viernes, 23 de junio de 2017

CETA

Hay determinados asuntos que a los ciudadanos nos trae al pairo, que dice el otro. Si tenemos organismos y funcionarios y políticos es por eso, porque a nosotros se nos da bien columbrar las desgracias que asolarán el feudo patrio en caso de que gobiernen los otros (en oposición a los ricos arroyos de hidromiel que correrán por nuestras feraces tierras si ganan los nuestros), y se nos da mal entender los convenios internacionales.
Y hétenos aquí con que la mente exigua e indómita que de nuevo rige los designios de la sedicente izquierda verdadera, ha declarado su oposición (repentina, tal vez para convencer al votante de que su cabeza contiene conocimientos sorprendentes) a un acuerdo comercial entre la UE y Canadá, país norteamericano del que muchos solo han visto alguna foto epatante del Yukón cuando se activa el salvapantallas.
Desconozco el contenido del tratado firmado por la Unión Europea con Canadá, pero supongo que hablará de eliminación de aranceles, de libre comercio, etc., sin entrar en otras materias, por ser un tratado comercial. No importa. Al parecer, el egregio prócer sociata ha encontrado en la letra oculta de los escritos de la UE un agravio superlativo para los sectores e intereses económicos patrios, sin confesar cuáles son esos sectores, porque en bastantes años nadie se había quejado, y ahora se queja él, que escucha a muchos, al parecer, aunque dude yo de quién le ha podido sugerir tamaña audacia.
Tal vez sea que los otros de la izquierda contra quienes se mide en desigual duelo el preboste sociata ya se opusieron y se oponen a dicho tratado, por razones idénticamente ignotas para mí. Se mire de una manera o se mire de otra, hay que prestar mucho candor para entender lo que es impostura y ganas de hacer ver que se quiere desfavorecer a un país erigido de súbito en epítome del capitalismo globalizador y, por tanto, extenso (y hermoso) muro a derribar. Dicho de otro modo: pura demostración de cuán magna es la levedad podemizante y proteccionista que embriaga a quienes, desde un partido que gobernó durante décadas esta nación (reconvertida en plurinación) empiezan a idear las mayores zafiedades que ha podido parir madre.
Entre ocurrencias y majaderías anda el juego. Y delante, un gobierno reidor de las sentencias del TC. Y más allá, donde comienza la calle, un pueblo que parece solo conceder atención a la canícula que nos asola, y no a este estrafalario personaje aficionado súbitamente al estrambote.

jueves, 15 de junio de 2017

Censura

Supe que se llevaba a cabo una moción de censura por los periódicos. Será que últimamente desconecto demasiado. Pero se me pasó, que diría el otro.
Volviendo de Asturias, me puse algo al día leyendo la prensa. Aunque no me guste, acabo ojeando lo que dicen unos y otros siquiera por reafirmarme en la opinión de que periodistas y opinadores son antes soldados atrincherados que agentes del servicio de inteligencia. Opinión como fundamento de la ideología (Monedero, por ejemplo, que escribe con verbo suelto para regocijo de los suyos), opinión “Quod Erat Demostrandum” de teoremas falsos. (el de casi todos los demás). Me divierten las marcas panfletarias de la izquierda: son menos cansinas y aburridas que las de la derecha, aunque idénticamente inútiles, y llevan consigo una superioridad moral de cuya génesis siempre he manifestado estupefacción, tal vez porque se ven incardinados a la Ilustración y la Revolución Gloriosa, aunque luego sus propuestas son tan pueriles como demagógico el asombro de quienes los escuchan ensoberbecidos.  Y en la otra orilla, la conservadora, de liberalidad tan arrumbada que apenas se distingue nada que la concierna, no cesan de aflorar sentimientos de culpa y marcas de ancestral egocentrismo.
He de confesar que, en los días previos, andaba más preocupado con la preguntita de los catalanes y su futura república, esa que encierra tantas otras, convenientemente silenciadas, que antes parece un laberinto borgesiano que una consulta con trazas democráticas (es decir, en cantidad minúscula). Por eso, tal vez, se me escapó el intento exhibicionista del señor que atiza hasta sangrar, el de su portavoz (no se me ocurrirá entremezclar las verdades, que luego me llaman de todo, tal es el resentimiento de quienes viven para trazar -otra vez la palabreja- líneas rojas), el de Rajoy (manda narices que sea él quien mejor parlamente en el Parlamento) y de todos los demás que hablaron, en quienes no me fijé.
Total, como tampoco ha servido para mucho, salvo para alumbrar con fuegos artificiales las dos orillas desde donde se miran de reojo los morlacos, no creo haberme perdido mucho dedicándome a otros menesteres. ¿Que entonces por qué les hablo hoy de esto? Por saturación, supongo, o cansancio, y por convenir con ustedes que la política, como ya dijera hace dos semanas, se ha convertido en un juego de buses, eslóganes, gritos, abecedarios y narración de odios inveterados. Ergo, soy yo quien les censura a todos

