jueves, 29 de noviembre de 2007

Donde las parejas no pueden encontrarse


La edición digital del DV del martes mostraba unos curiosos resultados para una peculiar pregunta: ¿Crees que han aumentado las rupturas conflictivas? La inmensa mayoría de los participantes respondía que sí. No menciona la encuesta el origen del conflicto en la ruptura.

La ilación la encontrábamos, una semana antes, en un extenso cuatriálogo sobre mediación familiar publicado por este mismo diario. Y también el martes, día de la encuesta, en una noticia de Sociedad, aparecida en portada. Se necesita en Gipuzkoa otros dos puntos de encuentro familiar (PEF) para parejas separadas. Parejas separadas con animadversión profunda, se sobreentiende. Porque ni siquiera algo tan breve como recoger a un hijo del domicilio de custodia es sencillo.

En los PEF se vela por el derecho de los niños a disfrutar de ambos progenitores, madre y padre, en casos en los que la relación está muy deteriorada. Ya saben. Deterioro y conflicto son amargos eufemismos de la palabra violencia. Pero no todo es oro reluciente en la imagen de estos centros en otras comunidades. Me sorprendió la discusión iniciada en un foro digital de un diario nacional. En él se dieron cita más de una veintena de mujeres usuarias de PEF en Madrid y Murcia. El trasfondo era lamentablemente el mismo en todas ellas. Mujeres maltratadas. Psicológica. Físicamente. Su unión era debida no a la violencia del pasado, sino a la actitud de los PEF en el presente. La panoplia era contundente: malos tratos psicológicos a los menores, elaboración de informes desfavorables para las madres custodias, sensación de miedo e impotencia ante posibles represalias, inadecuados responsables (jovencitos solucionando terribles problemas, decían), desatención de las instituciones de las que dependen… Para qué seguir. Una jurista hablaba de los PEF no como un servicio social, sino como un negocio cruel, donde el cliente es el maltratador. Y al cliente se le protege, claro está. Me pareció una pesadilla. O más precisamente, para ellas, las mujeres que proclamaban su denuncia, la continuación de una pesadilla iniciada mucho tiempo atrás.

Pesadilla tras pesadilla. Necesitamos un respiro. Por fortuna en Euskadi y en Gipuzkoa las noticias derivan hacia un brillo mucho más resplandeciente. El de su justa acción social circunscrita a una beneficiosa misión: hacer desaparecer las causas de la anormalidad. En beneficio de los menores. Defendiendo sus derechos. Estableciendo como prioridad su bienestar y su desarrollo integral. Consolidando la realidad de que el menor en su dimensión humana y social, es sujeto de derechos y necesidades. Y entre ellos, entre los que son básicos, uno sobre todo: tener acceso a sus padres. Aunque éstos no se quieran ver.

jueves, 22 de noviembre de 2007

La incineradora


Voy a meterme en camisa de once varas, y explicar por qué NO estoy de acuerdo con la incineradora de la que todos hablan.

No hay en la actualidad gobierno, empresa, organización no gubernamental, universidad o instituto de investigación que no haya hecho suyo el desarrollo sostenible. Fruto del pensamiento ambiental de los sesenta, busca armonizar el desarrollo con la conservación de los recursos naturales y la biodiversidad. Una apuesta por el presente y por el futuro. Su documento clave es la Agenda 21, el fomento de la sostenibilidad global a partir de la actuación local en los municipios, las regiones, las comunidades... Cito textualmente: “Es un Plan de Acción Medioambiental para utilizar los recursos de la manera más sostenible y eficiente posible, y conseguir la participación de la comunidad local" (véase la Guía europea para la planificación de las Agendas 21 Locales, 1998).

Se puede decir más alto. Pero no más claro. Quizá sin tanto perifollo ni tanto mambo-jambo. Participación. Los ciudadanos hablan, proponen, deciden, cuestionan, actúan. Estamos acostumbrados a ver cómo nuestros regidores municipales se llenan la boca con el espíritu de la Cumbre de la Tierra. Y yo pregunto, metidos en harina con el tema que nos ocupa: ¿por qué se empeñan en desoír continuadamente las voces que protestan contra la incineradora? ¿Por qué se empeñan en ubicar una planta incineradora donde no lo desea la población?

Muestren una vez más todos los informes técnicos que justifican esta apuesta. Yo les pediré que, con ellos en la mano, una vez más también, se los expliquen a los ciudadanos. Y les escuchen otra vez. Expongan todas las urgencias que aconsejan una pronta solución a la acumulación de basuras. Pero no conviertan urgencias derivadas de una mala previsión en urgencias por convencer a todo el mundo.

