jueves, 27 de diciembre de 2007

Sin Navidad


Cuántas veces, querido lector, me he preguntado si esto de la navidad aguantará muchos años en mi cabeza. Y no me refiero a los estudios que teorizan sobre la inexistencia de Jesús. Ni al laicismo cursi y pobre que, de repente, lo es todo en nuestra sociedad mediocre. Yo quiero saber cuántos años más seguiré celebrando la navidad. Me aterra pensar que pronto admita su inconveniencia.

Ya sabemos todos lo que hay. Puro consumismo. Pero no es ésta la causa de mi temor. También hay consumismo en verano. Y en las bodas. Y en los partidos de fútbol. El problema no está en el consumismo. Casi al contrario. Quita y pone tradiciones a su antojo. Lo que no aparece en la tele, o en las estanterías del hipermercado, no existe o pronto dejará de existir. Tiene, sí, capacidad para cambiar la navidad. Pero no la eliminará nunca.

Quizá desaparezca la navidad. Y no porque a algún tonto se le haya ocurrido esa estupidez de que un estado laico no puede asegurar la pervivencia de tradiciones religiosas. Desaparece porque van desapareciendo, poco a poco, nuestros padres. Y nosotros, que les reemplazamos, ya no cantamos villancicos. Ni cogemos musgo en el monte para el belén. Ni asamos castañas. Nos avergüenza todo eso, acaso. No sabemos conservar las tradiciones que no se venden en las tiendas. Nunca nos importó otra cosa que comer bien y salir de fiesta en nochevieja. Hemos reducido la navidad a sus símbolos: la buena mesa, que productos no faltan; los regalos, muchos y cada vez más costosos... Y de seguir así, si apartamos lo que realmente tiene valor, acabaremos disfrutando tradiciones de otros, y a eso le llamaremos, sin convicción, navidad.

En mi familia somos cuatro hermanos y nos juntamos en el hogar paterno. Algunos aportan su pareja, y otros, como en mi caso, un retoño. Lo esencial es, que en casa de mis padres se vive aún la navidad porque ellos son el motivo que tenemos todos para reunirnos y celebrarla. Me cuesta y me duele imaginar que, el día que falten, se habrá acabado la navidad para mí. Ahora ninguno nos planteamos siquiera incumplir con la cita de cada 25 de diciembre. Y temo, más que a nada, que llegue esa lúgubre navidad de las excusas, los impedimentos, los quehaceres… Que no haya nadie capaz de reunirnos a todos una vez más.

He de esforzarme por cambiar mi descuido. He de recuperar ciertas costumbres. Porque tengo un hijo. Aún es muy pequeño, pero pronto habré de tomar el testigo de mis padres. Y la maravillosa navidad que ellos me ofrecieron para ofrecérsela yo a él igual de maravillosa. Con villancicos, y musgo, y figuritas para el belén, y castañas. Así lo haré. Hasta que, tiempo después, cuando sea yo quien falte, él mismo advierta, de repente, por qué cada año tiene que haber navidad.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Usted no interioriza


La de bobadas que se pueden llegar a decir. Sobre todo si se dicen para juzgar la realidad social. Sobre todo si las dice alguien que, encerrado en un despacho muy grande, acostumbra a ver esa misma realidad social mediante estadísticas, planes estratégicos y voces de la sociedad. O mejor dicho, acostumbra a creer que esa realidad son sus datos. Lo que pasa fuera de los despachos, en la calle, es decir, lo que nos pasa a usted o a mí, no les importa realmente. Porque usted y yo no somos nada. No somos un dato. En todo caso, somos parte de los cálculos para un dato.

Mira que nos cae bien, a casi todos, el abuelete Solbes. Tiene pinta de señor sensato, de esos que da gusto escuchar incluso cuando te echa una bronca. No arquea las cejas ni levanta la voz, lo cual se agradece. Uno se siente mejor cuando un señor como Solbes te dice las cosas a la cara. Es un burócrata, sí, y vive en su caverna. Pero nos gusta su presencia. Sobre todo en estos tiempos de tanta mediocridad política.

Pero, ay, resulta que nuestro vicepresidente económico vio dejar un euro de propina por dos cafés, y pensó que los de afuera, los que proyectamos nuestra existencia en la sombra de sus datos, no interiorizamos bien lo que cuesta el euro. Y de ahí la inflación. Aunque eso me consta que no lo dijo, pero como así se lo han interpretado, al final es como si lo hubiera dicho.

No me había repuesto suficientemente aún del canto al conejo navideño, y ya me han inoculado el virus de la tacañería. Menda, de ahora en adelante, no piensa volver a dejar propina alguna. A ver si así controlo yo algo la inflación.

Las bobadas de la propina o el conejo no tendrían mayor relevancia si se limitasen a evidenciar ese distanciamiento sempiterno que tienen los políticos con el común de los mortales. El problema, es lo que me temo, está en el negrísimo horizonte económico que se predice con estas “boutades”. Y para verlo así no hace falta sino leer, sin tanta jerigonza, las entrelíneas de los datos de nuestros burócratas de las cavernas.

Están aterrados. Es la impresión que tengo. El gobierno viene hablando mucho, demasiado, de por qué la inflación sube de forma inesperada. Coincide en estrategia con el Banco de España. No quieren que la inflación repercuta en las negociaciones para las subidas de sueldos. Tanto el gobernador del Banco de España como el ministro de Economía proponen, por tanto, la misma receta para controlar la inflación: que los salarios pierdan poder adquisitivo. Y que nos cueste más llegar a fin de mes, como si ya costase poco. En su caverna, no sufrirán siquiera los remordimientos de la ineficacia. Se han empeñado mucho en explicar que todo será culpa nuestra, por no saber interiorizar. 

jueves, 13 de diciembre de 2007

Calendarios en pelotas


Me comenta una amiga que últimamente dedico mis columnas a cosas muy serias. Y protesta por ello. Y me pide que frivolice un poco, claro. Curioso empeño éste, el de opinador, cuando se presta uno a complacer al público.

En fin, que había pensado hablar de las centrales nucleares y me han arruinado el pensamiento. Pero la hoja donde rubricar 2.700 caracteres sigue en blanco, cosa terrible. Y decido echar un vistazo a la prensa. Y me encuentro con noticias de calendarios. Calendarios eróticos. Más precisamente, calendarios eróticos donde el erotismo lo pone gente como usted, o como yo, o como la vecina de arriba, o el ertzaina que le acaba de multar en la carretera.

Quizá sea una cuestión de mercadotecnia. Al fin y al cabo, si acaba un año, sensato es adquirir un nuevo calendario. El que teníamos se viene quedando anticuado. Y parece que no es reseñable, e incluso parece aburrido, comprar uno de esos almanaques decorados con fotos de gatitos, paisajes, elementos geométricos, o diseño artístico. Ahora lo suyo es despelotarse.

Uno se acuerda de acudir a un taller y ver en la pared a una señorita con poca o ninguna ropa bajo el emblema “Taller Martínez. Chapa y Pintura”. Aquellos calendarios underground no debían de ser muy eróticos, de acuerdo a la moda actual. Por lo sórdido de las paredes que recubrían, supongo. Mostraban exuberancia nada disimulada de formas femeninas. Y nadie les hacía el menor caso. Ni aparecían en los titulares de prensa o de los noticiarios.

Porque de un tiempo a esta parte hay tal furor por desnudarse artísticamente para un almanaque, que no puede sino pensarse que nos hemos equivocado de hemisferio, y el solsticio que viene llegando es el verano y no este otro tan gélido y desapacible.

Uno recuenta ejemplos, y observa razones un tanto dispares. Bomberos vizcaínos para costear su participación en no sé qué evento deportivo. Madres salmantinas queriendo financiar un centro de cultura. Estudiantes de medicina y el paso del ecuador. Jugadores de un equipo de rugby que se desnudan por no sé qué motivo ya, pues me he olvidado…

Todo comenzó hace unos años, con una original y simpática iniciativa. Las gentes comunes emulando a las pin-ups, las supermodelos y los famosos de turno. Pero esto lleva camino de convertirse en otra desquiciante tradición navideña a la vista del éxito mediático que consiguen, sin excepción, todos aquellos que deciden quitarse la ropa.

La cosa tiene su aspecto lúdico y desinhibido, al fin y al cabo se pretende un efímero momento de fama, salpicado de risas y transgresión. Pero, oiga, pensar en ponerse en pelota picada para conseguir un centro donde puedan acudir sus hijos a leer o hacer música, suena tremendo a estas alturas. Tremendo.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Y dale con el informe PISA


Parece un virus. Y su fiebre se extiende sin remisión por las portadas de los diarios. Hablo del informe PISA sobre educación. Ése tan mediático del que todos discuten esta semana. Y a tenor de lo declarado, se podría afirmar que la mayoría no ha leído siquiera el resumen ejecutivo. Por cierto, lo puede usted descargar en Internet y dejar de ser uno más que habla sin saber de lo que habla. Los datos del Informe PISA, analizados de forma descontextualizada, hacen que unos se acuerden del padre y de la madre de la Logse, que otros hablen de los sabidos retrasos históricos, que el señor Campos esté moderadamente satisfecho, o el resto exija más recursos para la educación pública.