viernes, 9 de junio de 2017

La semblanza del héroe

Los llamamos héroes para diluir su valentía en lo legendario. Los llamamos héroes porque todos nosotros, los demás, nos sabemos cobardes. La cobardía atenaza, paraliza, te hace agachar la cabeza y salir corriendo en sentido contrario, cuanto más lejos, mejor. Eso hacemos: agachar la cerviz y dejar en pompa el occipital. Por Julio César sabemos que se necesitan tres soldados para desemboscar uno. Sin emboscada, atacar solo a tres desgraciados provistos de armas es sentencia de muerte. Pero el valiente recalcula, inconscientemente, las probabilidades y decide hacer lo nadie hace: defenderse él o defender a otro, sin huir. Le cuesta la vida porque la cobardía de todos nosotros nos impide unir fuerzas a su alrededor.
A las otras víctimas no las calificamos de héroes, sino de pobres desgraciados que se encontraban en el lugar equivocado cuando no debían. Si a todas las víctimas las llamásemos héroes (porque lo son, de alguna manera) y realmente su leyenda nos impeliese valor y fortaleza, arrasaríamos a toda esta panda de energúmenos animalizados e idiotas que conviven entre nosotros y no tienen otro alimento que el odio y el desprecio por los demás que no son como ellos.
Les llamamos héroes para acallar nuestra conciencia, para no sentir el oprobio que sentimos los que somos cobardes e incapaces de enfrentar al enemigo. Hemos creado los cuerpos de policía y los ejércitos y las armas y con ellos aplacamos nuestra cobardía. Pero no es bastante. Porque les permitimos llegar hasta donde estamos, y que no acepten nuestra cultura, y que avasallen nuestras costumbres, y que nos destruyan.
El terrorismo islámico lleva años declarando la guerra desde dentro y desde fuera, es tanto su odio y su rencor, tanta la inquina salmodiada en oraciones a un dios inexistente, como todos los dioses, tan visceral su aborrecimiento de nosotros y nuestro capitalismo y caprichos y bienestares, y tan universal nuestra cobardía relativista, que de entre nosotros solo surgen líderes incapaces de articular otra reacción que los repetidos y cansinos mensajes de solidaridad y de condena y de firmeza y de apoyo y del no pasarán…
Los tenemos por héroes, pero su voz está acallada. Siempre hablan los de siempre y los demás, los cobardes que tanto nos indignamos, les escuchamos cuando en realidad tendríamos que tapar los oídos para no contaminar la poca valentía que nos surja al rememorar, durante un breve tiempo impreciso, a un héroe como Ignacio Echeverría.

viernes, 2 de junio de 2017

Junio populista

Hace unas semanas conversaba con una muchacha de 15 años (ya ven) sobre las diferencias entre acracia y anarquía. Ella se declaraba anárquica, seguramente siguiendo el pensamiento de algún muchacho que le hacía tilín porque no tenía muy claro si anhelaba el caos o se oponía a cualquier forma de gobierno. Yo me declaraba ácrata, partidario de la no gobernanza, del acuerdo universal. Tanto me dio, las mentes juveniles de ahora manifiestan una propensión preocupante a pensar en términos de, como máximo, 140 caracteres, donde no hay cabida para la finura. Y me quejo de los escasos 2.450 que me concede Diario Vasco para manifestar mi opinión sobre algo…
Hay un hecho crucial: la retórica pública es cada vez más huera. En Princeton lo han demostrado científicamente, en términos de oratoria política en el tiempo como función de la formación educativa. Concluyen que muy poca gente comprendería, hoy en día, un discurso de Lincoln. Y no me extraña. El populismo tiene éxito (y es algo arraigado en la praxis política de cualquier signo, digan lo que digan) porque se esfuerza continuamente en borrar del acervo cultural toda aproximación que considere elitista (en realidad, es cultivada). Lo que no me queda tan claro es si esta estrategia responde a un intento por universalizar la ignorancia o es que simplemente ellos son así de ignorantes.
Nunca fue tan incómodo lo intelectual. La historia del pensamiento lo muestra con obstinación. Lo banal y “sencillo” (en realidad, lo simple) triunfa, y donde primero triunfa es en la televisión, el lugar donde la política ha fundamentado su conexión con el votante. Lo más irritante es que, pensando de esta manera, el político cree haber conectado estupendamente con ese votante al que considera tan infantil como posiblemente sea él. Han promovido la simpleza y se quejan de la simpleza de la gente, olvidando que un espectador puede ser simple, en sentido intelectual, ante un programa de cocina, pero tiene sus propios mecanismos para establecer los caminos por los que transitar por la vida. Asimilamos bien las ideas profundas cuando son bien explicadas (grande fue Fuentes Quintana).
Saben ustedes que lo político me aburre, por su reiteración obstinada. Me preocupa más lo de esos 140 caracteres que confeccionan los límites conocidos de muchos universos. Ser populista en todos los contextos necesita menos de la mitad de esos caracteres para propagarse. Y se propaga. Y por eso nos pasa lo que tenemos. Que lo empiezan llamando anarquismo…

sábado, 27 de mayo de 2017

El segundo ascenso de Sánchez

Me hablan un par de amigos, ambos afiliados al PSOE, del júbilo que les produce haber elegido como Secretario General de su partido a un hombre ajeno a la cúpula y en pura conexión con las bases. Lo de la conexión con las bases lo puedo entender (no hace tanto hablé en esta misma columna sobre esa palabreja, “las bases”), pero que el señor Sánchez sea ajeno a la cúpula no. ¿No se trata del mismo Sánchez que hasta hace unos meses se constituía en cúpula y pingorote de ella? ¿No se trata del mismo Sánchez que, por ser cúpula, se subía a la tribuna del Parlamento? Sí, es exactamente el mismo.

Pocas cosas son absolutas en esta vida. Una cosa es dependiendo de lo que se tenga enfrente. Y a eso imagino que se refieren mis amistades. Si a un señor que se ha pasado media vida calentando un asiento y colocando el perfil en los salones de mayor tronío por ver si alguien se acuerda de él, le colocas enfrente a alguien que parece mucho más preboste, y además lo envías al destierro con aviesas artes, lo que creas es un arrabalero corajudo. Pero no un ajeno. Lo que pasa es que estas cosas son y parecen tan suyas, digo suyas significando a los militantes de un partido, que los demás lo único que podemos hacer, además de hablar, es contemplar el conflicto como si de un espectáculo se tratase.