Acepto y entiendo las mejoras que supone incinerar residuos. Asumo que el proceso de contención y control está lo suficientemente desarrollado como para impedir daños en la salud pública y el medioambiente. Pero creo que no se ha planteado correctamente la estrategia de cara a la población. A lo mejor es posible aún renegociar la ubicación de la incineradora. Y con ello demostrar que se atiende a los deseos de los ciudadanos. E informar mejor, con didactismo y paciencia. Trabajar por unir los planteamientos ciudadanos con las soluciones técnicas y acabar en una solución que represente todas las posturas.

Somos todos y cada uno de nosotros, los ciudadanos, los beneficiarios y responsables de las políticas de medioambiente. No solamente los cientos de folios conteniendo soluciones y propuestas. Y eso es lo que significa Agenda 21. Eso significa participación ciudadana. Eso significa sostenibilidad. 

jueves, 15 de noviembre de 2007

El Rey mandón

Fue este pasado domingo, en la madrileña Cuesta de Moyano, donde de tanto en cuando me harto a comprar libros viejos en las librerías de lance. Uno tiene la costumbre de no adquirirlos nuevos. Paseaba con mi peque, de casi tres añitos, viendo cómo deambulaba calle arriba, cuando advertí que casi todos los diarios en un kiosco de prensa contemplaban la misma idéntica noticia. El rey había espetado a Hugo Chávez una frase lacerante como pocas.

He leído los comentarios y opiniones. También las críticas y las alabanzas. Unas y otras son más de lo mismo. Hay quienes defienden acérrimamente al monarca en todas las circunstancias, y hay quienes se empeñan en criticarle a toda costa para mostrar lo republicanos que son. Y yo, que no soy monárquico, pero que no me gusta orientar esta postura criticando a quien no hace otra cosa que cumplir con el mandato para el que fue elegido en referéndum por la mayoría de los ciudadanos, voy a mostrarles a continuación mi modesta opinión.

El rey estuvo extraordinariamente diplomático al pronunciar la famosa frase. Cualquiera de nosotros, los que no sentimos que la corrección política sea imprescindible y que supeditamos las formas al contexto, le hubiésemos espetado otras muchas cosas al energúmeno venezolano. Se me ocurre que “¿por qué no te callas, gordinflón insolente?” no hubiese estado mal, pero seguramente me estoy quedando escaso de audacia, pues a estas alturas ya he escuchado referirse a Chávez como a un orangután (qué pecado habrán cometido los pobres animales), un iluminado bananero, un gilipollas, y no sé cuántos improperios más. El mío, al menos, suena delicado y fanfarrón. Pero les dejo a ustedes el gusto de explayarse…

Los de siempre dicen que el rey actuó mal. Muy mal. Los otros y las encuestas dicen que estuvo bien. Muy bien. Y entre quienes echan la culpa al de arriba, y los que echan la culpa al de antes, y con el de antes y el de arriba incluso llamándose por teléfono, con todo el cirio montado alrededor del jocoso asunto, échense ustedes a temblar si oyen hablar al tipo aquél del país de los Tepuis sobre las repercusiones posibles o no posibles. A lo mejor nos manda la armada naviera para que cañonee el Palacio Real desde el Manzanares. Igual nos quedamos de piedra. Menudo espectáculo.

Pienso que frases como ésa, las pronuncien unos u otros, faltan en las reuniones diplomáticas. Y en las no diplomáticas también. Sin ir más lejos. Ojalá algunos de por aquí hubiesen mandado callar vehementemente a los otros algunos que siempre disparan. Que parece que, en aras de la buena educación y los destinos universales de los pueblos, ya ni a los estúpidos se les puede decir eso tan congruente y educativo de “por qué no te callas de una vez”.

jueves, 8 de noviembre de 2007

La ciencia no es divertida

Zientzia Astea. Si tienen oportunidad, suban este fin de semana al museo de la ciencia en Miramón. Es un lugar encantador. Por su emplazamiento. Por su excelente plantilla de profesionales. Y porque habla de ciencia. Con buen gusto, y no poco interés, muestra algunos importantes fenómenos de la naturaleza.

Cuando creía dirigir el museo, solía repetir ante la prensa, y hasta la saciedad, eso de “la ciencia es divertida”. Y no es verdad. Divertido es el museo. Y su misión hacer CON la ciencia un espectáculo continuado. Allá en Miramón se puede pasar una tarde muy agradable, porque todo está pensado para amenizar al visitante. Pero convendría dejar claro que la ciencia, como cualquier otra forma de conocimiento, no es divertida ni es tal y como se presenta en Miramón. Usted allí no puede medir, repetidamente, las variables de un experimento. Los fenómenos no se observan nunca en módulos tan atractivamente diseñados. Tampoco podrá ver allí los miles de cables que pueblan un laboratorio habitual. Créame. La ciencia, la de verdad, no es divertida. Ni tiene razón alguna para serlo. La ciencia es rutinaria. Exigente. Sacrificada. Y apasionante. E interesante. Y profunda. Y cautivadora.