¿Acaso todos se han vuelto tan absurdos que no ven la realidad del dichoso Informe? PISA no evalúa lo que se les enseña a los alumnos en la escuela. Sino los conocimientos que poseen los jóvenes para integrarse en la vida adulta. Este punto no conviene ser olvidado. Recordemos cuál es el organismo que promueve el informe PISA: la OCDE. Y cuál es su objetivo fundacional: promover el desarrollo económico. Por eso sólo se evalúan capacidades cognitivas, y sólo en algunas materias educativas. Intencionadamente se dejan en el olvido otras capacidades. Muchas de ellas esenciales para el desarrollo personal y social de los jóvenes.

El informe PISA no trata de medir el grado de alcance de los objetivos educativos de cada país. Y aunque muchos crean lo contrario, no trata de establecer una clasificación internacional como si esto fuera el campeonato mundial de fútbol. Trata de investigar los factores que inciden en los resultados y extraer referencias y conclusiones sobre las políticas educativas. Esto es lo que dice el propio informe una y otra vez, incluso en bonitos recuadros en su resumen ejecutivo. Pero nadie los lee. Solamente leen el ranking de los 40 principales. Y de acuerdo con ese ranking, ése que aparece tanto en los titulares, a primera vista, los resultados no son para tirar cohetes. A primera vista, claro. ¿Alguien se ha parado a pensar qué significan 495 puntos en Ciencias o 487 en Lengua? Significa que no existen diferencias sustanciales con los países de nuestro entorno. Los jóvenes vascos están en el mismo nivel de capacidades que la mayor parte de los países desarrollados.

Seamos justos y dejémonos de chorradas. El Informe Pisa confirma que España en su conjunto se sitúa en la posición esperable en función de su PIB. Incluso ligeramente por encima de la posición que podría esperarse en función de su inversión educativa. Pero también evidencia una cosa ya sabida: no podemos pedir resultados brillantes con una inversión de segunda. Ése es el retraso histórico del que todos hablan. 

jueves, 29 de noviembre de 2007

Donde las parejas no pueden encontrarse


La edición digital del DV del martes mostraba unos curiosos resultados para una peculiar pregunta: ¿Crees que han aumentado las rupturas conflictivas? La inmensa mayoría de los participantes respondía que sí. No menciona la encuesta el origen del conflicto en la ruptura.

La ilación la encontrábamos, una semana antes, en un extenso cuatriálogo sobre mediación familiar publicado por este mismo diario. Y también el martes, día de la encuesta, en una noticia de Sociedad, aparecida en portada. Se necesita en Gipuzkoa otros dos puntos de encuentro familiar (PEF) para parejas separadas. Parejas separadas con animadversión profunda, se sobreentiende. Porque ni siquiera algo tan breve como recoger a un hijo del domicilio de custodia es sencillo.

En los PEF se vela por el derecho de los niños a disfrutar de ambos progenitores, madre y padre, en casos en los que la relación está muy deteriorada. Ya saben. Deterioro y conflicto son amargos eufemismos de la palabra violencia. Pero no todo es oro reluciente en la imagen de estos centros en otras comunidades. Me sorprendió la discusión iniciada en un foro digital de un diario nacional. En él se dieron cita más de una veintena de mujeres usuarias de PEF en Madrid y Murcia. El trasfondo era lamentablemente el mismo en todas ellas. Mujeres maltratadas. Psicológica. Físicamente. Su unión era debida no a la violencia del pasado, sino a la actitud de los PEF en el presente. La panoplia era contundente: malos tratos psicológicos a los menores, elaboración de informes desfavorables para las madres custodias, sensación de miedo e impotencia ante posibles represalias, inadecuados responsables (jovencitos solucionando terribles problemas, decían), desatención de las instituciones de las que dependen… Para qué seguir. Una jurista hablaba de los PEF no como un servicio social, sino como un negocio cruel, donde el cliente es el maltratador. Y al cliente se le protege, claro está. Me pareció una pesadilla. O más precisamente, para ellas, las mujeres que proclamaban su denuncia, la continuación de una pesadilla iniciada mucho tiempo atrás.

Pesadilla tras pesadilla. Necesitamos un respiro. Por fortuna en Euskadi y en Gipuzkoa las noticias derivan hacia un brillo mucho más resplandeciente. El de su justa acción social circunscrita a una beneficiosa misión: hacer desaparecer las causas de la anormalidad. En beneficio de los menores. Defendiendo sus derechos. Estableciendo como prioridad su bienestar y su desarrollo integral. Consolidando la realidad de que el menor en su dimensión humana y social, es sujeto de derechos y necesidades. Y entre ellos, entre los que son básicos, uno sobre todo: tener acceso a sus padres. Aunque éstos no se quieran ver.

jueves, 22 de noviembre de 2007

La incineradora


Voy a meterme en camisa de once varas, y explicar por qué NO estoy de acuerdo con la incineradora de la que todos hablan.

No hay en la actualidad gobierno, empresa, organización no gubernamental, universidad o instituto de investigación que no haya hecho suyo el desarrollo sostenible. Fruto del pensamiento ambiental de los sesenta, busca armonizar el desarrollo con la conservación de los recursos naturales y la biodiversidad. Una apuesta por el presente y por el futuro. Su documento clave es la Agenda 21, el fomento de la sostenibilidad global a partir de la actuación local en los municipios, las regiones, las comunidades... Cito textualmente: “Es un Plan de Acción Medioambiental para utilizar los recursos de la manera más sostenible y eficiente posible, y conseguir la participación de la comunidad local" (véase la Guía europea para la planificación de las Agendas 21 Locales, 1998).

Se puede decir más alto. Pero no más claro. Quizá sin tanto perifollo ni tanto mambo-jambo. Participación. Los ciudadanos hablan, proponen, deciden, cuestionan, actúan. Estamos acostumbrados a ver cómo nuestros regidores municipales se llenan la boca con el espíritu de la Cumbre de la Tierra. Y yo pregunto, metidos en harina con el tema que nos ocupa: ¿por qué se empeñan en desoír continuadamente las voces que protestan contra la incineradora? ¿Por qué se empeñan en ubicar una planta incineradora donde no lo desea la población?

Muestren una vez más todos los informes técnicos que justifican esta apuesta. Yo les pediré que, con ellos en la mano, una vez más también, se los expliquen a los ciudadanos. Y les escuchen otra vez. Expongan todas las urgencias que aconsejan una pronta solución a la acumulación de basuras. Pero no conviertan urgencias derivadas de una mala previsión en urgencias por convencer a todo el mundo.

Acepto y entiendo las mejoras que supone incinerar residuos. Asumo que el proceso de contención y control está lo suficientemente desarrollado como para impedir daños en la salud pública y el medioambiente. Pero creo que no se ha planteado correctamente la estrategia de cara a la población. A lo mejor es posible aún renegociar la ubicación de la incineradora. Y con ello demostrar que se atiende a los deseos de los ciudadanos. E informar mejor, con didactismo y paciencia. Trabajar por unir los planteamientos ciudadanos con las soluciones técnicas y acabar en una solución que represente todas las posturas.

Somos todos y cada uno de nosotros, los ciudadanos, los beneficiarios y responsables de las políticas de medioambiente. No solamente los cientos de folios conteniendo soluciones y propuestas. Y eso es lo que significa Agenda 21. Eso significa participación ciudadana. Eso significa sostenibilidad. 

jueves, 15 de noviembre de 2007

El Rey mandón

Fue este pasado domingo, en la madrileña Cuesta de Moyano, donde de tanto en cuando me harto a comprar libros viejos en las librerías de lance. Uno tiene la costumbre de no adquirirlos nuevos. Paseaba con mi peque, de casi tres añitos, viendo cómo deambulaba calle arriba, cuando advertí que casi todos los diarios en un kiosco de prensa contemplaban la misma idéntica noticia. El rey había espetado a Hugo Chávez una frase lacerante como pocas.

He leído los comentarios y opiniones. También las críticas y las alabanzas. Unas y otras son más de lo mismo. Hay quienes defienden acérrimamente al monarca en todas las circunstancias, y hay quienes se empeñan en criticarle a toda costa para mostrar lo republicanos que son. Y yo, que no soy monárquico, pero que no me gusta orientar esta postura criticando a quien no hace otra cosa que cumplir con el mandato para el que fue elegido en referéndum por la mayoría de los ciudadanos, voy a mostrarles a continuación mi modesta opinión.

El rey estuvo extraordinariamente diplomático al pronunciar la famosa frase. Cualquiera de nosotros, los que no sentimos que la corrección política sea imprescindible y que supeditamos las formas al contexto, le hubiésemos espetado otras muchas cosas al energúmeno venezolano. Se me ocurre que “¿por qué no te callas, gordinflón insolente?” no hubiese estado mal, pero seguramente me estoy quedando escaso de audacia, pues a estas alturas ya he escuchado referirse a Chávez como a un orangután (qué pecado habrán cometido los pobres animales), un iluminado bananero, un gilipollas, y no sé cuántos improperios más. El mío, al menos, suena delicado y fanfarrón. Pero les dejo a ustedes el gusto de explayarse…

Los de siempre dicen que el rey actuó mal. Muy mal. Los otros y las encuestas dicen que estuvo bien. Muy bien. Y entre quienes echan la culpa al de arriba, y los que echan la culpa al de antes, y con el de antes y el de arriba incluso llamándose por teléfono, con todo el cirio montado alrededor del jocoso asunto, échense ustedes a temblar si oyen hablar al tipo aquél del país de los Tepuis sobre las repercusiones posibles o no posibles. A lo mejor nos manda la armada naviera para que cañonee el Palacio Real desde el Manzanares. Igual nos quedamos de piedra. Menudo espectáculo.