Mencionó uno de mis dos amigos socialistas aquello de poder regresar (¡por fin!) a la izquierda, como si alguna vez hubiesen estado fuera de ella (en realidad, pienso que, salvo excepciones, en el Parlamento hay diferencias verbales y mucha praxis compartida, pero esa es otra historia). O enfrentarse a la corrupción, como si entre los suyos no la hubiera. O poder ejercer una oposición eficiente, como si eficiente hubiera sido llevar a este país a casi tres elecciones generales en un solo año.

En fin. Qué corta es la memoria. No somos elefantes, está claro. A mí el segundo ascenso del señor Sánchez me inspira la lástima de pensar que el socialismo también anda perdido entre mediocridades y vaciedades, exactamente como los demás. Mis amistades no ven que se trata de una oportunidad perdida, pero desde hace mucho, antes de las primarias. Qué más da. La Historia más apasionante seguramente se escriba con las fantasías de las opciones dejadas de lado, pero la verídica trata sobre lo que ha pasado después de que las cosas hayan pasado.

Lo dicho, es un asunto de ellos, al menos de momento. Tengan la seguridad de que pronto será también nuestro.

jueves, 18 de mayo de 2017

El carajal patrio

Lo de España es un carajal de aúpame y no te menees, donde no vuelan las gaviotas, sino los cuchillos, y no crecen las rosas, sino los hongos del estiércol. No es la corrupción. Tampoco las intrigas palaciegas con sus filtraciones, grabaciones secretas, micrófonos, puñaladas... Lo es todo. Está todo descontrolado. Una a una, las evidencias de por sí infames, tanto que causan repugnancia, no explican por qué sucede lo que está sucediendo.
Si miramos arriba, al empíreo, contemplamos a un ser pusilánime, apocado, timorato: el de la Moncloa es un semi-dios controvertido por su inherente incapacidad para guiar, para liderar, para convencer, para hacer cambiar. Ni a los suyos, ni a los otros. A nadie. De su inmovilismo se aprovechan los seguidores, que se mueven lenta, pero inexorablemente, como una marabunta tumultuosa que lo devora todo a su paso. Esta devoración deja tras de sí un reguero de corrupción y ruindad que lo anega todo.
También arriba, un poco más a la izquierda, se mueve otra masa de gente gritona e iracunda, enfrentada entre sí, a causa de, aquí también, un vacío de poder absoluto. Causa pavor, aunque uno sospecha que no podría ser de otro modo, que en el enfrentamiento se estén midiendo las fuerzas dos emperadores desnudos: uno mujer, gobernanta, ambigua, imprecisa, establecida y encajada en los mecanismos de su partido; otro, un derrocado, hombre, sin discurso ni talento, azuzador de conciencias, revanchista.
Y si atisbamos alrededor, se perciben más masas de gente gritona, extremista, que hacen del enfrentamiento su única convicción, unas veces sustentada en prolijos conceptos segregacionistas de difícil manejo y peor praxis (nada más hipnótico que un destino impreciso, nada más esclavizante que inadvertirlo) y otras en obsolescencias ideológicas antisistema que, de llevar a alguna parte, es al desastre absoluto. Unos y otros, desafiantes de este Estado emponzoñado en su inutilidad orgánica y su miedo a la gobernanza en libertad, se aprovechan de él y lo emplean para alcanzar los fines y metas que, improvisadamente, se van creando.
Lo de este país es como una esquizofrenia. Fracturación, intrigas, deslealtades, corrupción. Han de llegar los bárbaros y acabar con el imperio. El carajal patrio anuncia el fin de las libertades y el establecimiento del extremismo. Quienes podrían hacer frente a la inminente invasión, que lo destrozará todo, están muy ocupados librando sus propias sucias guerras internas.

viernes, 12 de mayo de 2017

Desde la lejanía

Almorzaba este pasado martes, en Vigo, con un par de colegas. El mayor de los dos, aunque apenas medio lustro mayor que yo, parecía la exaltación cultural personificada; el segundo, más calmoso, aceptaba con resignación las cosas tal y como en el mundo son, bien o mal o peor.
Al exaltado, que hablaba mucho, pero con criterio, le resultaba insoportable los derroteros por los que se encamina la sociedad en todas y cada una de sus veredas: vituperaba lo mismo los programas de la televisión que el uso indiscriminado y abusivo de internet por parte de jóvenes y no tan jóvenes; la pobreza de las argumentaciones que se escuchan por la calle (y en los telediarios) y la perdicie intelectual que causa la adicción a la tecnología digital; la preeminencia del fútbol y de los best-sellers de consumo inmediato; e incluso el rollo poligonero o las pautas del afrentoso Trump. Nada salvaba en su análisis. Tan contundente era que el mundo, de repente, parecía quedar envuelto en una calígine fría e irracional.
El colega pausado, por el contrario, indolente hasta el hartazgo, defendía sin afán, pero con ese comedimiento de los grandes prohombres, posturas contrarias al anterior: no tanto por opinar distinto como (y esa es mi sospecha) por abulia: la tarea de cambiar lo errado le parecía descomunal. Mejor dejarlo todo como está, que tampoco pasa nada, y pretenderlo lleva al fracaso.
Yo, el tercero en discordia, tan criticón como soy, tan utópico en los pareceres y recoleto en las maneras, saboreaba las hipérboles de uno tanto como las mansedumbres del otro. Si se mira bien, desentenderse del ruido originado (ya sea en la vorágine televisiva o en la cortedad de internet) es ante todo una cuestión de limpieza mental. El ruido nada aporta y mucho destruye. Si participamos en él, produciendo aún más ruido, ya sea en foros o en debates con críticas que sean más descalificación que criterio, solo hallaremos intemperanza y agotamiento. 
En aquel almuerzo dejé bien claro que no importa en absoluto que millones de personas (de imbéciles, que diría Umberto Eco) quieran orientar sus vidas a enzarzarse insulsamente en el fragor de las cuestiones básicas y vulgares, donde no hay cabida para la razón. Lo conspicuo no necesita del aplauso para brillar y que la masa adocenada decida, porque le conviene, que la vulgaridad vale lo mismo que la inteligencia, en nada inhibe a esta última de su potencial de cambio y conocimiento para todo el conjunto de la humanidad.

