jueves, 24 de septiembre de 2015

Órdago a chica

Esto es una partida de mus. No pase en grande. No juegue a chica (no pierda tan pronto). Envide si tiene juego y declare órdago finalmente: el contrario se achicará, seguro. No importa que no tenga cartas: ¿para qué las necesita? ¿Supondrá alguna diferencia? Solo si acaba contando. Nada más. La partida la tiene ganada. Eso es seguro. ¿No ve que enfrente se sienta un contrincante amilanado y timorato? ¿Que su pareja (la suya no, la del tipejo indeciso) es igualmente pusilánime y no deja de mirar los naipes, señal inequívoca de desconfianza? ¿No advierte que su compañero de partida tiene más arrestos todavía que usted aunque esté jugando sin reyes?

Usted, claro está, es Cataluña. Su colega es secesionista desde que el padre, charnego, cultivaba el campo, siendo mozo, años antes de emigrar a Sant Boi. ¡Fíjese si tiene incardinada la liturgia independentista! No existía y ya pensaba que España roba a los catalanes: maldito sheriff de Nottingham. A usted, el juego de su compañero le comenzó desconcertando. Qué bravuconadas soltaba. Qué de dicterios expulsaba por su boca. Qué de esputos arrojaba al mentar el nombre del Estado, maldita sea. Pero, mire usted por dónde, poco a poco consiguió engatusarle a usted, y usted mismo, en su magín, comenzó a ver nítidamente dónde se había escondido la verdad durante tantos y tantos años.

Estos contrincantes suyos, que por no saber, ni saben hablar bien, siempre refiriéndose con mala sintaxis y peor gramática a lo importante, a las algarabías, a los chisgarabises (¡hay que fastidiarse!: lo mal que se expresan y la poca sustancia con la que hablan), estos contrarios, digo, les han subestimado a ustedes dos a la hora de jugar. ¿O en realidad fue indolencia teñida de soberbia? Porque no adivinaron el envite. Se rieron al verles pasar en chica. Despreciaron el órdago: ¡pensaron que no había cartas! Y ahora tiene usted la partida a punto de ganar, usted solo, porque su compañero sigue berreando encima del berrueco y nadie le toma en serio.

Qué fastidio. No le aceptan el órdago. Quieren contar cartas. En realidad no quieren, pero no queda más remedio. Lo cual es parecido, acaso una misma cosa. Y usted… ¡no tiene cartas! Nunca las ha tenido. Qué sabio e inteligente jugador de mus. ¡Qué estrepitosa y magnífica va a ser su derrota! Los disparos de fotografía ya comienzan a pergeñar su sinfonía de clics. Hay ruido en la sala. Las voces avanzan el veredicto. Debió usted jugarse el órdago a chica.

viernes, 18 de septiembre de 2015

La rotura de España

Qué ganas tiene uno de que pase la fecha de las elecciones catalanas. Mis mayores temores consisten en que, tras ese tormentoso domingo, todo vuelva a empezar, lo cual no me sorprendería nada, porque si bien detecto en una cierta cantidad de catalanes el deseo de desentenderse de España y convertirse en un estado propio (lo de ser una nación es algo que no necesita siquiera fronteras), todo apunta a que algunos secesionistas profesionales lo que han contraído no es un amor más profundo por su patria sino un modo más astuto de ganarse el sustento y lo que no es el sustento, porque se llama capricho. En el fondo, todo el asunto de la ruptura con España lo que ha supuesto es el posicionamiento (que se dice ahora) de cada uno de los nuevos próceres de la cosa independentista en la mejor ubicación posible de cara a ese futuro estado catalán que da inicio el lunes 28. Porque las naciones no precisan ni dinero ni bien alguno común para existir, pero los estados sí, que se trata de recaudar y gastar, y una de las mayores cualidades de la gobernanza moderna es hacer que, directa o indirectamente, del reparto se salga siempre uno beneficiado. 

 Dice un colega mío que lo mejor que puede pasar el día siguiente de la declaración de independencia, es que alguien dé la orden al ejército de invadir Cataluña y anexionarla de nuevo. Da por supuesto que no habrá ni un solo disparo, ¡¡por supuesto!!, y que los desórdenes y guerrilleros brillarán por su ausencia. Y no solo estas beneficiosas circunstancias, sino que, además, todos se darán perfecta cuenta de que una cosa es que los demás consintamos el rollo dialéctico y político del secesionismo, y otra que indolentemente permitamos la disgregación de lo que siempre ha estado unido a nosotros a causa de unos pocos. No sé si estoy de acuerdo en lo que dice, desde luego no en todo, que eso de organizar una parada militar con carros de combate y fusiles de asalto, siquiera lagrimados con flores, en pleno Paseo de Gracia, no parece cosa de tino sino más bien de guion de cine. Pero en todo lo demás, razón no le falta. 