Pienso que frases como ésa, las pronuncien unos u otros, faltan en las reuniones diplomáticas. Y en las no diplomáticas también. Sin ir más lejos. Ojalá algunos de por aquí hubiesen mandado callar vehementemente a los otros algunos que siempre disparan. Que parece que, en aras de la buena educación y los destinos universales de los pueblos, ya ni a los estúpidos se les puede decir eso tan congruente y educativo de “por qué no te callas de una vez”.

jueves, 8 de noviembre de 2007

La ciencia no es divertida

Zientzia Astea. Si tienen oportunidad, suban este fin de semana al museo de la ciencia en Miramón. Es un lugar encantador. Por su emplazamiento. Por su excelente plantilla de profesionales. Y porque habla de ciencia. Con buen gusto, y no poco interés, muestra algunos importantes fenómenos de la naturaleza.

Cuando creía dirigir el museo, solía repetir ante la prensa, y hasta la saciedad, eso de “la ciencia es divertida”. Y no es verdad. Divertido es el museo. Y su misión hacer CON la ciencia un espectáculo continuado. Allá en Miramón se puede pasar una tarde muy agradable, porque todo está pensado para amenizar al visitante. Pero convendría dejar claro que la ciencia, como cualquier otra forma de conocimiento, no es divertida ni es tal y como se presenta en Miramón. Usted allí no puede medir, repetidamente, las variables de un experimento. Los fenómenos no se observan nunca en módulos tan atractivamente diseñados. Tampoco podrá ver allí los miles de cables que pueblan un laboratorio habitual. Créame. La ciencia, la de verdad, no es divertida. Ni tiene razón alguna para serlo. La ciencia es rutinaria. Exigente. Sacrificada. Y apasionante. E interesante. Y profunda. Y cautivadora.

Ciencia significa conocimiento. Conocimiento del mundo tangible. Algunos dicen que la ciencia no es sino un método y el cuerpo de técnicas que permiten conocer hechos de manera reproducible y falsable. Esto significa que cualquier conocimiento científico ha de estar sujeto a continuos y repetidos intentos de demostrar su falsedad. En ese camino, por contradictorio que parezca, se encuentra también la grandeza de su enorme desarrollo. Pero vivimos la era de las comidas divertidas, en vez de nutritivas. Y de la educación permisiva, en vez de exigente. No es de extrañar que, también para hablar de ciencia, haya que insistir tanto en la amenidad en lugar del esfuerzo y la constancia.

La ciencia está construida con el sacrificio y la dedicación de muchos investigadores que anhelaron profundamente conocer más y mejor las cosas. Los que nos dedicamos ahora a gestionar proyectos científicos que cuestan cifras de muchos dígitos, no podemos sino sentir un nostálgico escalofrío cuando observamos la felicidad de quienes dedican sus días a enclaustrarse en un laboratorio y pasar en él mucho tiempo buscando un dato que refute una teoría, o en su defecto la confirme. ¿Se encuentran divertidos? Mucho. Pero se trata de una actitud. No de un solazamiento.

Por favor. Disfruten mucho esta Semana de la Ciencia. Es Ciencia. Y Cultura. Y Conocimiento. No dejen de aprovechar la oportunidad para verlo todo. Yo, por ejemplo, no pienso perderme las conferencias y stands de la UPV/EHU en el edificio de Tabacalera. 

jueves, 1 de noviembre de 2007

Jefes inhumanos

Dedicado a un esperpento humano llamado Lourdes Arana


No hace sino un par de semanas, cenaba con un buen amigo de Arrigorriaga y, a los postres, habiendo encendido un habano, que armonizaba en los vapores de un buen brandy, le comenté aquello de que los vicios matan. Me contestó, para mi estupefacción, que también el estrés es nocivo, y en ninguna cajetilla se advierte de los riesgos de tener un jefe gilipollas.

Aquel comentario evidenció en mi amigo una cara de derrota realmente preocupante. Le pregunté qué le pasaba. Y me comentó que, desde hacía varios meses, su vida era un infierno. La causa no era otra que el autoritarismo destructivo y lacerante de su jefe. Un “imbécil desquiciado y paranoico” (sic) empeñado en des-responsabilizar a sus empleados asumiendo todas las decisiones, improvisar por desbordamiento, y crear un clima laboral horrendo porque nunca, para su jefe, se acertaba con las ideas o los proyectos. “Es como Darth Vader; le ves aparecer en la sala de reuniones y se te congela hasta el alma”, me contó. “Y no es sino un asalariado más”.

Como algo sé de ese tema, y la empresa para la que trabaja es conocida, le comenté que, con toda probabilidad, su jefe se comportaba así porque se había deshumanizado. Seguramente al haber asumido su jefatura como una “unidad de destino en lo universal” hacia la consecución de objetivos e indicadores. Y cuando se confunde ser ejecutivo con creerse en posesión de un conocimiento arcano capaz de sustituir el trabajo de todos los empleados a tu cargo, entonces el proceso se enquista. Y ocurre lo que le ha ocurrido a mi amigo. Ya lo comentaba recientemente un experto en RRHH: muchos ejecutivos se agarran a los modelos de calidad para justificar que sean auténticos cabronazos. Pueden ser excelentes gestores de números, pero no saben dirigir ni tratar a las personas. No tienen talento. Y en el colmo de los despropósitos, incluso les divierte su autoritarismo despiadado.

Aquel momento de la cena me hizo recordar una comida reciente en la cocina de Arzak, invitado por un alto ejecutivo que sí posee un enorme talento para el ejercicio del mando. Éste es un hombre admirable con quien me hubiese gustado granjear una amistad más profunda. Reconocía que ese lenguaje de diagramas, indicadores, tablas y tecnocracia no lo acababa de entender. Y necesitaba rodearse de gente que sí lo dominase. El resultado es obvio. La creciente deshumanización de la gestión empresarial aísla, cada vez más, el talento de quien hace buen uso de las personas y logra que éstas trabajen juntas y en unión… y felices. 

El lunes recibí un correo electrónico de mi amigo. “He dimitido, Javier. Qué paz y qué felicidad siento”. Por fortuna, aunque parezca dificilísimo, es muy fácil desentenderse de las personas que destruyen.

jueves, 25 de octubre de 2007

Las amenazas de nuestro tiempo

Me pregunta una lectora, M. J. R., por qué considero como amenaza al hedonismo que rige este mundo post-moderno en el que vivimos. Con una considerable audacia, esta lectora apunta que las sociedades secularizadas, como la nuestra, abrazan la búsqueda del placer como forma de realización suya propia, no la de una divinidad trascendente. En verdad, da gusto tener lectores tan inteligentes. Con sumo placer respondo que este tipo de amenazas, tan intangibles como filosóficas, han traído como consecuencia el cambio climático o la crisis del petróleo. Hablo de la televisión, el individualismo, el relativismo...

El imperialismo de la imagen va demoliendo el reino de la palabra y de la inteligencia. Es un acercamiento progresivo a la estupidez y la necedad. Su adicción me parece un hito lamentable en la historia. Por muchas virtudes que destaquemos sobre la televisión, ha sido y es la principal creadora de mediocridad. Suple la lectura, produce imágenes y anula los conceptos. De este modo atrofia la capacidad de entender y nos roba vida interior. Ha construido una descomunal cultura de la evasión masificada. Los expertos en marketing lo saben sobradamente. Al hombre masificado se le hace creer que por su unión con la multitud es alguien importante. Sin carácter ni conciencia. Pero con sentido de su propio individualismo.

Esa es otra amenaza. Antes en las ciudades todos se conocían y había más interrelaciones personales. Ahora las ciudades despersonalizan con el anonimato. Las personas son indiferentes entre sí. Nadie está dispuesto para nadie sino para lo que le sirva a sus intereses. Como consecuencia, el hombre se encierra en sí mismo, se retrae, reacciona con una aptitud egoísta, endiosándose. Este individualismo lo ha explotado la economía de mercado hasta la hipertrofia. Los modelos de vida que se abrazan son los de quienes han triunfado económicamente, gente llena de cosas, pero a la intemperie metafísica. Por eso consumimos los recursos de la naturaleza. Pero no para mejorar a la humanidad como un todo, sino para nuestro propio e individualizado provecho.

El individualismo nos impide volver a una moral que creemos extinta. Que nos hablaba de verdades trascendentes. Hemos migrado al polo opuesto sin encontrar el equilibrio. Ahora la verdad es relativa. Y genera incertidumbre. Actualmente, el argumento más recurrido es el del consenso, esto es, que la verdad dependa según lo que opine la mayoría. El relativismo trae consigo la deferencia por la opinión pública, que siempre repite y admite algo sin sacar consecuencias. Admira de todo un poco, teme a comprometerse y sigue la corriente.