Lo que necesitamos, acaso imperiosamente, como una primera medida de cambio social, de desvinculación de lo inmediato e irreflexivo, cuando no del fanatismo o lo pueril, es imponer silencio en nuestras vidas, darle al botón de apagado o de desconexión con alguna frecuencia (cuanta más, mejor), y tratar de entender los susurros del vacío interior… 
Qué desasosiego. De repente, me veo pensando como tantos otros antes que yo a lo largo de la Historia que han pretendido entender el sentido de la existencia humana. Desde la lejanía.

viernes, 5 de mayo de 2017

Stagier

Por Jordi Cruz, un afamado cocinero catalán que también sale por la tele, he conocido el significado de la palabra “stagier”. Los llamaban aprendices, pero ahora que el glamour ha invadido los fogones, todo sabe mejor en francés (con permiso de Arzak: la cocinería debería estar en euskera. Pero eso es otra historia).
No sé a ustedes, pero que se diga que sin aprendices sin salario un negocio no es viable, es inquietante. Razones habrá, pero no me convencen. Suena a fraude (legal o no), a mentira mil veces repetida, a mantra reconvertido en ley natural. Si la realidad permite sueldos ínfimos, o en dinero negro, o contratos leoninos u horarios descontrolados, estamos en Bangla Desh, no en España. En las carreteras se ven coches que cuestan cincuenta veces el salario mínimo, o más: ¿acaso esos vehículos tan potentes y lujosos no han sido adquiridos gracias a la existencia de un alto porcentaje de “pringados”? Pido perdón, pero no sé bien cómo denominar a quienes se desloman para que otros se peguen una vida de p.m.
La cosa está extendida. Hace años hube de contratar a alguien para suplir una baja por maternidad. La recomendación que me dieron fue ofrecer un contrato inferior al mileurismo, porque, total, se iban a pegar por migajas. No hice caso. Ofrecí el mismo salario que se iba a cubrir y exigí similares aptitudes. Me pareció lo justo. Obviamente, quien formuló aquella recomendación cobraba un salario brutal: le repliqué que estaba dispuesto a discutir con su jefe (el verdadero dueño de la empresa) la necesidad de reemplazarle y ahorrar una importante cantidad en costes laborales porque, total, candidatos habría que se pegarían por una tercera o cuarta parte de su sueldo (que lo hicieran igual de bien o mejor era cuestión de tiempo). El susodicho se limitó a mirarme con frialdad: reconocí en esa mirada el orgullo de pertenecer al clan de los privilegiados y el empeño en defender dicho estatus.

Solo unos pocos de los muchos “stagiers” que hay en la vida llegará a prosperar. El resto tendrá que vérselas con futuros esquilmados y sueldos de mierda aunque ahora se estén deslomando mucho o muchísimo por bregar bajo el brillo intumescente de personajes a quienes realmente poco importa lo que les suceda mañana. Será el momento de preguntarles: para qué. O también: por qué habéis menoscabado el futuro de vuestros compañeros. Pues la ventaja de uno es la miseria de cientos. Pobre Marx… Se ha perdido el concepto de clase.

jueves, 27 de abril de 2017

Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los intereses de las multinacionales, me lleva por las calles de la ciudad Condal bajo una lluvia recia, con los cristales empañados por el frío, mientras desgrana sin pausa su mensaje podemita y de ensalzamiento icónico de Tsipras, el visionario. Arremete contra los mercachifles peperos y sociatas, que lo vendieron todo al capital extranjero para gastárselo en putas, cocaína y maletines suizos. No olvida defender a los sufridos compañeros estibadores (sin mencionar que sean una casta endogámica que defiende a cara de perro sus desorbitados salarios: al menos consumen y gastan aquí, dice). De Pujol no habla apenas. Lo considera un comisionista de vía estrecha con discurso independentista, y la batalla no es esa. De doña Esperanza descuelga algún dicterio más contundente: la derecha (menuda derecha, por cierto, estos congregan todos los atavismos que enumerarse pudiera) es el sempiterno enemigo, da igual el tiempo o el lugar.
Sigue avanzando el taxi que me va a ahorrar media hora de metro y permitir llegar a tiempo al AVE. Las aceras se encuentran anegadas y el asfalto que pisan los coches levanta abanicos de agua a su paso, arrasando los escalofríos de los viandantes que esperan junto al semáforo para cruzar. En el único momento que me permite comentar algo de lo mucho que dice, le pregunto al taxista si se siente satisfecho con la labor consistorial de la alcaldesa de Barcelona, que es de los suyos, obviamente. Entonces me mira con ojos escrutadores, no vaya a ser que esté tratando de reírme de él  (cosa que no he pensado siquiera). Es ahora cuando diserta sobre las dificultades de gobernar desde la independencia y el apartamiento de los poderosos. La labor es ímproba, los tiempos ingratos, los resultados tardarán generaciones  (ay, madre) en ser percibidos. El capital es poderoso y se encuentra siempre acechante. La banca y las multinacionales conspiran desde el minuto uno y no se cansarán hasta que la alcaldesa (personaje tan astuto como desorientador donde los haya) caiga. Todos acaban cayendo, replico. Sí, me dice, eso es indiscutible, pero ella acaba de ser madre por segunda vez. Y eso qué tiene que ver, le pregunto absorto. Ah, responde, pero ella ha parido en hospital público. Claro, eso lo cambia todo.
De verdad, hay días en que ver caer agua del cielo es una bendición.

