jueves, 30 de agosto de 2007

Sinceridad y desinterés

1942. El Diario Vasco. Culminaba Pedro de Lorenzo una serie de artículos sobre Azorín, preguntándose por su consecuencia e inconstancia en el pensar. El viejo escribidor, pequeño filósofo, como gustaba de decir, le responde eso de que usted, hoy, no piensa como ayer. Porque hoy no es lo mismo que ayer. Y lo que verdaderamente importa es la sinceridad y el desinterés. Ha transcurrido una vida entera desde aquellas palabras y no parece que hayamos aprendido sino a contemplar la cosa pública como una pasión indeclinable de constancias e inconsecuencias.

Me preocupa la sinceridad. Está cada día más ausente de los programas políticos de Euskadi. Me preocupa tanto como el desinterés. Tras el velo brumoso y frágil de un Gobierno Central que sufre en casi todas las acciones políticas que ejecuta, no se observa en el horizonte vasco sino anticuadas ideas de un pasado interpretado reiteradamente desde el interés.

Sabían los antiguos griegos que las líneas paralelas intersectan en el infinito. Esta convergencia, que no es real, permite mirar a un único punto. Pero no ocurre así bajo el mandato pro-independentista, para el que los arcenes de todos los caminos divergen. Olvidando incluso que, a causa de esta divergencia, todavía resuenan voces absolutistas y autoritarias en los montes de esta tierra. El presente de Euskadi parece forzado hacia la hipotética construcción de una nación que nunca lo fue. Para lograrlo, el esfuerzo gobernador se empeña en la deconstrucción, como en la cocina de moda, de todas las rutas del pasado. Se imponen como rutas del futuro algunas que hace tiempo fueron abandonadas por impracticables y obsoletas.

Mal asunto que los vascos hayan de transitar por tales caminos. El carácter vasco es de liderazgo, de empeño y tradición aunados. Y de fuerza. Nada hay que represente tanto la fuerza de una sociedad como su libertad y su unión. En lugar de unir a un pueblo que, por muchos motivos, podría liderar al resto del Estado, las nuevas rutas del gobierno autonómico han logrado ahondar en la desunión de sus ciudadanos. Es el efecto nocivo de querer conjugar en una misma perífrasis el sentir identitario de un pueblo y la confrontación con lo que les parece antiguo. Es el efecto nocivo de pretender que lo antiguo siempre proviene de la N-I, claro está.

La idea de un nacionalismo que logre su propósito mediante una lenta convergencia, coeva con el devenir del resto del Estado, obrando sin ruido y con inteligencia, parece una quimera en las mentes de quienes nos gobiernan. De ahí que me entusiasme, moderada pero inequívocamente, las palabras que leo en la pluma del aún joven presidente del PNV. Lo llama transversalidad porque, respetuosamente, parece querer evitar llamarlo sensatez. 

jueves, 23 de agosto de 2007

Prohibido torear toros

Quizá usted piense que nada justifica el sacrificio de un animal con fines lúdicos, lejanos a la subsistencia humana. Quizá usted piense que, en los cosos taurinos, nada hay que convierta el toreo en arte, en espectáculo, en noble enfrentamiento entre un astado y un hombre. Quizá usted piense, en definitiva, que las corridas de toros son uno de esos vestigios que se sirven de la crueldad y la supremacía humanas sobre el reino animal. Y probablemente no le falte razón.

Pero echen un vistazo a una cualquiera de las muchas fiestas locales que ayudan a solazar a nativos y forasteros en estos plácidos días del estío. Encontrarán en ellas festejos taurinos de todo tipo. Para ser un controvertido elemento, prolifera por doquier. Yo, personalmente, me niego a creer que todos los que participan, o los contemplan, sean personas insensibles que disfrutan con la crueldad de la muerte. A mí, por ejemplo, que no me gustan los toros sino por verlos trotar en el campo, admito que corro delante de novillos en unos encierros que se celebran, por estas fechas, cerca de donde me encuentro. Acabados, cierro los ojos a cuanto acontece después, y me marcho a casa. Debo ser un hipócrita.

Esta fiesta, que llaman nacional, también tiene sus buenos seguidores en Euskadi y en Gipuzkoa. Pero entiendo que es anticuada. Le gusta sobre todo a la gente mayor. La mocería corre los encierros, entre otras razones, porque es gratis y torea las vaquillas por echar unas risas o demostrarse algo, vaya usted a saber qué. No por aprecio a los astados ni porque entiendan el sentir de los que dicen amar a esos bichos. Criar toros en el campo, y verlos pacer y trotar en libertad, como me gusta a mí, tiene sentido mientras el negocio sea rentable. Pero la fiesta de los toros, el toreo en sí mismo, poco a poco, irá perdiendo aficionados y se convertirá en un elemento residual. Y como nadie se dedicará a subvencionarlo, acabará desapareciendo.