Ciencia significa conocimiento. Conocimiento del mundo tangible. Algunos dicen que la ciencia no es sino un método y el cuerpo de técnicas que permiten conocer hechos de manera reproducible y falsable. Esto significa que cualquier conocimiento científico ha de estar sujeto a continuos y repetidos intentos de demostrar su falsedad. En ese camino, por contradictorio que parezca, se encuentra también la grandeza de su enorme desarrollo. Pero vivimos la era de las comidas divertidas, en vez de nutritivas. Y de la educación permisiva, en vez de exigente. No es de extrañar que, también para hablar de ciencia, haya que insistir tanto en la amenidad en lugar del esfuerzo y la constancia.

La ciencia está construida con el sacrificio y la dedicación de muchos investigadores que anhelaron profundamente conocer más y mejor las cosas. Los que nos dedicamos ahora a gestionar proyectos científicos que cuestan cifras de muchos dígitos, no podemos sino sentir un nostálgico escalofrío cuando observamos la felicidad de quienes dedican sus días a enclaustrarse en un laboratorio y pasar en él mucho tiempo buscando un dato que refute una teoría, o en su defecto la confirme. ¿Se encuentran divertidos? Mucho. Pero se trata de una actitud. No de un solazamiento.

Por favor. Disfruten mucho esta Semana de la Ciencia. Es Ciencia. Y Cultura. Y Conocimiento. No dejen de aprovechar la oportunidad para verlo todo. Yo, por ejemplo, no pienso perderme las conferencias y stands de la UPV/EHU en el edificio de Tabacalera. 

jueves, 1 de noviembre de 2007

Jefes inhumanos

Dedicado a un esperpento humano llamado Lourdes Arana


No hace sino un par de semanas, cenaba con un buen amigo de Arrigorriaga y, a los postres, habiendo encendido un habano, que armonizaba en los vapores de un buen brandy, le comenté aquello de que los vicios matan. Me contestó, para mi estupefacción, que también el estrés es nocivo, y en ninguna cajetilla se advierte de los riesgos de tener un jefe gilipollas.

Aquel comentario evidenció en mi amigo una cara de derrota realmente preocupante. Le pregunté qué le pasaba. Y me comentó que, desde hacía varios meses, su vida era un infierno. La causa no era otra que el autoritarismo destructivo y lacerante de su jefe. Un “imbécil desquiciado y paranoico” (sic) empeñado en des-responsabilizar a sus empleados asumiendo todas las decisiones, improvisar por desbordamiento, y crear un clima laboral horrendo porque nunca, para su jefe, se acertaba con las ideas o los proyectos. “Es como Darth Vader; le ves aparecer en la sala de reuniones y se te congela hasta el alma”, me contó. “Y no es sino un asalariado más”.

Como algo sé de ese tema, y la empresa para la que trabaja es conocida, le comenté que, con toda probabilidad, su jefe se comportaba así porque se había deshumanizado. Seguramente al haber asumido su jefatura como una “unidad de destino en lo universal” hacia la consecución de objetivos e indicadores. Y cuando se confunde ser ejecutivo con creerse en posesión de un conocimiento arcano capaz de sustituir el trabajo de todos los empleados a tu cargo, entonces el proceso se enquista. Y ocurre lo que le ha ocurrido a mi amigo. Ya lo comentaba recientemente un experto en RRHH: muchos ejecutivos se agarran a los modelos de calidad para justificar que sean auténticos cabronazos. Pueden ser excelentes gestores de números, pero no saben dirigir ni tratar a las personas. No tienen talento. Y en el colmo de los despropósitos, incluso les divierte su autoritarismo despiadado.

Aquel momento de la cena me hizo recordar una comida reciente en la cocina de Arzak, invitado por un alto ejecutivo que sí posee un enorme talento para el ejercicio del mando. Éste es un hombre admirable con quien me hubiese gustado granjear una amistad más profunda. Reconocía que ese lenguaje de diagramas, indicadores, tablas y tecnocracia no lo acababa de entender. Y necesitaba rodearse de gente que sí lo dominase. El resultado es obvio. La creciente deshumanización de la gestión empresarial aísla, cada vez más, el talento de quien hace buen uso de las personas y logra que éstas trabajen juntas y en unión… y felices. 

El lunes recibí un correo electrónico de mi amigo. “He dimitido, Javier. Qué paz y qué felicidad siento”. Por fortuna, aunque parezca dificilísimo, es muy fácil desentenderse de las personas que destruyen.