jueves, 20 de abril de 2017

Prisión política

Para algunos el esplendor primaveral ha llegado ahora no con la floración de los árboles y arbustos, sino con la irrupción de la prisión en la vida de quienes han venido gobernando durante muchos años.
Mientras escribo esta columna, un colega de Murcia me comenta que ya iba siendo hora de que alguno entrase en la cárcel, aunque no entendamos bien los entresijos de la decisión de la justicia cuando decide privar de libertad a un ciudadano. “Da igual”, me replica, “son una panda de ladrones, aunque no tuviésemos una razón conocida para mandarlos a la trena, alguna más oculta habría para merecerlo”.
El tema este de la corrupción está muy trillado y carece ya de capacidad de asombro. Pero a mí, particularmente, me sigue dejando absorto la lenidad de los partidos a la hora de exigir a los propios que se aparten en caso de duda. Duda corrupta, se entiende. Y entre la ciudadanía, llama la atención que los de una cierta tendencia ideológica pretendan siempre la defensa de los de su ala reprochando la mayor gravedad de las corrupciones de los otros. Es como asumir, implícita y explícitamente, que en el ejercicio del poder es imposible mantenerse ecuánime ante las presiones de amigos y ricamigos (los ricos que, dineros mediante, de repente son amigos de quien decide en las mesas del poder).
Sinceramente, me da lo mismo cuál sea el destino de estos pájaros encarcelados. Para este tipo de delito siempre he creído que la privación de libertad es un castigo poco útil: preferiría que policías y jueces se enfrascasen más en recuperar el dinero distraído, cuestión que parece harto difícil.  Pero la brega política a fin de cuentas no se sustenta en el  cumplimiento de las leyes que ellos mismos promulgan (a raudales) sino en no parecer débiles  (es decir, no dejar solo al colega político encausado salvo que nada más se pueda hacer) mientras se repite el mantra de la honorabilidad y la honradez, algo que, seamos justos, todos quieren parecer al precio que sea, pasando siempre por el impedimento a ultranza de que se investigue el caso que les ocupa.
No confío en que sea la justicia la manera más eficaz de restituir los equilibrios provocados por el delinquimiento. Pero en ausencia de un modo mejor aún no inventado, habrá que animar a nuestros jueces y fiscales a seguir haciendo su trabajo. Los detenidos, que luchen por su inocencia. Y los demás, ocupémonos de hacer bien las cosas y celebremos la fiesta diaria de la justicia universal. Ea.

miércoles, 12 de abril de 2017

858

858. Este es el número de personas asesinadas por la ETA (aunque para el Ministerio del Interior han sido 829: discusión banal, a los ministerios hay que hacerles poco caso, siempre van por detrás de los acontecimientos). La primera víctima, atribuida durante mucho tiempo al DRIL, fue una niña de dos años de edad llamada Begoña Urroz que murió mucho antes de que yo naciese a causa de una explosión en la estación de Amara. También sería mayor que yo la primera víctima perteneciente a los cuerpos de seguridad del Estado, un guardia civil de 25 años llamado José Pardines, tiroteado por la espalda por dos pistoleros. Y así hasta 858. Durante toda una vida humana. Que no es poco. Y no he contado los extorsionados ni los secuestrados, ni tampoco a quienes hicieron huir.
En 2001 mantuve breve correspondencia con una vizcaína, Begoña, afiliada al PNV (dato que no reviste mayor importancia) al igual que su marido y su familia, que me trataba de convencer que “los de fuera” hacíamos mal en llamar a aquellos chicos terroristas: “los llamáis asesinos, pero la realidad es otra, aunque no la comparta: luchan por su patria”. Lo de no suscribir las muertes, pero sí las consecuencias, siempre ha sido asunto tenebroso. Porque, en efecto, lo que se dice luchar, lucharon, lo mismo contra militares que contra civiles e incluso niños, que las bombas no distinguen. A Miguel Ángel Blanco lo mataron no como se mata en las guerras sino como mataba la ETA al estilo Txapote, con dos balazos, el segundo mortal. Y al último de los verdaderos mártires de esta historia, el policía francés Nérin, en un control de carretera. Que por fin se haya acabado esta pesadilla, bien está.
Dicen que dos no riñen si uno no quiere, pero está claro que, aunque los demás no queríamos, ellos se mantuvieron empecinados con las bombas y las balas. Siempre de manera unidireccional, por mucho que la revistan de patriotismo y pese a las ilegalidades de Vera y demás personajes. La ridiculez del fingido desarme pronto caerá en el olvido: tampoco tiene mayor trascendencia, pese a los titulares de la prensa. Terrible sería que pronto olvidásemos que 858 personas no pudieron realizar sus vidas por una execrable concepción del terruño. Y creo que mayor error sería olvidar que una vez hubo personajes que, sin empuñar las armas, provocaron con sus palabras el más grande dolor que pudieron soportar las familias de las víctimas. Sí, Setién, va por usted. Aunque no sea el único.

viernes, 7 de abril de 2017

Británicos enojados

Esta semana, en Ámsterdam, he comprobado lo nerviosos que se encuentran mis colegas británicos con el Brexit. Hasta ahora habían manifestado una casposa exhibición de tranquilidad, aunque no había manera definida de saber si provenía de sí mismos y de la seguridad en su fortaleza económica, o simplemente en las indescifrables incógnitas de un destino más o menos compartido por todos. Pero ahora todo ha cambiado. Bastó con escuchar atónitamente al colega británico mientras se servía un café con pastas en una de las pausas de trabajo: se enorgullecía de marcharse de la Unión Europea para poder ser más europeos que nunca (sic) y defender con mayor arrojo los valores de la caduca Europa. Evidentemente algo que solo se puede hacer desde fuera.

