viernes, 27 de noviembre de 2015

Minutos de silencio

Aquí en Viena la reunión ha congregado a 40 personas de toda Europa y se inicia con un minuto de silencio por lo ocurrido en Francia. Una medida que se me antoja a todas luces excesiva después de tantos minutos derramados en silencio y que parecen ir amontonándose uno sobre otro. No tengo claro que este símbolo procure reparación o consuelo alguno a las familias de las víctimas. Tampoco que tranquilice el terror que parece haberse desbordado en este viejo continente tan ensimismado. Sin embargo, los símbolos (sobre todo este, proveniente de la posguerra en 1919) contienen una emotividad tensa y muy plástica, como si en la mudez de una congregación de individuos se hallase la explicación de por qué estamos unidos y hemos de permanecer unidos (aunque no lo estemos).
Todo esto medito en el transcurso de ese minuto que, sinceramente, enmudece por obsolescencia y es traído con cierta arbitrariedad debido al momento en que nuestra reunión se produce (ni siquiera se trata de la primera de las reuniones del día). El oficiante, que hay algo en ello de liturgia, es un italiano que ha querido aprovechar la presidencia del comité para actuar de misacantano ante franceses y austríacos y checos y españoles y… Tal vez crea que esta colección de ciudadanos venida de todas partes de Europa representa con ejemplaridad a todas las sensibilidades heridas por la violencia sin sentido. Por supuesto, ni una palabra de las invocaciones a la guerra o las causas del fanatismo islámico que sigue empeñado en azotar la confortabilidad de nuestros estados. No corresponde aunque sea crucial.
Y mientras callamos, sin bostezos ni alzamientos de miradas, salvo la mía, que no estoy por la homilía habiendo tanto que discutir al respecto, en París elevan la agresividad de sus alocuciones y llaman a perpetrar una nueva cruzada, no sé si santa o diabólica: todos sabemos cómo acaban las hostilidades allá en los desiertos donde solo se alza la voz del profeta. Pero no importa, el elefante viejo ha despertado creyendo que tiene fuerza e ímpetu suficientes para golpear en las huestes enemigas, sin advertir que las huríes ya desvelaron el secreto de la guerra a Julio César en Tapso. Estamos perdidos…

Por supuesto, en la capital andan todos como locos tratando de averiguar cómo se puede mantener una opinión política al respecto sin perder votos. Tiempo de elecciones. Todo revuelto. La OTAN y el no a la guerra. Nadie parece pensar en otro modo de hacer las cosas.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Europa intimidada

Parece un problema, pero no lo es. Es mucho más. Parece una guerra soterrada, encendida por el látigo del fundamentalismo que odia lo que el ser humano construye. Pero es también mucho más que eso. Parece el terrible aliviadero por donde fluye ahora toda la tensión almacenada durante lustros en no se sabe bien qué círculos antropológicos de personas convertidas no a una religión, sino a una causa profética. Y, de nuevo, no lo es. Parece muchas cosas esta súbita irrupción, tras años de indolente olvido, de odio y muerte y sangre. Y, no siendo ninguna, es todas ellas.

Que de repente los líderes europeos alcen sus voces de guerra y dolor, llamando a la población a no olvidar que la respuesta (la venganza, las consecuencias) está pronta, no deja de ser una pantomima de quienes se creen llamados no sólo a representar el país que gobiernan, también a liderar su moral y los derechos y libertades de que disfrutamos. Ellos, quizá los seres con valores más líquidos y entrampados en cálculos electorales (Francia está repleta de políticos que por unos miles de votos han consentido la creación de inmensos guetos musulmanes donde la ley no quiere actuar), de repente se nos aparecen sólidos y firmes, guerreros e iracundos. Y me pregunto dónde estaban ellos cuando la ira estaba extendiéndose como un cáncer hasta el límite de nuestras fronteras, dónde quedaron sus convicciones ahora férreas cuando diseñaban esas políticas que siempre favorecen a los mismos y no dejan de generar imensas bolsas de descontento y repulsión.

Les escuchamos porque tenemos miedo de que nos maten en esta tierra donde no hace tanto se iniciaron las peores guerras que ha conocido el hombre. Les escuchamos ahora porque no teníamos miedo de que mataran a otros que no éramos nosotros. Pero la cruda realidad es que carecemos de fundamentos y convicciones que ayuden a dar solidez a nuestra civilización. La creemos insuperable y, en cambio, no es sino decadente. Pero nuestras normas son líquidas, y suponemos en ellas una capacidad magnífica. Por no creer, ni siquiera creemos en valores ciertos, a los que tachamos de convencionales: sólo tenemos fe en verdades relativas, tan manoseables como un trozo de arcilla que no sirve para nada. Un ojo con la Torre Eiffel, esa es nuestra única reacción lamentable.

