jueves, 25 de septiembre de 2014

Dimite, que algo queda

No me interesa la dimisión de Alberto Ruiz-Gallardón como ministro de una Justicia de la que, no quedando apenas nada, quiso acabar con lo restante. Se trata de uno de esos tantos adioses protagonizados por los políticos, capaces de morir y resucitar infinidad de veces, de fingida humildad y lealtad hacia el inquietante preboste máximo que, cual dedo de Dios, va señalando a las almas el camino de su destino final: infierno o cielo (curiosa esta concepción de serial-killer que le están adjudicando a nuestro presidente, cuando resulta obvio que se limita a contemplar los suicidios colectivos ajenos).

Decía que no me interesa mucho el suicidio político de Ruiz-Gallardón, hombre constantemente obsesionado por el poder, el ninguneo corporativista, las relaciones empresariales de alto riesgo (y mucho dinero), los líos de faldas y no sé cuántas otras más. Pero mucho menos me interesa la dimisión del presidente de RTVE, un tipo al que no conozco de nada (supongo que le conocen en su casa a la hora de comer) y del que antaño se escribieron ríos de tinta tildándole de afamado gestor y reputado mandamás (aunque fama y reputación, bien se sabe, valen lo que cuesta que otros la refieran).

Si no me interesa la historia del tal Echenique, a mí que hace ya una década que no veo ni un solo programa de esa cadena ni de ninguna otra, no es por su edad, similar a la mía, ni por las hondísimas esperanzas puestas otrora en él por los muchos autores que ríos de tinta sembraron en los medios lisonjeándole, como bien dije antes. Querer salvar la tele pública y perder 300 millones de euros es hacer bien las cosas, digo yo. Pongamos al margen la lucha por la audiencia o los escándalos informativos y la vuelta de tuerca a los contenidos televisivos que, como suele decirse, se deseaban de gran calidad. Digamos bien alto que de lo que se ha tratado, y supongo que aún se trata, es de cómo meterle mano a un pedazo de corporación con más de 6.000 empleados, muchos de ellos brillantes (aunque me temo que a los mejores los prejubilaron hace tiempo), y al inmenso agujero negro que se esparce sobre los resultados económicos de semejante mostrenco.

Sinceramente, me preocupa poco la dimisión de Gallardón, pero mucho menos la de Echenique, porque sin la tele puedo vivir y de hecho vivo tan ricamente (les aconsejo que tiren el trasto al punto limpio y lo comprobarán), pero sin Justicia no. Y hace tiempo que quería ver la Justicia sin al ya ex ministro.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Alba

En gaélico escocés, Alba es el nombre con que se denomina a Escocia. El país que ayer (hoy, cuando escribo esta columna) votó sobre su independencia.

Viví un par de años en Edimburgo. Eso ocurrió hace ya un tiempo, cuando todavía los escoceses se limitaban a comentar, con evidente satisfacción y orgullo, que ellos no eran ingleses. Hospitalarios, el pueblo escocés acoge al extranjero con exquisitez, brindándole descubrir no solamente las tierras altas donde Rob Roy combatió a los ingleses o la cabeza del célebre monstruo que aparece y desaparece en las frías aguas del canal de Caledonia, también su cultura propia, su historia, leyes, religión… su tierra. “Algún día volveremos a ser un país”, se limitaban por entonces a proclamar en los pub jugando a los dardos (en esto no se distinguen mucho de sus vecinos). En la década que ha transcurrido desde que abandoné Edimburgo, es evidente que las mentes de los escoceses han avanzado mucho por el trecho que lleva del lugar donde arraigan los sentimientos nacionalistas hasta el pozo de la política secesionista (iba a escribir que es un pico, pero lo he cambiado), donde aquellos se convierten en punto sin retorno.

La política no es nada sin un Estado donde desarrollarse. La política que se fundamenta en sentimientos provenientes de la historia y de la cultura, pero no en presupuestos ni en leyes orgánicas, no puede llamarse política. Es algo muy distinto. Yo mismo comienzo a darme cuenta de que las mareas humanas, conformen se van nutriendo de más y más almas que proclaman una misma consigna, por convicción o por adhesión, con razón o sin ella, son imparables y quizá deban ser atendidas con mejores intenciones. Ignoro bajo qué negociaciones (de paz, siempre) o qué condiciones se han de efectuar las solicitudes. Pero es evidente que, mientras el clamor siga creciendo, los oídos sordos solo pueden conducir al distanciamiento. El clamor con clamor se responde. Al clamor secesionista solo se le puede oponer el clamor que boga en pos de la unión de los pueblos. Y encabezándolos, solo pueden emplazarse políticos de inteligencia y firmeza. No son los nuestros, por desgracia.

En Escocia se ha disputado no la identidad de un pueblo, cuestión evidente de por sí, sino la forma política y social de reconstruir una antigua nación hasta ahora diluida. Y se ha efectuado conforme a la ley y al diálogo. Por eso mismo, y sin saber cuál ha sido el resultado, yo he votado figuradamente por Alba.

viernes, 12 de septiembre de 2014

La muerte de un banquero

No sé quién era Emilio Botín. Conocía al banquero, al igual que ustedes. Por la prensa. Por las notas informativas. Por Wikipedia. Jamás me lo encontré en Santander o en Madrid por la calle. He aprendido más de él en los últimos dos días que en el resto de mi vida. En realidad, el banquero de la corbata roja nunca me interesó más allá de lo que puede interesar alguien reconocido por ser un muy notable empresario. Pero, fíjense qué enorme es la diferencia: el banquero muere y de inmediato le sucede otro banquero, pero muere el hombre y nada puede ocupar su puesto. El nuevo banquero es su hija. Mismo apellido. E idéntico desconocimiento mío sobre quién es esta mujer que asume el sillón desde el que gobernaba su padre. Uno concluye que los banqueros son de quita y pon (las grandes maquinarias parecen no poder caminar solas), al igual que los productos financieros y las donaciones.
Sigo sin saber quién era Emilio Botín. Y, realmente, tampoco me importa, dicho sea con todo el respeto del mundo, pues no deseo significar indiferencia o crueldad con esta aseveración: solo decir que la persona escondida bajo el presidente del mejor banco de España, en puridad, nunca significó nada en mi vida, al igual que tantos y tantos otros personajes ilustres de nuestro tiempo. Casi me da más pena advertir la desaparición del banquero (a quien algo conocía) que al ser humano (de quien lo desconocía todo). El hombre, una vez muerto, es, antes o después, pasto del olvido, al igual que su sombra deja de producirse y del nombre solo queda una lápida escrita. Las lágrimas se secan. El dolor deviene rutina. El recuerdo, pena. Todo acaba diluido como si jamás hubiese existido. Será su mujer, su hija (no la banquera), sus amigos, quienes acometan el ingente esfuerzo de vencer la inercia de su ausencia. Pero ese hombre, Emilio Botín, presidente de uno de los bancos más importantes del mundo, jamás fue nada para mí.

Leo con pesar algunas manifestaciones sin respeto alguno por el descanso eterno de Emilio Botín. Mal signo de estos tiempos tan líquidos. Se habla demasiado. Se insulta demasiado. Se opina demasiado. Ni siquiera sé por qué debo escribir esto mismo cuando, entre personas de madura sensatez, debería resultar obvio. Acaso sea el estigma de los banqueros: ser vociferados incluso después de muertos. Aun así, ¿qué importa? Siempre escupen los mismos. Cuando sean ellos quienes desaparezcan, también sus nombres se borrarán para el olvido...