Tal vez no quisiera referirse, de una manera un tanto velada, a Gibraltar, pero lo hizo. Al fin y al cabo, cuando pronunció esas palabras el Parlamento Europeo acababa de dejar al peñón fuera de las negociaciones del Brexit. Acierto diplomático de Madrid, espeté a regañadientes. El colega italiano, muy mordaz, acabó ofreciendo su colaboración desde la península transalpina para oficializar un frente mediterráneo. Los colegas alemanes, y estos sí que juegan muy astutamente al póker, puntualizaron que ellos no podían sacar las tropas fuera de Alemania, “salvo que nos dejéis volver a invadiros nuevamente a todos, claro”. Más risas. Algún café se cayó al suelo y las pastas holandesas, que no son ni mucho menos ricas, salvo las magdalenas, quedaron rápidamente en desuso.

Hubo un conato de incendio con lo de recordar las Malvinas. Fue breve, pero comprometido. Metió el dedo en el ojo el colega belga, siempre chinchón. El británico desvió con torpeza el dardo. El francés reprochó el berrinche y los visos arrabaleros de una flema británica herida en su orgullo. Yo aseguré que España no es la junta militar de aquella Argentina de 1980: ni siquiera la Argentina de hoy lo es. A la postre, que Europa pretenda unirse tiene mucho que ver con los errores de dos guerras mundiales seguidas. Incluso el británico hubo de reconocer que, cuando hablaba de valores europeos, se refería justamente a lo contrario que algún bocazas ignorante con cargo de ex ministro estaba manifestando al respecto.

En fin. Aburridas no han sido las reuniones. El Brexit da juego. Pero ninguno sabemos a ciencia cierta lo que va a pasar. Finalmente convinimos en despedir al director, que es europeísta, pero inglés (entre risas, claro).

jueves, 30 de marzo de 2017

Viudas al ataque

Mi madre enviudó hace unos años y es mujer de profundas convicciones religiosas. Admito que, cuando habla conmigo sobre sus costumbres de rezos y credos y rosarios, la mayor parte de las veces me dedico a burlarme cariñosamente de su empeño por asegurarse enconadamente una mejor otra vida, dejando para esta, la que realmente existe, el impreciso rol de estación de tránsito.
Los temas del Señor son profusos. No fue sino hace unos días que recordaba aquí, en esta misma columna, aquello de que Jesucristo nunca existió, cosa que bastó para que algunos me endilgasen unas cuantas jaculatorias de hondísimo sentimiento pío, tales como el darwiniano sugerir que yo aún sigo siendo simio (o acaso lo entendí mal porque quisieron decir que soy muy mono, que lo soy, pero no lo digo para no pecar de inmodestia). Y héteme que otro lector bastante leguleyo me advierte del peso, literal, del Código Penal y su artículo 525, aconsejándome que retorne al buen camino no me vaya a suceder como a ese concejal lucense a quien una asociación de viudas le ha pedido, denuncia mediante, disculpa, rectificación y propósito de enmienda por anunciar los carnavales de su ciudad con un dibujo de alguien disfrazado de Papa. Cuando los católicos se fundamentan hay que andarse con cuidado. Lo curioso es que no ha trascendido la noticia de que en el juzgado respectivo los funcionarios se hayan muerto de la risa…
En fin, a Dios rogando y con el mazo amenazando. Dicen unos que es por respeto, palabreja cuyo significado nunca he alcanzado a entender y que espero que no verse sobre la preservación de lo de ultratumba. Allá cada cual si la defensa de Dios o de la figura del Papa la ha de ejercer mediante abogados: que el más allá nos pille bien confesados (valga la ironía y no se me enfade: me favorece demoler anacronismos atávicos para revalidar mis cualidades simiescas).

Basta echar un vistazo a la calle para ver que las convicciones religiosas van careciendo no ya de sentido, también de inmanencia e incluso trascendencia. El devenir humano campa por otros respetos. Y aunque se me antoja que la justicia no tiene mucho que ver con el martillo fundamentalista, por mucho que el encaje escrito de la ley contemple inmensas lagunas, está claro que cuando incluso los hijos denuncian a los padres por maltrato al haberles privado del móvil para que de una vez se pongan a estudiar, ha llegado el momento crucial de volar los puentes que unen mediocridad y necedad.

viernes, 24 de marzo de 2017

Copas y mujeres

Yo quiero vivir en uno de esos países que, Dijsselbloem dixit, se gasta las ayudas de los demás en mujeres y en copas. ¡Eso sí es un puntazo! Dedicado a gandulear, bastaría con abrir la mano para que cayesen encima los billetes y, con ellos, dedicarse uno a los más suculentos vicios: las copas y las mujeres. No sé si especialmente lo primero o esto último: tengo que preguntarle al holandés qué está mejor visto, aunque en estos tiempos que corren es preferible que le tilden a uno de borracho contumaz que de seductor o mujeriego, por aquello del machismo, digo, no por otra cosa (aunque, bien pensado, qué diablos le importa a nadie lo que uno haga con su vida, con las copas o con las mujeres; esto de las sentencias populares es un mal cuento que nos han endilgado los cuatro amargados soseras de toda la vida).

¡Aunque acabo de darme cuenta de un detalle no menor! Si yo viviese en un país sureño dedicado por entero a beber y folgar con fenbras placenteras (parafraseando a don Juan Ruiz y sin objetar ante las restantes opciones sexuales) con dispendio de los dineros tan arduamente ganados por esos ciudadanos norteños tan civilizados y trabajadores como el holandés cuyo epítome me ha venido que ni de perlas para la columna de este viernes, ¿qué impediría a esos del norte venirse donde yo esté para entregarse igualmente a la dulce vida del no hacer absolutamente nada (solo beber y …, bueno, eso)? La virtud aristotélica es tan útil como férrea sea la voluntad de quienes la practican y resulta difícil bregar eternamente contra viento y marea, es decir, contra centelleos de gin-tonic y perjumes femeniles que suliveyan (véase el diccionario de americanismos con permiso de don Carlos Mejía Godoy). Vaya, que no tengo yo a los norteños por píos y abnegados, caramba. Y si se vienen al sur, ¿quién queda para pagarnos a todos las copas y las juergas flamencas, aunque no se pille cacho (por aquello del incremento de los rivales, por añadidura blondos y con don de lenguas)? Déjenme pensar a ver qué incautos quedan por ahí… ¿los yanquis? No creo. ¡Ya está! Los chinos: esos trabajan a destajo y nunca descansan…

Menos mal que he resuelto el problema. Empezaba a preocuparme. Respire tranquilo, señor Dijsselbloem, que aunque haya chinos seguiremos dándole motivos para revalidar sus sermones y sandeces. Divertidos estamos con este señor…

(Lo dejo aquí: antes de acabar deseo manifestar mi solidaridad con las víctimas del atentado de Londres)

viernes, 17 de marzo de 2017

Lo que nadie quiere oír...

