un estado, como tampoco lo es Euskadi. Son soberanistas que, por una mínima aritmética, han decidido comportarse al margen de las leyes que los han ubicado en sede parlamentaria. Sin solemnidad ni vergüenza, tal vez porque no saben qué hacer el día 2 de octubre. Improvisan sobre un lienzo nunca antes escrito. Moncloa advierte de la dictadura que sobrevuela Cataluña. Yo quiero advertir a Moncloa que es en ese palacio donde reside el garante último de la legitimidad constitucional española. Tantos años de indolencia tiene consecuencias. Prodigioso nunca ha sido el señor Brey, para qué engañarnos…
De tener una posición incomparable dentro de España, y haberse erigido en numerosas ocasiones en su verdadero árbitro, Cataluña ha decidido forzar al Gobierno de Madrid, cuando jamás Madrid se ha atrevido a hacer lo mismo con Cataluña (palabras de Calvet, director de La Vanguardia, del 6 de octubre de 1934). La farsa de la independencia por collons no tiene remedio ni va a producir héroes enaltecidos. El sueño de gloria en que han rendido sus esperanzas fracasará porque, por fin, han decidido dejarse de soplapolleces parlamentarias y, como en el chiste, verán venírseles encima todos los indios, los mismos que, hasta el momento, no se habían puesto de acuerdo en hacer algo digno de una lección de Historia.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Un mes para olvidar

Un agosto para olvidar. Por el atentado en Barcelona, por supuesto. Y después, por todo lo demás. Todo lo demás comienza al día siguiente, casi diría que aquella misma tarde.
Los muertos fueron rápidamente olvidados. Qué tristeza. Qué poca cosa somos. Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris. Diez días después, cuando miles de personas se reúnen para decir, quizá por última vez, que no olvidan, y cuando solo el silencio (casi el último reducto de consenso que nos queda) debió hablar, muchos no quisieron callarse ni guardar las banderas en su casa. La marcha no ocuparía más de hora y media en la vida de cualquier persona. Al parecer, noventa minutos sin mostrar, donde fuere, que hay un oprobio mayor que la más abyecta malignidad del ser humano, ocupa lo que cuenta un capítulo de Historia. De ahí los gritos, los pitidos, los insultos, los abucheos, las caras rabiosas y los esputos de toda una jauría humana para quien vapulear al que sigue vivo es más importante que todas las víctimas. Si son esas sus creencias, o al menos su comportamiento, ¿hace falta explicar por qué me indignan tanto? ¿Era “No tinc por” o “No tenim por de res”?
La decencia también fue olvidada. Se aclamaron a los héroes. Se impuso la pena de muerte (¿soy acaso el único a quien le parece abominable que se disparase a matar contra los terroristas?). Se alzaron los elegidos sobre todos los demás. En realidad, ocultaron los infinitos errores y mintieron con descaro. Frente al dragón coleando solo cabe asentir, pero una vez abatido el miserable bicho la verdad reluce. La Generalitat estaba alertada sobre posible un atentado en Las Ramblas por parte del Estado Islámico. Eso fue el 25 de mayo. Tras la devastación del 17 de agosto, en repetidas ocasiones su presidente, su consejero de Interior y el aclamado responsable de los Mossos lo negaron. Que mienta un político es algo acostumbrado, pero que lo haga la máxima autoridad del cuerpo policial no tiene justificación.
No sé ustedes, pero yo me siento terriblemente agotado de contemplar una y otra vez (y han sido muchas las veces ya, lamentablemente) a nuestros prebostes con total incapacidad para actuar como representantes de la ciudadanía en los momentos críticos. Anteponen sus peleas y el rédito político a cualquier consideración de dignidad cívica. Ocurre en ambas orillas del río político y no creo que vaya a dejar de suceder. Es agotador. Y, de verdad, no lo merecemos. Es, para olvidarles…

viernes, 25 de agosto de 2017

¿Turismo lou-qué?

No entiendo el revuelo contra el turismo de bajo coste. Estoy recibiendo mensajes y fotos desde Vietnam o Camboya o Vladivostok de quienes han ido hasta allá según directrices que luego critican en quienes nos visitan a nosotros por cuatro cochinas perras. Más aún. Es cierto que la gente viaja como nunca, pero no lee absolutamente nada: por ese motivo lo ignoran todo del país que pisan y solo saben publicar fotos y añadirles pies del estilo “qué pasada”, “es flipante” o tal vez un “esto es precioso”. Es lo que tiene elegir Internet: empequeñece el universo y convierte en vulgar algo tan reflexivo como un viaje. Porque lo llamamos viajes, pero en realidad es un simple transportarse en avión de un sitio a otro para luego no descubrir nada del otro ni de uno mismo. 

Pura perversión esto del turismo en masa. El trotamundos ha muerto. ¿Dónde está el viajero que desea descubrir de manera individual su propia estética sobre un paisaje nuevo, unos olores nuevos o unos sabores nuevos, y que regresa a casa distinto a como partió? Los blogs de supuestos viajeros están repletos de banales narraciones de lo que uno ha visto o no debería perderse (qué hartura de pontificación ramplona) en cierto lugar del mundo: no hacen sino repetir (y prolongar) la eterna visión comercial de ese mismo mundo. 

No hay tanta diferencia entre un autorretrato (selfi, que dicen ahora) en Birkenau o Choeung Ek y la imagen de esos turistas que duermen en un coche cerca de la Zurriola o se pasean en bolas por el centro de Calviá. Esto último es consecuencia de un achicamiento del mundo y de la mente: viajamos para poder presumir de movernos por lugares remotos, pero nuestra sensibilidad no abarca las posibilidades iniciáticas del éxodo ni entiende de más profundas inquietudes. Por eso, no me vengan con tonterías: da igual donde uno vaya, siempre hay un “tour operator” al acecho (L. Osborne dixit) y si usted acepta encantado ese viaje de escasa calidad iniciática en favor de un bajo precio está aplaudiendo la proliferación de locales dedicados a la venta de recuerdos, ropa barata y yogur helado.  