La tendencia al hedonismo es consecuencia del desarraigo y el vacío que caracterizan al hombre moderno.

jueves, 18 de octubre de 2007

¿Verdades incómodas?

No le concederán un premio Nobel, pero quizá usted viva convencido en la necesidad de preservar nuestro medio ambiente. Y de luchar contra los cambios producidos en la naturaleza por la actividad humana. No importa mucho que fundamente poco o nada sus afirmaciones. No estamos hablando de verdades científicas, sino de algo más importante. Por tanto puede adoptar una postura alarmista, y exagerar sin paliativos lo que le cuentan, lo que dice la prensa o lo que llega a leer en unos cuantos artículos especializados. En realidad, por vociferar más alto usted no deteriora el clima, pero contribuye a “concienciar” a la sociedad. Sociedad a la que usted pertenece, no lo olvidemos. Ya se sabe que la sociedad es ese concepto al que se puede reprochar todo sin personalizar en nada.

Para convencer al mundo hay que ser audaces. Al Gore predicaba en el desierto cuando informaba del calentamiento global con simples diapositivas. Aburría hasta a los niños. Pero, ay, convenció a Hollywood para que se hiciese un muy buen documental. Y todo fue distinto. A cambio de agitarnos la sensibilidad, cobra por una sola conferencia lo que usted gana con su sueldo en toda una década. Ya ve cómo son las cosas. No sé si dedica parte de sus ganancias a fomentar la sustitución de los hidrocarburos. A lo mejor sí. A lo mejor su jet privado se mueve con energía solar…

En líneas generales, opino como tantos otros, que estamos bien concienciados ya sobre medio ambiente y clima. Sin embargo, falta el cambio social que revierta en hechos lo que ahora mismo son voces. Pero hay esperanzas. Las políticas científicas de la UE buscan a largo plazo una solución factible. No puede hacerse de otro modo. Solamente promoviendo la I+D. Y la paciencia.

No puede pretenderse una revolución climática. Todo lo que usted y yo somos, lo somos porque vivimos en una economía que crece ensuciando y engullendo recursos con pantagruélica voracidad. Ya lo he dicho en más de una ocasión: el reto está en sacar diariamente 82 millones de barriles de petróleo de las energías limpias y construir un puente de energía fósil que permita llegar a un futuro nuevo y supuestamente renovable. Porque si no lo conseguimos, ya puede usted clamar al cielo. Dudo que renunciemos masivamente a nuestro actual modo de vida, por mucho que éste haya promovido las desgracias que van a suceder.

Y cuánta hipocresía hay. Que alguien explique cómo se compatibiliza el desarrollo de los países pobres con el medioambiente. Quizá sea que, realmente, inadvertidamente incluso, no deseamos que se desarrollen. Y la excusa es que no pueden estropear aún más el planeta, que ya lo hemos estropeado bastante nosotros y peligra que sigamos viviendo igual de bien.

jueves, 11 de octubre de 2007

Nosce te ipsum

¿Tiene alguna utilidad el latín? Muchos piensan que no y aplauden su pronta defunción en el currículo escolar. Total, dicen, constituye una pérdida de tiempo. Total, volverían a decir, nadie quiere realmente saber por qué estas columnas se dicen “philosophiae” en vez de “philosophia naturalis”.

Aún recuerdo mis clases de latín. Tuve un muy buen profesor. Pero se complicaba la vida. Entonces, como ahora, se enseñaba la hermosa lengua de Catulo, de Virgilio, de Cicerón, o de Tácito, como un prolijo conjunto de fórmulas gramaticales. Pasé meses aprendiendo declinaciones y conjugaciones. Enfrentado a fragmentos de dos líneas, procedía casi a un ritual de subrayados y estemmas hasta, disecciones arriba y retazos abajo, alumbrar una traducción con más de monstruo frankesteiniano que de otra cosa. Pero decidí cambiar la clásica pregunta “¿dónde está el verbo?” por “¿aquí qué dice?”,  y comencé a aprender de verdad. Era una excelente gimnasia mental. Pero no defenderé su enseñanza sólo porque constituya un ejercicio intelectual notable.

Vivimos en plena evolución tecnológica y en una sociedad de la información al servicio de los ciudadanos. Las enseñanzas técnicas se imponen. Pocos eligen en su itinerario curricular realizar estudios humanístico-lingüísticos. Y aun su endeble escasez, que debería inspirarnos compasión, son continuamente denostados y maltratados (ya lo advertí la semana pasada: acabaremos volviéndonos dogmáticos). Similar compungimiento aflige a quienes velan por las ciencias experimentales. Tampoco son realmente útiles, diría alguno. La conclusión parece clara: no vivimos en la sociedad del saber y el conocimiento, sino en la sociedad que posee donde buscar ese saber y ese conocimiento. Todo está en los libros o en internet. Pero los libros que instruyen no tienen quien los lea. Como si fuese su sola presencia, aun ilecta, quien nos infundiese sabiduría. El saber sí ocupa lugar. Y está muy abajo...

Al final, pienso que todo es consecuencia de este postmodernismo hedonista. Muestran las estadísticas que nuestros jóvenes lo que desean ser el día de mañana son administradores de empresas, abogados, constructores… Tener poder, diría yo. Y manifestarlo. La avidez de conocimiento no se alberga en las emociones de las generaciones que casi están ya aquí. Nosotros coadyuvamos con nuestra laxitud. A nadie sorprende que parezcan sobrar el latín, el griego, la trigonometría o la edafología de nuestras vidas.

Aequat omnes cinis. Animum debes mutare non coelum. Fallaces sunt rerum species et facilius per partes in cognitionem totius adducimur. Ignoranti, quem portum petat, nullus suus ventus est. Otium sine litteris mors est et hominis vivi sepultura. Omnibus enim mobilibus mobilior est sapientia.

jueves, 4 de octubre de 2007

Crear imbéciles

Suena mal. Es violento incluso. Pero el título de hoy corresponde a una contundente frase escrita por un columnista en un diario de tirada nacional. Crear imbéciles, decía. Este columnista y filósofo arremetía así contra la decisión de sustituir una asignatura de filosofía por la controvertida “Educación para la Ciudadanía”.

Si no recuerdo mal, fue el Consejo de Europa quien recomendó que los estados miembros hicieran de la educación para la ciudadanía democrática un objetivo prioritario en sus políticas educativas. Las razones eran obvias. Nadie puede cuestionar los problemas a los que se enfrenta la Unión Europea: inmigración, pluralismo religioso, diversidad sexual, cohesión social. Dicen, quienes de esto entienden, que los valores cívicos y las conductas democráticas no se pueden aprender como una teoría, que son ante todo una práctica, un saber hacer, un saber vivir. Que la conducta democrática no es una actitud innata en el individuo. Que las normas democráticas necesitan un aprendizaje en el ámbito familiar y escolar para que el ejercicio de la ciudadanía sea consciente y maduro. No parece, por tanto, mala idea educar a nuestros niños y jóvenes en estos valores. Si perseguimos una sociedad donde esté erradicado el fanatismo, la xenofobia, la intolerancia y la violencia, parece lógico concluir que esa asignatura es, al menos, oportuna.

¿Estaremos creando, como decía aquel columnista, imbéciles? Evidentemente, no. Pero acaso sí estemos educando en el dogmatismo. No aciertan nuestros gobernantes al sustituir la libertad del individuo por la libertad del ciudadano. Y el debate filosofía versus ciudadanía parangona este error. La filosofía plantea, ante todo, preguntas, dudas sobre el sentido de la existencia humana. Adoctrinar en democracia es, en cambio, escribir unas determinadas respuestas sobre el papel. Sin margen para las preguntas. Aunque éstas vayan encaminadas a reafirmar lo que ya sabemos. En definitiva, no damos margen para que nuestros estudiantes descubran por sí mismos las benignidades de una ciudadanía demócrata.

Pero hecha esta salvedad, quizá sea buena idea echarle un vistazo a esa nueva asignatura. Polémicas al margen, nada hay en ella que no responda al mundo que deseamos para nosotros y nuestros hijos. Y no conviene olvidar un detalle. La ciudadanía modélica que se propugna no la hemos sabido alcanzar en el tiempo que llevamos viviendo. Es como si el siglo XXI quisiera recordarnos que nuestra libertad y nuestro bienestar tienen enemigos. Enemigos ocasionados por los desequilibrios que hemos generado en este mundo tan bien aprovechado por unos pocos. Y sólo ahora caemos en la cuenta de lo imbéciles que hemos sido al no haber advertido antes del peligro que ello implica. 

jueves, 27 de septiembre de 2007

¿Cine sin glamour?