…se llama librepensamiento. Y se encuentra en extinción. Un rápido paseo por Facebook revela de inmediato tanto la infantilidad que atenaza el discurso de jóvenes y no tan jóvenes como la cohesión que suscita. Lo llamamos corrección política: en realidad es indolencia intelectual, quizá rabia nacida en la inanidad de uno mismo.

Un ejemplo. Hace diez años el rector de la Universidad de Harvard, el economista Larry Summers, defendió la teoría de que el coeficiente de inteligencia de los hombres tiene mayor varianza que el de las mujeres, es decir, que existen sutiles diferencias en las colas de la distribución gaussiana que podría explicar la diferente asignación de puestos científicos entre hombres y mujeres. Fue acusado de machista y tuvo que renunciar a su puesto. Harvard ahondó en este asunto posteriormente en un célebre debate protagonizado por los psicólogos Steven Pinker y Elizabeth Spelke. Díganme: ¿hubiesen ustedes ahondado en la cuestión antes de emitir un dictamen o hubiesen sido de los primeros en gritar “¡machista!” sin tan siquiera haber leído una reseña de lo que dicha teoría científica postulaba?

La corrección es advertencia de infantilización y mediocridad. Resulta pavorosa. No genera adultos sino niños grandes que se abrazan a sus neopeluches al sentir miedo o inseguridad en las endebles convicciones profundas. Se olvida a menudo que, en la vida real, el hombre del saco no desaparece al cerrar los ojos. Si madurar exige enfrentarse al mal, a la injusticia, al sufrimiento y los criterios opuestos, ¿qué es la corrección sino la inmadurez de querer satisfacer a todos? ¿Cuándo olvidó la sociedad las enseñanzas lingüísticas de Wittgenstein? ¿Acaso es menor el desprecio que siente un racista por llamar a los negros afroamericanos?

La inmadurez de la opinión pública solo se puede combatir o ignorar. En mi opinión, es preferible no debatir ante quienes la intensa defensa de las propias convicciones es considerada un insulto o una transgresión al juego democrático. Por eso puedo aceptar que se levante la voz ante el paso de un autobús con consignas contrarias a la transexualidad, pero no que ese autobús acabe “encarcelado” por ser contrario a la corrección que todo lo inunda.

Renunciar al librepensamiento no es estúpido: es además peligroso. La democracia no es el gobierno de la corrección, sino el espacio donde se vierten las opiniones para, ipso facto, juntarse en un bar a tomar cañas en pos de la paz social.


jueves, 9 de marzo de 2017

Diez años

La titulé “Mujeres” y al releer sus palabras solo encuentro almíbar y empalagosa corrección (no solo política) ineludible. Fue hace diez años, que tal es el tiempo que llevo asomándome cada semana ante ustedes, mis caros lectores: una década. Y casi sin darme cuenta…
Desde entonces he escrito (y algunas veces, incluso hablado) de todo según se dictasen las ocurrencias de mi magín. Lo mismo de un grumete llamado Richard Parker, que del alarde de San Marcial (cuando no era mixto), el “por qué no te callas”, el cambio climático en Marte, los dos pobres niños quemados por su padre, lo de Afinsa y Fórum, la independencia de Escocia, la del País Vasco también (no digamos ya la de Cataluña), las negociaciones escarniosas de Varoufakis, la crisis (cientos de miles de veces), Zapatero (también Rajoy), las películas de dibujos animados, el populismo a la argentina o aquello tan reciente del eurodiputado sexista.
Me siento leído, aunque no sea abundante el caudal de lectores que se asoman a esta columna cada viernes. Pero es mucho, como un pequeño capitalito con el que ir tirando y disfrutar de una regalada holganza opinadora. En algunos casos, me siento incluso cuestionado: como cuando critico el fútbol y los forofos, o la televisión y a sus espectadores, los nacionalismos de no importa dónde, o los políticos -lugar común-, o los moteros (siendo yo mismo uno de ellos, menuda la que se montó -entonces mis columnas se podían leer gratuitamente en la web de DV), no digamos cuando dije aquello de que Jesucristo nunca existió… Pero, qué puedo decirles: esas, las polémicas, son acaso las columnas más divertidas de escribir y de leer. Pero no las más reveladoras.
Guardo en la memoria una, la que escribí justo cuatro meses después de mi salida (espantada, que diría el otro) del museo de Miramón, por no faltar a un acuerdo, en la que, sin sutilidad, solo la justa, insulté a la jefa que dejó de serlo. Lo haría de nuevo, pero ya no levantaría ampollas en la trasera de Plaza Gipuzkoa. Arrieritos somos, que dice el otro.
Total, que diez años, uno tras otro, han ido pasando, y espero que otros tantos queden por venir, señal inequívoca de que nos seguiremos encontrando, con menos pelo o más blanco (mi madre me lo espeta para decirme lo viejo que estoy ya). Seguramente en una década acabe entendiendo, por fin, por qué me gusta tanto el País Vasco, Gipuzkoa, Donosti, y Miramón. Zoriontsu hamargarren urtebetetzea (lo que me cuesta es pronunciarlo).

