jueves, 26 de julio de 2007

Limpiadores de cielos

Yo no lo sé. Me lo contaron hace mucho. Convive entre nosotros una Demiurga, una diosa hacedora. La imagino rubia, nívea, de ojos acostumbrados a observar, labios siempre húmedos, su voz enamoradora como nacida de la radio. Aunque no lo sé con certeza, creo que nos observa. Y de su observación nacen sentimientos de alegría y satisfacción, o de tristeza y decepción, según nuestro proceder. Cuando la Demiurga se siente feliz, ordena a los Limpiadores de Cielos que despejen las nubes, luzca el Sol y el azul imponga su esplendorosa presencia sobre todos los demás colores. Nadie limpia el cielo cuando Ella está decepcionada, y las nubes grises, densas, oscuras, reptan hasta amontonarse sobre nuestras cabezas. No importa que sea verano, primavera o invierno.

A usted le parecerá la anterior explicación un cuento de hadas ingenuo. Pero si le ocurre como a mí, que siente hartazgo con “eso” del cambio climático, deje que la imaginación reinvente y adopte una realidad más amable. En estos meses nos han cocido con documentales espeluznantes en el cine, noticias apabullantes en la televisión, alarmismo creciente en la prensa escrita, y miles, decenas de miles de iniciativas adoptadas por instituciones, entidades financieras, asociaciones medioambientales, empresas de aquello y de lo otro, famosos de turno, y famosos de siempre. A las corporaciones privadas se les llena la boca con la responsabilidad social. Muchos iluminados predican, de repente, sobre el clima. Quienes se deberían dedicar a gestionar (lo que sea) se arrogan el derecho a darnos (malas) lecciones de medioambiente. Y al final, el lento trabajo de la ciencia, de naturaleza humilde y dubitativa, acaba pareciendo arrogante en esos imparables informes internacionales donde se dice que ya es tarde para resolver el problema. Por fortuna, hay quienes siguen trabajando lento y sin vociferar.

Al final, como de costumbre pasa, los culpables somos usted y yo. Usted por no hacer uso del autobús, y yo por no reciclar. Porque, eso sí, todos los del anterior párrafo han descubierto su capacidad para enseñarnos a los demás sobre lo que ellos tampoco supieron en su día. Olvidan que el ser humano crece de pequeño a grande, de abajo a arriba, y todo ese flujo de responsabilidad ambiental navega desde arriba hacia abajo. Nos la imponen. Nos conciencian. Nos castigan. Nos educan.

Manda huevos, con perdón, que ni una sola empresa haya fraguado su éxito pasado con actividades ambientalmente sostenibles, y de repente todas se sientan salvadoras del planeta. Porque, ¿acaso lo ha olvidado?, que usted y yo somos los que estamos trastornándolo todo. Y cierre el grifo ya. Que en Gipuzkoa llueve mucho, pero el agua en Murcia escasea. 

jueves, 19 de julio de 2007

El laberinto incesante

Lo supo Borges mucho antes que cualquier otro. Bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto. De tal condición es el laberinto vasco, que perdura desde hace ya demasiado tiempo. Tanto, que algunos ni recordamos cuándo, dónde o por qué empezó.

Son dos espejos, contrapuestos, que forman un laberinto enlazado por una línea única, recta, indivisible e incesante. La identidad del pueblo vasco, en uno de los espejos. El independentismo en el otro. Y la línea, no sólo camino, también clausura.

Dado que es anterior la identidad a la independencia, convendrán en que se nace dentro del espejo que representa el sentimiento indentitario. No todos los pueblos viven en un laberinto tan prolijo. A todos les une características de similar catalogación, pero no por ello postulan su independencia. A menudo incluso deciden hacer añicos ese otro espejo, porque no les agrada el reflejo que proviene de él. Les impide seguir mirando más allá. Un espejo interpuesto, sea el que fuere, interrumpe la visión, y comienza a reflejar sólo la propia imagen, cada vez con mayores distorsiones. Nadie dice que los espejos sean perfectos.

El independentismo no es ni bueno ni malo. Es, simplemente, algo que surge. Pero en Euskadi se ha convertido en uno de los dos espejos borgesianos que conforman este laberinto inquietante. Los laberintos son útiles, a veces incluso hermosos. Hay que ir con cuidado porque en ellos, tal es su misión, te puedes perder. Quizá por esa razón algunos políticos son deambuladores silentes que han antepuesto la independencia sobre la unión de su pueblo. Cansados de recorrer el transitadísimo camino que une los dos extremos del laberinto, se han sentado a esperar en uno de ellos. Y no es su función sentarse a esperar, desatendiendo todo lo demás. Que lo hagan otros, parece razonable. Pero no quienes lideran un pueblo unido por la identidad y desunido por el laberinto. Desunido y atemorizado. Porque una sombra tupida y negra, de muerte y destrucción, apareció hace tiempo y se apropió de la confusión del laberinto. Porque la sombra tupida y negra no es parte de él. 

El laberinto es algo que se genera para dilucidar cómo ha de ser el futuro de un pueblo. Pero esta sombra lo utiliza, atemoriza despiadadamente a quienes en él se ven atrapados. Destroza a su antojo, a uno y otro lado, en uno y otro espejo. Esta sombra tupida y negra, desde más arriba, desde no se sabe dónde, vocea fuerte y alto en un idioma absurdo. Pero tanto grita que algunos han llegado a creer entenderla. Un día la sombra desaparecerá. Y cuando desaparezca, el laberinto seguirá existiendo y las gentes seguirán ideando cómo resolverlo. Salvo aquellas gentes a quienes la sombra arrebató la vida.

jueves, 12 de julio de 2007

Miedo aterrador

Comienzo de una plácida tarde en la playa. En cualquier playa. Calor de verano en Euskadi. Silencio de olas. Bravura de un mar que algunos temen. Risas de niños. Trasunto de gentes que se desplazan pausadamente sobre la arena. No hay prisa en sus gestos. Se respira una brisa cargada de salitre y humedad. Algunas nubes amenazantes. El sol transita por el orbe acortinado desde el mediodía. Murmullos de olas, arrullo de siesta sobre la arena. Se escucha una radio donde cuentan hechos muy extraños.