Una estrella. De Hollywood. Buñuel decía que el buen cine se hace allí. Me perdonarán los cinéfilos, yo estoy muy de acuerdo con el de Calanda. Siempre que una estrella glamorosa se detiene sobre una alfombra roja el mundo parece un lugar mejor. Y el cine, más cine. Este año el Festival tiene un no sé qué, tiene su aquél, que decía el otro. No ha hecho falta leer ni una sola crónica en los diarios. Este año, aunque sus responsables porfíen eso de que las estrellas no son imprescindibles, el Festival de Cine de San Sebastián tiene alfombra roja con estrella de cine que lo engrandece.

Ha sido Richard Gere, una estrella con mayúsculas. En el Festival le han premiado por su carrera. Pero no se crean. En realidad los del Festival querían que fuese la estrella quien diese reconocimiento al Festival. Habrá actores que lo merezcan más, no sé, pero ni tienen glamour ni saben lo que es eso. Y hay que reconocérselo al de Philadelphia. Lanzado al estrellato por el cine, Richard Gere ha convertido en buen cine, y cine de éxito, mucho cine que de otro modo apenas nos hubiese intrigado. Por eso Hollywood necesita de las estrellas. Aportan glamour, pero también eternidad al séptimo arte. El glamour es algo intangible, como entresacado de los sueños. Pero tan imprescindible como las vitaminas para la vida. Mientras haya estrellas de Hollywood, el cine será fascinante. Y yo quiero que el cine siga regalándonos sueños por muchos años.

Para ser estrella de relumbrón hay que ser conocido por todos en este planeta. Absolutamente por todos. Como lo es Richard Gere. El resto son, acaso, famosos, y no siempre. No se puede ser estrella glamorosa cuando nadie ve tus películas, que es justo lo que pasa aquí, en España. En nuestro cine se puede llegar a ser un buen actor, e incluso muy bueno. No lo discuto, aunque lo dude. Pero las películas no gustan tanto. Gustan menos. Muchísimo menos. Serán más artísticas, más intensas, más lo que quieran. Pero los que gastamos dinero en ver cine soñamos con ser millonarios enamorados de meretrices de cuento de hadas. Yo no sueño con ser portero de vivienda alguna, o cincuentón con muestras de crisis existencial. Yo sueño con llegar a ser un cincuentón como Richard Gere, pongamos por caso. Cincuentón con glamour. Pero el glamour, ay, es una esencia que toca solamente a muy pocos.

Da lo mismo. Me resigno. Póngame una ración de Richard Gere y quítenme las demás raciones. Me da igual que sea usted inmensamente rico, o gerente de empresa, o pintor universal. Ya puede pasar Amancio Ortega a mi lado por el Boulevard que no haré sino apretar el paso, que el sirimiri cala a poco que te descuides. Pero por Richard Gere yo me empapo y lo que haga falta. Es el glamour. El suyo, claro.

jueves, 20 de septiembre de 2007

El mundo sin petróleo

¿De veras cree saber cómo sería el mundo que conoce sin petróleo? Deje este periódico y alce la mirada. Pongamos en un agujero imaginario todo aquello que directamente proviene del petróleo o los combustibles fósiles. Comience por los objetos que contengan plástico. Los juguetes de su hijo, la estilográfica con que firma, el móvil, el ordenador, el desodorante, la pintura de las paredes, el asfalto de la calle, las gafas que usa, estas mismas letras... Encienda una vela porque se acaba de ir la luz: más del 60% de electricidad del mundo proviene del carbón o el petróleo. Eventualmente tampoco dispondrá de agua corriente, que se bombea con electricidad, por las tuberías de su vivienda. Eliminemos todos los productos sintéticos. Y que desaparezca lo que deba transportarse muy largas distancias hasta llegar a nuestras manos. Más del 85% del transporte en el mundo depende del petróleo. Allá va su camisa de algodón. Ya estamos medio desnudos. Queda la mesa de madera (sin barniz) y el apetitoso bollo con mantequilla que estaba a punto de desayunar en Bilbao. Por cierto, regrese en bicicleta. Y no espere que su nevera siga llena cuando llegue a casa. La mayoría de la comida que se consigue en el supermercado tiene una brutal dependencia directa e indirecta con el petróleo.

Al ritmo en que se consumió petróleo mundialmente en 2005 (más de 29 mil millones de barriles) nos acabaremos lo que queda en menos de 40 años. De modo que no seamos hipócritas respecto a lo de Irak. El control de las reservas es cuestión de vida o muerte para toda la humanidad, no sólo para los Estados Unidos. Nuestros sistemas financieros y económicos están basados en el crecimiento perpetuo. Nos parece normal que la economía crezca un 3% cada año, lo que conlleva duplicar la demanda de recursos cada 23 años. Estamos empeñados en creer que estos modelos de crecimiento constante son la realidad. Se llama confundir el mapa con el territorio. En un mundo biofísico finito el crecimiento perpetuo es imposible.

Desde la revolución industrial nos hemos dedicado a vivir aceleradamente. Somos miopes. Gastamos cientos de veces más rápido de lo que tardan en generarse los recursos sostenibles del planeta. Nunca hemos llegado al límite. No tenemos una referencia histórica a nivel planetario de sus implicaciones. Localmente siempre se acababan los recursos (fertilidad de suelos, minerales, bosques, peces, etc.). Pero la globalización existe por algún motivo. ¿La intuye? Pero llegará un momento en que no resuelva nada.

Imagine ahora el colapso de los mercados internacionales. Imagine una depresión económica mundial. Imagine desestabilizaciones sociales, inflación y desempleo masivo, crimen, guerras, migración masiva y hambrunas. Imagine…

jueves, 13 de septiembre de 2007

Google, que estás en los cielos

Fue este pasado domingo. Cenaba en Irún con unos amigos. Durante la sobremesa me comentaron que ahora se puede observar el cielo y las estrellas a través de la sorprendente biblioteca de Babel llamada Google.

Mirar el cielo. El más poético anhelo del Hombre. Así nacieron la ciencia y la filosofía. Lo desconocido. El orden de la naturaleza. El misterio de la revelación divina. Es el cielo un territorio acostumbrado a la precisión, pero también al caos. En el camino por desvelar sus misterios, la humanidad ha logrado en él sus más extraordinarios avances. De su negrura hemos deducido que el cielo no es infinito. Es tan inmensa su presencia, empero, que siempre hemos creído que las almas suben a él. Que todo lo bueno reside allá arriba, inalcanzable. Ignoramos que en él se albergan también los infiernos, ocultos bajo el halo mortecino de la negrura eterna. Cuántas veces me pregunto la razón por la que buscamos santos, ángeles y dioses en nuestro cielo. Los misterios del hombre siguen ahí y no tienen carne divina. El universo le habla al ser humano a través de preguntas formidables, que incapacitan nuestras respuestas más firmes. Siempre nos ha hablado así. Es nuestro progenitor...

Se repite asiduamente que somos hijos de las estrellas. Y es verdad. De las estrellas ha nacido todo lo que hay, lo que hubo, lo que alguna vez habrá. Las estrellas son violencia y energía. Inmensos hornos donde la materia compleja se origina a partir de otra materia más sencilla. Nuestros cuerpos mismos no son sino restos de estrellas que ya no están ahí. No parecen nada los astros, y sin embargo son nuestros padres.

Recuerdo una vez, cierta vez, en que alguien me dijo que las estrellas no son sino puntos blancos proyectados en la cúpula celeste. Que eso es el cielo, y no otra cosa, y que solamente a tal cosa deberían dedicarse los planetarios y las aulas de astronomía. Profunda simpleza. Por fortuna, el siglo XXI devuelve ojos al hombre para ahondar en lo que acecha tras el velo negro del empíreo. Hemos construido la tecnología más avanzada para mirar mejor. Porque deseamos contemplar los magníficos arabescos que se forman alrededor del ojo de la Nebulosa del Gato. O la manera en que se arraciman las galaxias cuando chocan entre sí a lo largo de los eones. O el halo azul hipnotizador con que se manifiesta la materia oscura. O los ecos fantasmagóricos de las formidables erupciones estelares. ¡Oh, sí!, desde luego que sí. Podemos alcanzar a observar en los confines del universo. Y ahora, Google nos lo sirve a domicilio. Desconfíen de quien mantiene el obstinado empeño de los puntos blancos, sin mostrarle nada más. Kepler y Copérnico también hubieran querido mirar a través del Hubble.

jueves, 6 de septiembre de 2007

En el umbral de la puerta

Me escribe una lectora desde la otra parte del mundo. Adjunta a su correo electrónico una genial caricatura mía, como extraída de un episodio de los Simpson. Las gafas redondeadas, la barba imprecisa, la corbata independiente… Otra lectora, esta vez de Irún, me increpa con justeza y razón por lo mal que he escrito sobre los toros. Mientras tanto, mi pequeñajo, de dos años y medio, avanza en el ejercicio de lanzamiento de piedras contra las calmosas aguas de un estanque. Cada día alcanza más lejos, de vez en cuando sorprendentemente lejos. Por encima de ese estanque, en el cielo azul, limpio de nubes, transita un avión rumbo al Nuevo Mundo. Me despisto algo, porque me apetece, y no quiero asociar el paso del avión con el retorno a los quehaceres. Tiene aún momentos el estío para saborear muchos gustos, por insignificantes que parezcan.