Europa amedrentada. Por la violencia de otros. Europa proclamando venganza. Europa decadente, que se sumirá en su sueño de gloria tan pronto como callen las pasiones del momento

viernes, 13 de noviembre de 2015

Amazonas

Mis últimas Philosophiae Naturalis las han leído ustedes, caros lectores, mientras navegaba el Amazonas peruano arriba y abajo. Con la excusa de unos proyectos profesionales he tenido la oportunidad de descubrir con mis propios ojos lo que he venido en llamar regreso a lo primordial: la vida sin interferencia de los artificios humanos; la civilización sometida por el imperio de la naturaleza, no al contrario; la vida de lo salvaje y no domesticado, tan gloriosa como impresionante. Yendo al Amazonas he descubierto, por tanto, lo primordial, y por este motivo los genes, nuestros genes, reconocen que se hallan en el lugar de donde provienen.
Decir que estoy maravillado es decir muy poco. No solo por la explosión de exuberancia de lo natural, cosa que, aun sin concebirlo con exactitud, es esperable en cualquier caso, sino por la inmensa variedad en que la vida se ha desarrollado, humanos inclusive, tan rica y diversa que parece contradecir la sensación de que, en el universo, la vida parece ser la excepción, una excepción milagrosa. Y sin embargo, los ojos del viajero la advierten en su rabiosa delectación de especies vegetales y animales, con la sencillez con que millones de años han tejido una intercomunicación perfecta entre las especies. Todas, salvo nosotros...
Las sociedades que persisten a orillas del grandioso río, o afluentes, viven con muy poco y no les falta de nada. La selva ofrece alimento y medicina. Lo tienen todo y sin embargo, para nosotros, los desarrollados, carecen igualmente de todo. No vi en ningún momento rostros desdichados masacrados por el hambre o las plagas. Solo gentes felices con su sencillez que, todo lo más, si se les pregunta, dejan entrever los efectos de la mal llamada civilización al reclamar una escuela o un centro médico más próximos donde poder aprender idiomas o combatir un simple dolor de cabeza (la diabetes o el colesterol, por ejemplo, no existen). A lo largo del río lo que realmente he descubierto es la inmensa totalidad de lo innecesario y acomodaticio de la vida moderna.
Por desgracia, el hombre sigue explotando la selva en su único beneficio. La deforestación en Brasil del Amazonas sirve a la cría de ganado para que las hamburguesas basura se distribuyan a millones a diario por todo el planeta, y siguen decomisándose animales protegidos a diario por centenas. La realidad es que el río es accesible y nada protege la selva de la peor depredación que se conoce: la nuestra propia.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Gente muy muy rica

La semana pasada hablaba de Maureen O’Hara, el único ídolo por el que he sentido devoción en mi vida. Comentaba que, ídolos, hay muchos: todos con la cualidad en común de ser muy famosos y ricos (en este orden o el inverso).  Mientras escribía la columna, me enteré de que Amancio Ortega, el dueño de Inditex, se había convertido en el hombre más rico del mundo.

Dicen que es una persona humilde que realiza suculentas donaciones. Puede ser. Lo incuestionable es que no hay escuela de negocios que no le ensalce hasta lo más alto del Olimpo empresarial. Algo de eso habrá cuando Inditex es uno de los colosos empresariales mundiales. Quienes defienden con uñas y dientes la teoría de que el libre albedrío del mercado y que unos muy pocos dispongan de casi toda la riqueza que hay en el planeta es fuente de desarrollo, progreso y bienestar, se alegrarán infinito de haber a uno de los nuestros en tan privilegiado club (supongo que no se alegran tanto de que medie entre la teoría y la práctica un mar de sufrimientos e injusticias para muchas personas, problema siempre por resolver). Y quienes piensan que nadie se hace escandalosamente rico sin perpetuar la miseria de muchos, no se alegrarán tanto con los éxitos del gallego con superpoderes.

No es Inditex una empresa que me guste. Nunca compro en Zara o en sus satélites. Cuestión de pundonor, sin importar que los demás hagan lo mismo. He conocido, en otros sectores, cómo es la miseria de muchos países en la que se sustenta el espléndido nivel de vida que llevamos los de siempre. Es sabido que opino que cambiar de fondo de armario cada mes (o cada quince días) no puede ser sostenible en modo alguno para el planeta (acaso sí para la gente de Arteixo) aunque del éxito titánico de un hombre se beneficie no solo el grueso de los empleados de su vasto imperio sino sobre todo los millones de consumidores a quienes no parece importar que estemos todos yendo por un derrotero de dispendio y lujuria consumidora sin aparente final. Pero ya es muy tarde para pensar que las cosas pueden aún hacerse de otra manera.

Mire uno donde mire, el mundo parece orientarse hacia la supremacía de unas pocas súper corporaciones y el acallamiento de quienes pensamos que, de este modo, la humanidad no avanza hacia nada verdaderamente grande. Tiene que haber algo mejor que la acumulación de riqueza. Espero que don Amancio disfrute de su dinero. Yo seguiré pasando de largo frente a sus tiendas, aunque se tarde.

Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los i...