Y la pregunta de moda: ¿Arran protesta contra los turistas o contra la explotación económica del turismo? Yo no desprecio al turista, sino al explotador del turista. Y no, no les tengo simpatía alguna a los de Arran: estoy convencido de que ellos mismos son “low-cost”. Pero lo diré bien claro: no me molestan sus pintadas. Lo que me molesta es que usted no se vea criticado en ellas.

jueves, 17 de agosto de 2017

Atentar es fácil

Tenía que pasar. Atentar es fácil. No importa que sea en Londres, Niza, Berlín o Barcelona. En todas partes hay lugares donde el tránsito humano es masivo, vehículos en las inmediaciones con libertad de circulación y, por lamentable que parezca decirlo, imbéciles radicalizados a quienes basta uno de tales vehículos para arremeter contra nosotros, los infieles. Mejor una furgoneta o un camión: los daños y el número de muertos y heridos serán mayores. Así se expresaba no hace muchos meses la revista yihadista Rumiyah y así lo pensamos todos, pero con obvio sentimiento repulsivo.
Este tipo de matanzas son, tristemente, habituales en conocidas regiones de Oriente Próximo o el norte de África. Pero las que se producen en nuestro continente van cargadas de dramatismo: los perpetradores no eligen atacar en mercados o aglomeraciones de las barriadas, sino en lugares simbólicos y conocidos para impactar en nuestras consciencias, y en fechas muy concretas: la reunión antiyihadista de Washington, el Día Nacional francés, las navidades en Alemania o el agosto español. Serán unos grandísimos hijos de puta, pero saben muy bien lo que se traen entre manos. Tratan a Europa con cortesía macabra.
Tengo muy claro que no solo buscan inocular el terror y el miedo entre nosotros. Sobre todo, pretenden nuestra fragmentación, la radicalización de la sociedad civil, que rompamos anímicamente con nuestra proverbial tolerancia y enarbolemos el discurso bélico (lo hizo Hollande -madre mía- tras los atentados de París). Por eso, aun ignorando qué mensajes se escucharán hoy en radios y televisiones, pues carezco de tanta clarividencia, estoy convencido de que en alguna parte resonarán mensajes cargados de islamofobia y radicalidad. Ese es el juego lúgubre al que juega el yihadismo. Para ellos sería un éxito completo que nos volviéramos todos tan imbéciles como ellos.
A otros corresponde decir cómo eliminar esta plaga que nos asola, en caso de que pueda denominarse así. Ellos nos tildan de infieles porque llevan en su código ético una visión destructiva del sentimiento religioso. Nosotros los llamamos de muchas maneras porque su locura es impenetrable. De momento han cercenado la vida de inocentes que paseaban por las Ramblas. En algún lugar (o lugares) del mundo habrá quien se encuentre celebrando el sacrificio. Ninguno de ellos escucha a su dios, que reiteradamente les ordena que, de no vivir en paz, se eliminen a sí mismos de la faz de esta tierra.

viernes, 11 de agosto de 2017

Independencias

Lo de Cataluña es, sencillamente, de traca. Los partidarios del independentismo no descansan ni en agosto de decir tonterías. Cualquier noticia es parte de la gran noticia. Desde la pretendida orquestación gubernamental del conflicto del Prat a las manifestaciones de que ser catalán en España es algo parecido a ser gay en Marruecos, todo vale. Lo peor es que nadie manda callar la boca, pero no porque estén todos igual de enloquecidos, sino porque en cada nuevo registro de la antología del disparate que están perpetrando hay una razón más para llenar el saco de los motivos secesionistas. No es diarrea mental (tal vez sí): es seguir acumulando razones, no importa de dónde procedan.

Vean si no los disparates del Institut de Nova Història, para quienes Cervantes, Colón o Miguel Servet nacieron con barretina y el Lazarillo de Tormes fue traducido a lengua castellana y el original, en catalán, destruido por miedo a la Inquisición. Suena esperpéntico, pero en otras ocasiones da puntadas aparentemente finas como lo de que Cataluña está imbricada culturalmente con el imperio carolingio. En realidad, da lo mismo que induzcan a la risa con estas memeces o a consultar la enciclopedia para encontrar vestigios de protohistoria: siempre alguien habrá que piense que estas afirmaciones tienen su ijada en lugar de hilaridad. Es lo que tiene la búsqueda de raíces milenarias inexistentes: evoca una trascendencia inalcanzable para los demás.

Nos hemos acostumbrado a vivir con dosis diarias de desatinos, tan perseverante que ya es difícil aseverar si hay cimientos sólidos bajo los pies. Ha pasado el tiempo y el edificio, por endeble que sea, sigue en pie y amenazante. Como ya dijera en esta columna hace un tiempo, en la independencia de Cataluña se han reunido varios factores, pero decisivamente uno: el rechazo de la Generalitat, durante la crisis económica, a llevar a cabo dolorosos ajustes presupuestarios. Luego vino la polarización social, el populismo de una calle siempre presente, la demagogia política y la exacerbación de un sentimiento diferenciador que, por subjetivo que sea, parece superior a toda otra consideración.

Dice Puigdemont que Cataluña, lejos de tener miedo, inspira miedo. A mí el miedo, realmente, me lo imbuye la constatación de que los desatinos pro-independencia siempre quedan escritos con renglones firmes en páginas muy sombrías donde ni unos, ni otros, cuentan nunca la verdad. Total, sic transit gloria mundi.