Se acortan ya mucho los días. El verano languidece, que diría el otro. Desde hace tiempo, el periodo estival acaba con el recuento de las muertes cobradas por la carretera. Ya lo saben. Las vacaciones de agosto se inician con merecimiento y terminan siempre en estadísticas. Son los números de la muerte. Nadie hace números con la vida. Salvo al fisco, importa poco que los seres humanos ejerzamos a diario lo que mejor sabemos hacer: estar vivos. Las rutinas del trabajo y la familia forman parte de nuestra existencia. Y lo queramos reconocer o no, una existencia dedicada al trabajo gusta poco. Por eso vivimos mucho más en el descanso laboral. Por eso morimos también más cuando regresamos al trabajo. No hay metáfora tan cruda. Quizá por ello me he fijado, esta semana, en la muerte como asunto para esta columna.

Para mí, personalmente, éste será el verano en que dejé de comenzar la lectura de un diario por detrás. Fallecido Umbral, enterrada para siempre su prosa de placeres y de días, desapareció la tradición. Pero su muerte no se escribió con la misma maestría que ejercía Umbral en sus columnas. Tal vez porque su muerte la escribió otro.

Comprobé estos días que, también en eso de morir hay más de una dialéctica. Asombrado me quedé con el impacto ocasionado por otra muerte, la de un jugador de fútbol. Porque murió con sus botas de jugar puestas, le convirtieron en símbolo. Inconcebible. Tenemos la vida inequívocamente drogada por un opiáceo viejo, ese deporte llamado fútbol. Nos confunde hasta el entendimiento. Y en tal confusión, queriendo dar relumbre a un deporte que ya es religión, queriendo hacer de una muerte un estrellato, no logramos sino otorgarle triste destino a quien el corazón se le detuvo. Y si no, acudan a la hemeroteca, que todo esto es muy reciente. De Francisco Umbral se escribió, y se sigue escribiendo, su vida. De Antonio Puerta, solamente su muerte. 

jueves, 30 de agosto de 2007

Sinceridad y desinterés

1942. El Diario Vasco. Culminaba Pedro de Lorenzo una serie de artículos sobre Azorín, preguntándose por su consecuencia e inconstancia en el pensar. El viejo escribidor, pequeño filósofo, como gustaba de decir, le responde eso de que usted, hoy, no piensa como ayer. Porque hoy no es lo mismo que ayer. Y lo que verdaderamente importa es la sinceridad y el desinterés. Ha transcurrido una vida entera desde aquellas palabras y no parece que hayamos aprendido sino a contemplar la cosa pública como una pasión indeclinable de constancias e inconsecuencias.

Me preocupa la sinceridad. Está cada día más ausente de los programas políticos de Euskadi. Me preocupa tanto como el desinterés. Tras el velo brumoso y frágil de un Gobierno Central que sufre en casi todas las acciones políticas que ejecuta, no se observa en el horizonte vasco sino anticuadas ideas de un pasado interpretado reiteradamente desde el interés.

Sabían los antiguos griegos que las líneas paralelas intersectan en el infinito. Esta convergencia, que no es real, permite mirar a un único punto. Pero no ocurre así bajo el mandato pro-independentista, para el que los arcenes de todos los caminos divergen. Olvidando incluso que, a causa de esta divergencia, todavía resuenan voces absolutistas y autoritarias en los montes de esta tierra. El presente de Euskadi parece forzado hacia la hipotética construcción de una nación que nunca lo fue. Para lograrlo, el esfuerzo gobernador se empeña en la deconstrucción, como en la cocina de moda, de todas las rutas del pasado. Se imponen como rutas del futuro algunas que hace tiempo fueron abandonadas por impracticables y obsoletas.

Mal asunto que los vascos hayan de transitar por tales caminos. El carácter vasco es de liderazgo, de empeño y tradición aunados. Y de fuerza. Nada hay que represente tanto la fuerza de una sociedad como su libertad y su unión. En lugar de unir a un pueblo que, por muchos motivos, podría liderar al resto del Estado, las nuevas rutas del gobierno autonómico han logrado ahondar en la desunión de sus ciudadanos. Es el efecto nocivo de querer conjugar en una misma perífrasis el sentir identitario de un pueblo y la confrontación con lo que les parece antiguo. Es el efecto nocivo de pretender que lo antiguo siempre proviene de la N-I, claro está.

La idea de un nacionalismo que logre su propósito mediante una lenta convergencia, coeva con el devenir del resto del Estado, obrando sin ruido y con inteligencia, parece una quimera en las mentes de quienes nos gobiernan. De ahí que me entusiasme, moderada pero inequívocamente, las palabras que leo en la pluma del aún joven presidente del PNV. Lo llama transversalidad porque, respetuosamente, parece querer evitar llamarlo sensatez. 

jueves, 23 de agosto de 2007

Prohibido torear toros

Quizá usted piense que nada justifica el sacrificio de un animal con fines lúdicos, lejanos a la subsistencia humana. Quizá usted piense que, en los cosos taurinos, nada hay que convierta el toreo en arte, en espectáculo, en noble enfrentamiento entre un astado y un hombre. Quizá usted piense, en definitiva, que las corridas de toros son uno de esos vestigios que se sirven de la crueldad y la supremacía humanas sobre el reino animal. Y probablemente no le falte razón.

Pero echen un vistazo a una cualquiera de las muchas fiestas locales que ayudan a solazar a nativos y forasteros en estos plácidos días del estío. Encontrarán en ellas festejos taurinos de todo tipo. Para ser un controvertido elemento, prolifera por doquier. Yo, personalmente, me niego a creer que todos los que participan, o los contemplan, sean personas insensibles que disfrutan con la crueldad de la muerte. A mí, por ejemplo, que no me gustan los toros sino por verlos trotar en el campo, admito que corro delante de novillos en unos encierros que se celebran, por estas fechas, cerca de donde me encuentro. Acabados, cierro los ojos a cuanto acontece después, y me marcho a casa. Debo ser un hipócrita.

Esta fiesta, que llaman nacional, también tiene sus buenos seguidores en Euskadi y en Gipuzkoa. Pero entiendo que es anticuada. Le gusta sobre todo a la gente mayor. La mocería corre los encierros, entre otras razones, porque es gratis y torea las vaquillas por echar unas risas o demostrarse algo, vaya usted a saber qué. No por aprecio a los astados ni porque entiendan el sentir de los que dicen amar a esos bichos. Criar toros en el campo, y verlos pacer y trotar en libertad, como me gusta a mí, tiene sentido mientras el negocio sea rentable. Pero la fiesta de los toros, el toreo en sí mismo, poco a poco, irá perdiendo aficionados y se convertirá en un elemento residual. Y como nadie se dedicará a subvencionarlo, acabará desapareciendo.

Es preocupante que la sociedad se vaya impregnando lentamente de un estado moral superior, e impuesto, de condena hacia aquello que tardó demasiado tiempo en condenarse. En los tiempos modernos que corren, es habitual pensar que todo lo que no se prohíbe corre el riesgo de ser asumido como bueno, tarde o temprano. Y eso es algo que, dicen, no se ha de tolerar por el bien de todos. De ahí que se prohíban muchas de nuestras malas costumbres pretendiendo resolver con ello cuestiones como los controvertidos problemas del mundo de los toros.

jueves, 16 de agosto de 2007

Banderas y naciones

Mientras escribo esta columna, afuera, donde principian las Arribes del Duero, pasan las nubes de estío. Pocos paisajes existen ya como el de mi tierra. Son ricos en tradiciones y belleza. No sólo por las campiñas salpicadas de roble y encina. También por las gentes, que concurren aportando alma. Tierras y gentes. Un nexo invisible los engarza de nacimiento a muerte para nutrirse el uno del otro. El terruño aporta vida y carácter, las personas sangre e inteligencia. Es inconcebible tratar de separar ambas realidades.

En este remoto y olvidado pueblo coexisten, en la misma plaza, un ayuntamiento y una iglesia. Nadie busque otros lugares de pública concurrencia. No hay bares. Ni tiendas. Pero sí un lugar para que las gentes puedan ser atendidas por el médico dos veces cada semana. Y otro lugar para que recen los pocos que no dejaron la fe olvidada en alguna alforja.

Quienes se acerquen a visitar este hermoso paraje no verán banderas ondeando en el balcón del ayuntamiento. Ni la española, ni la castellano-leonesa, ni la salmantina en caso de haberla. Ninguna. En la fiesta del pueblo no suenan himnos, solamente jotas de por aquí. Jamás se vociferan los rasgos más nítidos de la identidad propia. Y la hay.

Deben ustedes saber que los del lugar, en su mayoría, nacieron leoneses, y cuando la transición, los convirtieron en castellano-leoneses. Nadie protestó demasiado. Como me contaron una vez, total, qué más da lo que le digan a uno que es. Todos somos algo. Los políticos, esos hacedores de una historia cada vez más breve, no pueden esclavizar los sentimientos del pueblo. Solamente su ideología.