Es preocupante que la sociedad se vaya impregnando lentamente de un estado moral superior, e impuesto, de condena hacia aquello que tardó demasiado tiempo en condenarse. En los tiempos modernos que corren, es habitual pensar que todo lo que no se prohíbe corre el riesgo de ser asumido como bueno, tarde o temprano. Y eso es algo que, dicen, no se ha de tolerar por el bien de todos. De ahí que se prohíban muchas de nuestras malas costumbres pretendiendo resolver con ello cuestiones como los controvertidos problemas del mundo de los toros.

jueves, 16 de agosto de 2007

Banderas y naciones

Mientras escribo esta columna, afuera, donde principian las Arribes del Duero, pasan las nubes de estío. Pocos paisajes existen ya como el de mi tierra. Son ricos en tradiciones y belleza. No sólo por las campiñas salpicadas de roble y encina. También por las gentes, que concurren aportando alma. Tierras y gentes. Un nexo invisible los engarza de nacimiento a muerte para nutrirse el uno del otro. El terruño aporta vida y carácter, las personas sangre e inteligencia. Es inconcebible tratar de separar ambas realidades.

En este remoto y olvidado pueblo coexisten, en la misma plaza, un ayuntamiento y una iglesia. Nadie busque otros lugares de pública concurrencia. No hay bares. Ni tiendas. Pero sí un lugar para que las gentes puedan ser atendidas por el médico dos veces cada semana. Y otro lugar para que recen los pocos que no dejaron la fe olvidada en alguna alforja.

Quienes se acerquen a visitar este hermoso paraje no verán banderas ondeando en el balcón del ayuntamiento. Ni la española, ni la castellano-leonesa, ni la salmantina en caso de haberla. Ninguna. En la fiesta del pueblo no suenan himnos, solamente jotas de por aquí. Jamás se vociferan los rasgos más nítidos de la identidad propia. Y la hay.

Deben ustedes saber que los del lugar, en su mayoría, nacieron leoneses, y cuando la transición, los convirtieron en castellano-leoneses. Nadie protestó demasiado. Como me contaron una vez, total, qué más da lo que le digan a uno que es. Todos somos algo. Los políticos, esos hacedores de una historia cada vez más breve, no pueden esclavizar los sentimientos del pueblo. Solamente su ideología.

Muchos dejaron estos campos poco fecundos, de subsistencia, y emigraron lejos. A Madrid. A Barcelona. Y, en gran número, a Euskadi. Mis vecinos, Los Tórtolos, tienen hijos por toda la península. De niño, yo jugaba al balón en el lejío del pueblo con un amigo que decía ser de Hernani. Eso estaba muy lejos, claro. Y sonaba a nombre raro. A ese amigo le perdí hace mucho el rastro. Pero su familia sigue reuniéndose los veranos, y entre “Adeu” y “Agur” y “Hasta luego” van pasando la calor.

Me pregunto si alguien, de entre los ideadores de patrias, ha calculado bien la identidad aportada a Gipuzkoa por las gentes de mi tierra. Hay un destino en quienes, por uno u otro motivo, han de abandonar su sitio y partir a otro. Llegado el momento de soñar los recuerdos de una vida, no queda otra cosa que agradecimiento. Todos los que hemos arribado a Euskadi no estamos sino felices de la decisión que adoptamos en su momento. Sin Rh. Sin jota de euskera, salvo lo habitual. Sin identidad vasca. Sin bandera ni himno. Pero haciendo patria. Codo con codo. La misma patria que también hacen los que nacieron con la txapela puesta.

jueves, 9 de agosto de 2007

Hoy no sale “El Jueves”

Dicen en la portada que salen los miércoles. Y que la secuestran los viernes. Los sábados es cuando, aparentemente, acaba en el contenedor de la basura: el de color azul, no se equivoquen, no dejen por ello de reciclar, no permitan que alguien por ahí insista en su labor predicadora sobre eso del medioambiente.

Oiga, ¿a usted no le ha ocurrido? Pasea por el aeropuerto o en el andén de esa estación del AVE que no llega a Euskadi, y aburrido, ojea el kiosco de prensa a ver qué revistas y diarios encuentra. Compra el Diario Vasco, por supuesto. Y sigue mirando. No opta por los tabloides rosas, que ya aburren con siempre el mismo cuento. Tampoco opta por las revistas de coches, o informática, o viajes, siente por ellas un hartazgo profundo. Quizá piense que la edición española (perdón: ¡estatal!) del National Geographic le va a producir sopor, lo cual es un error, pero es libre y tiene todo el derecho a cometerlo. Sigue mirando. Como no se defiende en inglés, caso omiso al Time o al Newsweek. De pronto, descubre una voluptuosa mujer en la portada del Playboy, revista que descarta aunque le tiente, porque seguro que su vecino de viaje se la espía. Finalmente encuentra los colores graciosos, las viñetas simpáticas y el impacto visual de “El Jueves”, y se deja seducir por la diversión.