Se abre la puerta en una taberna. Una partida de mus. Los jugadores y sus naipes. Las piedras. Una copa de brandy, dos de pacharán, el cuarto no bebe sino vino, buen vino tinto de la rioja alavesa. El médico le ha prohibido que beba otra cosa. Un aromático habano se consume sobre un cenicero. Alguien apuesta a grande y pasa en chica. Hay murmuraciones y voces, como en cualquier bar del país. Se escucha una televisión donde cuentan hechos muy extraños.

Por todas partes se cuentan hechos muy extraños. Se anuncia un asesinato. Uno más, pero uno muy distinto. Todos los medios de comunicación bucean una información maldita entre representantes políticos, responsables policiales, el sentir de la gente, comentaristas sin ganas… Han secuestrado a un muchacho para chantajear al Gobierno. Se cumple el plazo señalado. La sombra de la muerte ya alcanza el final de una sinrazón angustiosa.

Yo no sé ustedes, pero aquel día, hace diez años tal 12 de julio como hoy, yo sentí un miedo espantoso. Miedo porque vi correr seres fantasmagóricos por el mundo. Miedo porque vi a las gentes esconderse tras ventanas y puertas, contemplando horrorizadas la sangre por las calles. Pensé que acechaba la muerte en cada esquina, en cada vivienda. No hubo luna en el cielo, aquella noche. Ni titilaban las estrellas. Las nubes eran todas grises, y surcaban ciegas, reptantes, el vacío firmamento teñido de rojo sangre. Aquel sábado 12 de julio no cantaban en los árboles los pajarillos cantantes. Sólo volaban buitres, con sus ojos asechantes, para arrancarnos el alma a todos los mortales que, muriendo Miguel Ángel Blanco, moríamos con él.

Aquella jornada, lo confieso, sentí un pánico terrible. Me dio igual que se proclamase la fuerza de la razón y del estado de derecho. Me dio igual escuchar las tonterías de siempre o mirar las caras de los que nunca hacen nada, salvo hablar. Me dio igual todo. Yo sentía un martilleo constante en mis sienes, donde tronaba cada latido de sangre bombeado por mi corazón. Porque no era mi sangre la que escuchaba, sino la de un pobre muchacho, roto y destrozado, padecedor de un sufrimiento atroz como ninguno que discurrirse pudiera, a quien iban a encañonar sin piedad aquella tarde en que se contaban hechos muy extraños.

jueves, 5 de julio de 2007

100, 20, 10, 1, 0

100 años hace. Antonio Machado y Soria. El encuentro. Pinceladas de poesía, impresionismo en palabras. Impresiones de tardes pardas y frías de invierno. De monotonía de lluvia tras los cristales. Se encuentra, hoy, a Machado en Soria tan ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar. Le soñamos, hoy,  como cien años antes soñara el poeta con Leonor. Por una blanca vereda. En medio del campo verde. Hacia el azul de las sierras. Hacia los montes azules. En una mañana serena. Antonio Machado es, centenario como el olmo centenario en la colina que lame el Duero. Con su corteza blanquecina. El tronco carcomido y polvoriento. Viejo y seco, hendido por el rayo.

20 años hace. Riaño era sepultado por las aguas de un embalse, que, como un mar artificial y embustero, algunos pocos habían querido construir. Donde antes yacía un pueblo, ahora se reflejan las cumbres y los picos. Dicen, que entonces las montañas parecían el doble de altas, reflejadas a trazos en las aguas del Esla. Entrar en el valle de Riaño era sumergirse en una tierra de praderas infinitas. Entrar ahora en Riaño es como perturbar un silencio mortecino. Sentir el desprecio hacia la tierra y las raíces. El mirar por un futuro caprichoso en el que, precisamente, los artífices de la sinrazón no habrían de participar.

10 años hace. Ortega Lara era liberado por los cuerpos de seguridad del estado de su terrible cautiverio. De repente supimos que el infierno existe, que la sinrazón puede apoderarse de la vida humana, que el terror son, en realidad, mil rostros y ninguno a la vez. Que se puede vivir como si se estuviese muerto, y que se puede morir como si jamás se hubiese vivido. En un agujero oscuro, maloliente, ínfimo, apenas pueden imaginarse las lágrimas de quien llora por tu desgracia.

1 año hace. Descubrí Gipuzkoa. Y Donostia. Redescubrí el País Vasco. Sus verdes colores, sus azules colores,  su lluvia y su frío, su calor delicado y sus gentes amables. Llegué ligero de equipaje, también, para adentrarme en una tierra que, desde fuera, no se conoce adecuadamente. De la que siempre se habla, casi siempre para mal. Salpicada de recortes de prensa y cierta nostalgia. Donde el arte y la gastronomía confluyen con el mar y el cielo. Donde tanto habría de descubrir...

0 años hace. Ahora amo esta tierra. E imagino los ojos de Machado junto al Duero, y comprendo lo que debió sentir el poeta. Como imagino las aguas de Riaño apoderándose de valles y tierras. Y pienso que jamás debió contemplarse horror alguno que mancillase la paz y belleza de aquellos parajes y, mucho menos, de este territorio gipuzkoano. Y escribo esta columna para decirme que debo proseguir ante las sinrazones y demencias que hay en éste nuestro mundo.