Muchos dejaron estos campos poco fecundos, de subsistencia, y emigraron lejos. A Madrid. A Barcelona. Y, en gran número, a Euskadi. Mis vecinos, Los Tórtolos, tienen hijos por toda la península. De niño, yo jugaba al balón en el lejío del pueblo con un amigo que decía ser de Hernani. Eso estaba muy lejos, claro. Y sonaba a nombre raro. A ese amigo le perdí hace mucho el rastro. Pero su familia sigue reuniéndose los veranos, y entre “Adeu” y “Agur” y “Hasta luego” van pasando la calor.

Me pregunto si alguien, de entre los ideadores de patrias, ha calculado bien la identidad aportada a Gipuzkoa por las gentes de mi tierra. Hay un destino en quienes, por uno u otro motivo, han de abandonar su sitio y partir a otro. Llegado el momento de soñar los recuerdos de una vida, no queda otra cosa que agradecimiento. Todos los que hemos arribado a Euskadi no estamos sino felices de la decisión que adoptamos en su momento. Sin Rh. Sin jota de euskera, salvo lo habitual. Sin identidad vasca. Sin bandera ni himno. Pero haciendo patria. Codo con codo. La misma patria que también hacen los que nacieron con la txapela puesta.

jueves, 9 de agosto de 2007

Hoy no sale “El Jueves”

Dicen en la portada que salen los miércoles. Y que la secuestran los viernes. Los sábados es cuando, aparentemente, acaba en el contenedor de la basura: el de color azul, no se equivoquen, no dejen por ello de reciclar, no permitan que alguien por ahí insista en su labor predicadora sobre eso del medioambiente.

Oiga, ¿a usted no le ha ocurrido? Pasea por el aeropuerto o en el andén de esa estación del AVE que no llega a Euskadi, y aburrido, ojea el kiosco de prensa a ver qué revistas y diarios encuentra. Compra el Diario Vasco, por supuesto. Y sigue mirando. No opta por los tabloides rosas, que ya aburren con siempre el mismo cuento. Tampoco opta por las revistas de coches, o informática, o viajes, siente por ellas un hartazgo profundo. Quizá piense que la edición española (perdón: ¡estatal!) del National Geographic le va a producir sopor, lo cual es un error, pero es libre y tiene todo el derecho a cometerlo. Sigue mirando. Como no se defiende en inglés, caso omiso al Time o al Newsweek. De pronto, descubre una voluptuosa mujer en la portada del Playboy, revista que descarta aunque le tiente, porque seguro que su vecino de viaje se la espía. Finalmente encuentra los colores graciosos, las viñetas simpáticas y el impacto visual de “El Jueves”, y se deja seducir por la diversión.

Con sus más y sus menos, he seguido la pauta anterior en alguna ocasión. Compro un número y le echo un vistazo. Me canso enseguida. Pocas veces termino de leerla. Casi siempre acaba en la basura antes de tiempo. He de ser franco: no me gusta demasiado su humor. Admito que algunas semanas aciertan. Pero en muchas otras el ingenio se les esfuma. Se creen inteligentes con la grosería y la zafiedad como herramientas.

Vociferan muchos que lo acaecido recientemente con esa revista nos retrotrae a los tiempos de la dictadura, cuando los prebostes echaban mano de los picoletos para acallar cualquier insurgencia. Ese pensamiento es una barbaridad. Yo sí pienso que a menudo los responsables de “El Jueves” tienen la intención de injuriar. Pero no que se les deba incoar expediente alguno en un juzgado. Eso es otra barbaridad. Aquí hay libertad de expresión. Incluso para lanzar injurias sin estilo.


No entiendo qué le debió pasar por las meninges al juez que desbarró y acabó embargando el controvertido número de “El Jueves”. Su prepotencia dista casi una carrera jurídica de la sensatez. Quizá se levantó esa mañana cansado de contemplar cómo en democracia los raseros son cada vez más exiguos. Un mal día cualquiera lo tiene. Algo así le pasó a un político que, enardecido por las circunstancias, se puso a chorrear tonterías antimonárquicas en su blog de la red. Aquí nadie se salva, eso está claro. Errare humanum est. 

jueves, 2 de agosto de 2007

Mudanzas

Estaba empaquetando mis cosas. De pronto, un mensaje del móvil. “Que leas la columna de Guille Viglione”. No pensaba salir de casa. Encendí el portátil e Internet. Y me encontré con una de esas preciosidades que su autor cultiva en las contraportadas del Diario Vasco. “La vida es ese tiempo que pasamos entre mudanza y mudanza…”

Me vine a Euskadi en una de tales mudanzas. Fue ver surgir los montes viejos, los angostos valles, y comprender que esta tierra es como un quejumbroso cántico que desde muy lejos viene sonando. Y cuando lo escuchas por primera vez, sueltas todo el lastre y avanzas. No se puede venir a Gipuzkoa con la maleta llena de cosas. Ésas hay que dejarlas atrás, de donde uno proviene. Aquí cada detalle tiene su historia y cada momento de esa historia tiene su sentido. Por eso, en aquella mudanza, hube de tirar los trastos viejos y los trastos nuevos. Y venirme sin nada.

Ahora que inicio una nueva mudanza, me doy cuenta de algo muy simple. No he acumulado gran cosa  en todo este tiempo. No tengo enseres nuevos ni utensilios que llevarme. En los paquetes y en las maletas solamente hay miradas, pensamientos y sensaciones que no se pueden lavar. No puedo limpiar el verde de los montes que ha impregnado hasta las sábanas. No puedo tampoco eliminar el azul del mar que se ha incrustado en la ropa. Sí he encontrado tiznes que con un simple cepillado se desprenden. Provienen de fuegos que alumbran sin calentar y crepitan sin concierto. Son las ruidosas voces de políticos hambrientos de historia. Una historia que no les pertenece. Porque la historia de Euskadi, como pasa con todas las historias de todos los pueblos, no le pertenece a nadie en exclusiva.

En esta última mudanza he puesto en los contenedores de basura algunas cosas. Muy pocas, y todas circunstanciales. Así les retiro cualquier asomo de relevancia. Son eso mismo, basura. Preferí dedicar mis fuerzas a lo que sí importa. Y limpié aquello que necesitaba llevarme. Limpiar es doloroso siempre. Se limpia para olvidar, pero también para no volver a olvidar jamás. En las mudanzas se almacenan los recuerdos. Y el recuerdo es la manera triste como, quienes nos han querido, van ocupando un lugar en el pasado. En el recuerdo, la vida carece de futuro. En el recuerdo, todas las penas son más incompletas.

Ya he enviado las cajas. Ya están cerradas las maletas. La casa quedó vacía. El eco de los pasos se extinguió. Ni siquiera ya recuerdo qué me trajo hasta aquí. De nuevo se abre el horizonte hacia donde circulan muchas carreteras. Elegiré una de ellas. Ahora no me apetece saber cuál. Vuelvo la vista atrás y digo agur a Gipuzkoa. Pero es ésta una mudanza muy extraña. En lugar de pronunciar adiós, he dicho, suavemente, kaixo.

jueves, 26 de julio de 2007

Limpiadores de cielos

Yo no lo sé. Me lo contaron hace mucho. Convive entre nosotros una Demiurga, una diosa hacedora. La imagino rubia, nívea, de ojos acostumbrados a observar, labios siempre húmedos, su voz enamoradora como nacida de la radio. Aunque no lo sé con certeza, creo que nos observa. Y de su observación nacen sentimientos de alegría y satisfacción, o de tristeza y decepción, según nuestro proceder. Cuando la Demiurga se siente feliz, ordena a los Limpiadores de Cielos que despejen las nubes, luzca el Sol y el azul imponga su esplendorosa presencia sobre todos los demás colores. Nadie limpia el cielo cuando Ella está decepcionada, y las nubes grises, densas, oscuras, reptan hasta amontonarse sobre nuestras cabezas. No importa que sea verano, primavera o invierno.

A usted le parecerá la anterior explicación un cuento de hadas ingenuo. Pero si le ocurre como a mí, que siente hartazgo con “eso” del cambio climático, deje que la imaginación reinvente y adopte una realidad más amable. En estos meses nos han cocido con documentales espeluznantes en el cine, noticias apabullantes en la televisión, alarmismo creciente en la prensa escrita, y miles, decenas de miles de iniciativas adoptadas por instituciones, entidades financieras, asociaciones medioambientales, empresas de aquello y de lo otro, famosos de turno, y famosos de siempre. A las corporaciones privadas se les llena la boca con la responsabilidad social. Muchos iluminados predican, de repente, sobre el clima. Quienes se deberían dedicar a gestionar (lo que sea) se arrogan el derecho a darnos (malas) lecciones de medioambiente. Y al final, el lento trabajo de la ciencia, de naturaleza humilde y dubitativa, acaba pareciendo arrogante en esos imparables informes internacionales donde se dice que ya es tarde para resolver el problema. Por fortuna, hay quienes siguen trabajando lento y sin vociferar.

Al final, como de costumbre pasa, los culpables somos usted y yo. Usted por no hacer uso del autobús, y yo por no reciclar. Porque, eso sí, todos los del anterior párrafo han descubierto su capacidad para enseñarnos a los demás sobre lo que ellos tampoco supieron en su día. Olvidan que el ser humano crece de pequeño a grande, de abajo a arriba, y todo ese flujo de responsabilidad ambiental navega desde arriba hacia abajo. Nos la imponen. Nos conciencian. Nos castigan. Nos educan.