A mi modo de ver, solo en la confluencia de una mediocridad salvaje del hacer político se encuentra la razón de que hayamos llegado donde estamos. Puedo entender las ansias de ser considerado diferente, pero no el fin de la retórica. Y esta no se produce solo con el estruendo de las armas, también con el menosprecio y el ninguneo del que piensa distinto. Ya saben a qué me refiero.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Perspectivas

Mi colega, de Birmingham, lo tiene claro: hasta hace unas pocas semanas, la crisis de inmigrantes acaecida en la UE representaba los esfuerzos del Tercer Mundo por arribar a las costas del Viejo Continente. Después, fue variando con gradualidad su opinión al respecto. Le explico que, en España, el Gobierno se ha visto obligado a modificar su opinión inicial debido al clamor ciudadano y a la contestación social. En realidad, muchos ciudadanos han variado igualmente su opinión, y donde antes solo existían riesgos y peligros de delincuencia, criminalidad y auge de las mafias extranjeras, hoy solo se ve el esfuerzo sobrehumano realizado por muchas personas para sobrevivir. Y ni siquiera esa supervivencia personal, individualizada, humanamente egoísta: sino la sobrenatural, la que antepone los hijos a cualquier otra consideración.

Mientras escribo estas palabras, reprendo a unas niñas rumanas que gritan sin consideración al pie de nuestra mesa en una terraza sevillana. Les digo que no es muy agradable conversar con un amigo mientras ellas sobrevuelan todos los niveles sonoros con sus aberrantes gritos: bien parece que son incapaces de hablar de otro modo más tranquilo y respetuoso con los semejantes. Las niñas se encaran, pese a su corta edad formulan chulerías deslavazadas, inconexas, se saben seguras frente a la agresividad del adulto, que yo ni siquiera manifiesto, quizá porque están acostumbradas a ello. Mi colega menciona que, en su mocedad, jamás hubiera osado importunar a un adulto. Le respondo que estas niñas de Europa del Este jamás han sufrido necesidad alguna y que sus padres ni siquiera imaginan los monstruos que están creando. Cuando contraponemos la aberración educativa de quienes todo lo tienen (sin esfuerzo) con los ímprobos esfuerzos de quienes huyen a través del mar de su patria, acabamos dictaminando que en el esfuerzo hay mayores garantías de desarrollo y evolución.

Da lo mismo. Los perseguidos por la exterminación seguirán siendo tratados como bestias huidizas por mucho que se les siga considerando, con algún esfuerzo, seres humanos, gracias a la presión ciudadana. Y los venidos de muy lejos en pos de una mejora evidente de sus condiciones de vida, seguirán siendo tan irresponsables y vacuos como estas niñas incapaces de respetar la opinión de los adultos. Quizá, usted mismo, sea de igual consideración. El problema de las sociedades líquidas es que no distinguen entre valores y poses...

viernes, 4 de septiembre de 2015

Burros ignorantes

A muchos no les importa en absoluto la crudeza de las imágenes que estos días se contemplan en los medios de comunicación. Posiblemente digan, voz en grito, que les horroriza por aquello de que las poses de indignación ante lo que sucede a otros seres humanos parecen obligadas cara a la galería. Ignoro qué cifra ilustra verazmente ese “A muchos” con que comencé esta columna. Pero seguramente es mayor de lo que la decencia del pensamiento quisiera que fuese.
No sé si usted ha vivido algo similar a lo que voy a exponer a continuación, pero yo he debido encarar, y en más ocasiones de las necesarias, sobre la fríamente denominada “crisis migratoria”, argumentaciones como “que se vuelvan a su país, que vienen a quitarnos el pan y las ayudas para el comedor de los niños”, o como “si yo siento mucho lo que les pasa, pero ese problema que lo resuelvan sus gobiernos”, o incluso como “¿por qué voy a tener que pagarles yo de mis impuestos con lo mucho que nos falta a los de aquí?”. Lo peor de todo no es tener que aguantar estas aberrantes opiniones en aras de ese relativismo imperante según el cual todas son legítimas y respetables, sin serlo (realmente, aunque tengamos el derecho a opinar, mayor habría de ser la obligación de callar). Lo peor es tener que asistir a esta barbarie dialéctica de manera impertérrita, porque quien así habla jamás entenderá una sola de las razones que se le expongan en contra.
Las caravanas, las pateras, las mafias del transporte, los cadáveres asfixiados, las masas de gentes hacinadas en cualquier transporte… son todos acontecimientos espeluznantes y deberíamos obrar en pos de su erradicación total y definitiva. Pero, e incluyo en cuanto voy a decir a continuación a los gobiernos de nuestra UE, nuestra insolidaridad, nuestro miedo zafio y asqueroso, nuestra hipocresía y cinismo, son todas ellas actitudes aberrantes. Nos obsesionamos con lo que encierran nuestras fronteras, con el bienestar de los nuestros, con la felicidad de nosotros mismos, cuando deberíamos vivir obcecados en hacer que la dignidad no supiera de razas, pasaportes o geografía.
Algunas veces no parece que vivamos en España, un país rico y próspero de Europa, continente igualmente rico y próspero. Lo que parece es que vivimos en un pedazo de tierra aún más pobre que la más paupérrima de las aldeas destrozadas por el fanatismo que mata y asola y extermina, y a cuyas consecuencias respondemos cerrando fronteras, ojos y oídos.

Prisión política

Para algunos el esplendor primaveral ha llegado ahora no con la floración de los árboles y arbustos, sino con la irrupción de la prisión e...