Con sus más y sus menos, he seguido la pauta anterior en alguna ocasión. Compro un número y le echo un vistazo. Me canso enseguida. Pocas veces termino de leerla. Casi siempre acaba en la basura antes de tiempo. He de ser franco: no me gusta demasiado su humor. Admito que algunas semanas aciertan. Pero en muchas otras el ingenio se les esfuma. Se creen inteligentes con la grosería y la zafiedad como herramientas.

Vociferan muchos que lo acaecido recientemente con esa revista nos retrotrae a los tiempos de la dictadura, cuando los prebostes echaban mano de los picoletos para acallar cualquier insurgencia. Ese pensamiento es una barbaridad. Yo sí pienso que a menudo los responsables de “El Jueves” tienen la intención de injuriar. Pero no que se les deba incoar expediente alguno en un juzgado. Eso es otra barbaridad. Aquí hay libertad de expresión. Incluso para lanzar injurias sin estilo.


No entiendo qué le debió pasar por las meninges al juez que desbarró y acabó embargando el controvertido número de “El Jueves”. Su prepotencia dista casi una carrera jurídica de la sensatez. Quizá se levantó esa mañana cansado de contemplar cómo en democracia los raseros son cada vez más exiguos. Un mal día cualquiera lo tiene. Algo así le pasó a un político que, enardecido por las circunstancias, se puso a chorrear tonterías antimonárquicas en su blog de la red. Aquí nadie se salva, eso está claro. Errare humanum est. 

jueves, 2 de agosto de 2007

Mudanzas

Estaba empaquetando mis cosas. De pronto, un mensaje del móvil. “Que leas la columna de Guille Viglione”. No pensaba salir de casa. Encendí el portátil e Internet. Y me encontré con una de esas preciosidades que su autor cultiva en las contraportadas del Diario Vasco. “La vida es ese tiempo que pasamos entre mudanza y mudanza…”

Me vine a Euskadi en una de tales mudanzas. Fue ver surgir los montes viejos, los angostos valles, y comprender que esta tierra es como un quejumbroso cántico que desde muy lejos viene sonando. Y cuando lo escuchas por primera vez, sueltas todo el lastre y avanzas. No se puede venir a Gipuzkoa con la maleta llena de cosas. Ésas hay que dejarlas atrás, de donde uno proviene. Aquí cada detalle tiene su historia y cada momento de esa historia tiene su sentido. Por eso, en aquella mudanza, hube de tirar los trastos viejos y los trastos nuevos. Y venirme sin nada.

Ahora que inicio una nueva mudanza, me doy cuenta de algo muy simple. No he acumulado gran cosa  en todo este tiempo. No tengo enseres nuevos ni utensilios que llevarme. En los paquetes y en las maletas solamente hay miradas, pensamientos y sensaciones que no se pueden lavar. No puedo limpiar el verde de los montes que ha impregnado hasta las sábanas. No puedo tampoco eliminar el azul del mar que se ha incrustado en la ropa. Sí he encontrado tiznes que con un simple cepillado se desprenden. Provienen de fuegos que alumbran sin calentar y crepitan sin concierto. Son las ruidosas voces de políticos hambrientos de historia. Una historia que no les pertenece. Porque la historia de Euskadi, como pasa con todas las historias de todos los pueblos, no le pertenece a nadie en exclusiva.

En esta última mudanza he puesto en los contenedores de basura algunas cosas. Muy pocas, y todas circunstanciales. Así les retiro cualquier asomo de relevancia. Son eso mismo, basura. Preferí dedicar mis fuerzas a lo que sí importa. Y limpié aquello que necesitaba llevarme. Limpiar es doloroso siempre. Se limpia para olvidar, pero también para no volver a olvidar jamás. En las mudanzas se almacenan los recuerdos. Y el recuerdo es la manera triste como, quienes nos han querido, van ocupando un lugar en el pasado. En el recuerdo, la vida carece de futuro. En el recuerdo, todas las penas son más incompletas.

Ya he enviado las cajas. Ya están cerradas las maletas. La casa quedó vacía. El eco de los pasos se extinguió. Ni siquiera ya recuerdo qué me trajo hasta aquí. De nuevo se abre el horizonte hacia donde circulan muchas carreteras. Elegiré una de ellas. Ahora no me apetece saber cuál. Vuelvo la vista atrás y digo agur a Gipuzkoa. Pero es ésta una mudanza muy extraña. En lugar de pronunciar adiós, he dicho, suavemente, kaixo.

Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los i...