Manda huevos, con perdón, que ni una sola empresa haya fraguado su éxito pasado con actividades ambientalmente sostenibles, y de repente todas se sientan salvadoras del planeta. Porque, ¿acaso lo ha olvidado?, que usted y yo somos los que estamos trastornándolo todo. Y cierre el grifo ya. Que en Gipuzkoa llueve mucho, pero el agua en Murcia escasea. 

jueves, 19 de julio de 2007

El laberinto incesante

Lo supo Borges mucho antes que cualquier otro. Bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto. De tal condición es el laberinto vasco, que perdura desde hace ya demasiado tiempo. Tanto, que algunos ni recordamos cuándo, dónde o por qué empezó.

Son dos espejos, contrapuestos, que forman un laberinto enlazado por una línea única, recta, indivisible e incesante. La identidad del pueblo vasco, en uno de los espejos. El independentismo en el otro. Y la línea, no sólo camino, también clausura.

Dado que es anterior la identidad a la independencia, convendrán en que se nace dentro del espejo que representa el sentimiento indentitario. No todos los pueblos viven en un laberinto tan prolijo. A todos les une características de similar catalogación, pero no por ello postulan su independencia. A menudo incluso deciden hacer añicos ese otro espejo, porque no les agrada el reflejo que proviene de él. Les impide seguir mirando más allá. Un espejo interpuesto, sea el que fuere, interrumpe la visión, y comienza a reflejar sólo la propia imagen, cada vez con mayores distorsiones. Nadie dice que los espejos sean perfectos.

El independentismo no es ni bueno ni malo. Es, simplemente, algo que surge. Pero en Euskadi se ha convertido en uno de los dos espejos borgesianos que conforman este laberinto inquietante. Los laberintos son útiles, a veces incluso hermosos. Hay que ir con cuidado porque en ellos, tal es su misión, te puedes perder. Quizá por esa razón algunos políticos son deambuladores silentes que han antepuesto la independencia sobre la unión de su pueblo. Cansados de recorrer el transitadísimo camino que une los dos extremos del laberinto, se han sentado a esperar en uno de ellos. Y no es su función sentarse a esperar, desatendiendo todo lo demás. Que lo hagan otros, parece razonable. Pero no quienes lideran un pueblo unido por la identidad y desunido por el laberinto. Desunido y atemorizado. Porque una sombra tupida y negra, de muerte y destrucción, apareció hace tiempo y se apropió de la confusión del laberinto. Porque la sombra tupida y negra no es parte de él. 

El laberinto es algo que se genera para dilucidar cómo ha de ser el futuro de un pueblo. Pero esta sombra lo utiliza, atemoriza despiadadamente a quienes en él se ven atrapados. Destroza a su antojo, a uno y otro lado, en uno y otro espejo. Esta sombra tupida y negra, desde más arriba, desde no se sabe dónde, vocea fuerte y alto en un idioma absurdo. Pero tanto grita que algunos han llegado a creer entenderla. Un día la sombra desaparecerá. Y cuando desaparezca, el laberinto seguirá existiendo y las gentes seguirán ideando cómo resolverlo. Salvo aquellas gentes a quienes la sombra arrebató la vida.

jueves, 12 de julio de 2007

Miedo aterrador

Comienzo de una plácida tarde en la playa. En cualquier playa. Calor de verano en Euskadi. Silencio de olas. Bravura de un mar que algunos temen. Risas de niños. Trasunto de gentes que se desplazan pausadamente sobre la arena. No hay prisa en sus gestos. Se respira una brisa cargada de salitre y humedad. Algunas nubes amenazantes. El sol transita por el orbe acortinado desde el mediodía. Murmullos de olas, arrullo de siesta sobre la arena. Se escucha una radio donde cuentan hechos muy extraños.

Se abre la puerta en una taberna. Una partida de mus. Los jugadores y sus naipes. Las piedras. Una copa de brandy, dos de pacharán, el cuarto no bebe sino vino, buen vino tinto de la rioja alavesa. El médico le ha prohibido que beba otra cosa. Un aromático habano se consume sobre un cenicero. Alguien apuesta a grande y pasa en chica. Hay murmuraciones y voces, como en cualquier bar del país. Se escucha una televisión donde cuentan hechos muy extraños.

Por todas partes se cuentan hechos muy extraños. Se anuncia un asesinato. Uno más, pero uno muy distinto. Todos los medios de comunicación bucean una información maldita entre representantes políticos, responsables policiales, el sentir de la gente, comentaristas sin ganas… Han secuestrado a un muchacho para chantajear al Gobierno. Se cumple el plazo señalado. La sombra de la muerte ya alcanza el final de una sinrazón angustiosa.

Yo no sé ustedes, pero aquel día, hace diez años tal 12 de julio como hoy, yo sentí un miedo espantoso. Miedo porque vi correr seres fantasmagóricos por el mundo. Miedo porque vi a las gentes esconderse tras ventanas y puertas, contemplando horrorizadas la sangre por las calles. Pensé que acechaba la muerte en cada esquina, en cada vivienda. No hubo luna en el cielo, aquella noche. Ni titilaban las estrellas. Las nubes eran todas grises, y surcaban ciegas, reptantes, el vacío firmamento teñido de rojo sangre. Aquel sábado 12 de julio no cantaban en los árboles los pajarillos cantantes. Sólo volaban buitres, con sus ojos asechantes, para arrancarnos el alma a todos los mortales que, muriendo Miguel Ángel Blanco, moríamos con él.

Aquella jornada, lo confieso, sentí un pánico terrible. Me dio igual que se proclamase la fuerza de la razón y del estado de derecho. Me dio igual escuchar las tonterías de siempre o mirar las caras de los que nunca hacen nada, salvo hablar. Me dio igual todo. Yo sentía un martilleo constante en mis sienes, donde tronaba cada latido de sangre bombeado por mi corazón. Porque no era mi sangre la que escuchaba, sino la de un pobre muchacho, roto y destrozado, padecedor de un sufrimiento atroz como ninguno que discurrirse pudiera, a quien iban a encañonar sin piedad aquella tarde en que se contaban hechos muy extraños.

jueves, 5 de julio de 2007

100, 20, 10, 1, 0

100 años hace. Antonio Machado y Soria. El encuentro. Pinceladas de poesía, impresionismo en palabras. Impresiones de tardes pardas y frías de invierno. De monotonía de lluvia tras los cristales. Se encuentra, hoy, a Machado en Soria tan ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar. Le soñamos, hoy,  como cien años antes soñara el poeta con Leonor. Por una blanca vereda. En medio del campo verde. Hacia el azul de las sierras. Hacia los montes azules. En una mañana serena. Antonio Machado es, centenario como el olmo centenario en la colina que lame el Duero. Con su corteza blanquecina. El tronco carcomido y polvoriento. Viejo y seco, hendido por el rayo.

20 años hace. Riaño era sepultado por las aguas de un embalse, que, como un mar artificial y embustero, algunos pocos habían querido construir. Donde antes yacía un pueblo, ahora se reflejan las cumbres y los picos. Dicen, que entonces las montañas parecían el doble de altas, reflejadas a trazos en las aguas del Esla. Entrar en el valle de Riaño era sumergirse en una tierra de praderas infinitas. Entrar ahora en Riaño es como perturbar un silencio mortecino. Sentir el desprecio hacia la tierra y las raíces. El mirar por un futuro caprichoso en el que, precisamente, los artífices de la sinrazón no habrían de participar.

10 años hace. Ortega Lara era liberado por los cuerpos de seguridad del estado de su terrible cautiverio. De repente supimos que el infierno existe, que la sinrazón puede apoderarse de la vida humana, que el terror son, en realidad, mil rostros y ninguno a la vez. Que se puede vivir como si se estuviese muerto, y que se puede morir como si jamás se hubiese vivido. En un agujero oscuro, maloliente, ínfimo, apenas pueden imaginarse las lágrimas de quien llora por tu desgracia.

1 año hace. Descubrí Gipuzkoa. Y Donostia. Redescubrí el País Vasco. Sus verdes colores, sus azules colores,  su lluvia y su frío, su calor delicado y sus gentes amables. Llegué ligero de equipaje, también, para adentrarme en una tierra que, desde fuera, no se conoce adecuadamente. De la que siempre se habla, casi siempre para mal. Salpicada de recortes de prensa y cierta nostalgia. Donde el arte y la gastronomía confluyen con el mar y el cielo. Donde tanto habría de descubrir...

0 años hace. Ahora amo esta tierra. E imagino los ojos de Machado junto al Duero, y comprendo lo que debió sentir el poeta. Como imagino las aguas de Riaño apoderándose de valles y tierras. Y pienso que jamás debió contemplarse horror alguno que mancillase la paz y belleza de aquellos parajes y, mucho menos, de este territorio gipuzkoano. Y escribo esta columna para decirme que debo proseguir ante las sinrazones y demencias que hay en éste nuestro mundo.

Prisión política

Para algunos el esplendor primaveral ha llegado ahora no con la floración de los árboles y arbustos, sino con la irrupción de la prisión e...