jueves, 2 de marzo de 2017

El polaco sexista

Ayer mismo los teletipos (¿hay?)  vomitaban un titular “imprescindible”, es decir, reflejo de que el mundo sigue siendo un cajón donde caben todos los trastornos: un eurodiputado polaco (machista, antisemita, racista y no sé cuántas cosas más, supongo que muchas) justificaba ante el Parlamento Europeo la brecha salarial existente entre hombres y mujeres porque ellas, decía, son menos inteligentes. Entiendo que a la mayoría les ha causado estupor leer que alguien piense que las mujeres son menos listas que los hombres, dando por descontado que la diferencia salarial es algo presente en nuestra sociedad y sumamente complejo de corregir, por lo que no genera estupefacción. Visto así, el diputado polaco es efectista, y nosotros un tanto aburguesados. Para mí el horror no estriba en un pensamiento machista manifestado con simpleza: el horror estriba en la alarmante carencia de mecanismos que permiten erradicar la injusticia salarial (y otras más).
En Euskadi hay buenos estudios al respecto. Los de Emakunde, por ejemplo, esa gente que en sus informes compara Italia o Bélgica no con España, sino con el “Estado español” (en los demás países el estatalismo debe de ser contingente), hace tiempo que publican datos y análisis, y confirman la existencia de un hecho incuestionable: que hay brecha salarial entre hombres y mujeres. Lo curioso es que, desde las abrumadoras estadísticas, se colige también que muchos de los hombres son, en sí mismos, “brechistas” aunque sea por omisión. Si la brecha parece asegurar la prevalencia masculina en un mundo afectado de valores estresados, es forzado que esta continúe mientras no se arregle el problema de fondo.
Hay más brechas. Y las asumimos aun sin estar de acuerdo. ¿Acaso solo se oponen a la desigualdad los de siempre? ¿Se rectifica sobre la marcha el salario de un empleo al ver entrar por la puerta a un ser humano con tacones y pelo largo en vez de corbata y barba? No tiene sentido criticar el sexismo mientras lo demás siga ahondando en un sentimiento inveterado de desigualdad. Vean, si no, el vídeo de la artista Yolanda Domínguez donde unos niños interpretan anuncios de moda de las grandes marcas: ellas son hambrientas o enfermas, ellos héroes y empresarios. Y eso que ellas cobran más, se lo aseguro.
Lo del polaco sexista es episódico y en modo alguno polaco. Es el vivo reflejo del mundo en el que vivimos: pluscuamperfecto cuando lo arreglamos en el papel, defectuosísimo en su día a día.

viernes, 24 de febrero de 2017

En manos de idiotas

Así habló Revilla. Cual Zaratustra. Con su desparpajo característico. Con ese gracejo cántabro acostumbrado. Cual decidor de verdades incómodas y adagios de perogrullo. O bien somos idiotas o estamos en manos de idiotas. Tal cual.
Si yo llamase idiotas a los prebostes de la energía en España, porque de energía solar iba el asunto de la idiocia propia o ajena (una, otra, quién sabe si ambas: la disyuntiva lógica admite la ambivalencia), si les llamase idiotas, prosigo, más pronto que tarde me tildarían ustedes, y otros, de maleducado, lenguaraz, faltón e inapropiado. Pensarlo puedo, porque la libertad resueltamente se esconde en los entresijos y pliegues del córtex cuando no le queda otra conducta. Pero decirlo es harina de costal muy ajeno. Además, no quiero que se me relacione con el listado millonario y habitual de los vocingleros de las redes sociales, esos que lo mismo sueltan esputos lingüísticos que mientan a la madre del guarro, con perdón, con tal de ocupar posiciones en la farragosa batalla del comentario internáutico.
Y créanme. Lo pienso. Sí. Lo pienso. Mucho siglo XXI y mucha fanfarria con la sostenibilidad, pero aquí se legisla en favor de los enchufes y bombillas de toda la vida y se hunde, hasta donde el fango se vuelve molecular, el empeño por lo renovable, ese que, luego, en Bruselas y donde mejor cuadre, defienden con ferocidad de lobo estepario por un quítame allá ese Tokio. Y no hay derecho. Y si lo hay, clama al cielo, que diría aquel. A los de la cartera les gusta el sol porque aporta turismo, pero de extraerle un ahorrillo previa inversión poco iberdrólica, nada. Que al contrario no se le da ni el negro de las uñas. Y para eso hacen girar las puertas de las sinecuras.
Si hablásemos de volver a la lucilina o a iluminar la cena con hachones, pase. Pero no se trata de eso, sino de que cada cual, porque tiene posibles o simplemente abnegación renovable, pueda en su casa o negocio proveerse de recursos a todos accesibles sin que venga el ministro de turno a impedirlo con ingeniosos litigios y tasas. Pero probado queda que, con cualquier gobierno que elijamos, la cosa va de recortar casi siempre las libertades individuales y casi siempre aumentar los impuestos (salvo en periodo electoral, cuando se anuncia lo contrario sin revelar el ulterior incumplimiento).
El cántabro tiene razón. Aunque me temo que no estamos en manos de idiotas, sino de listos muy peligrosos que solo tienen oídos para unos pocos.

viernes, 17 de febrero de 2017

Lo del BdE

Admito que eché una sonora risotada cuando leí en la prensa que los políticos, nuevos y viejos, sobre todo nuevos, esos que hablan de regeneración política sin rubor haciendo lo mismo que hacían los que siguen sin regenerarse, vocearon la necesidad de crear una Comisión de Investigación en el Parlamento sobre el desatino del Banco de España (BdE). Admito no tener ni idea de cuáles son las consecuencias que se derivan de tales comisiones investigadoras, porque una ligera noción de su significado sí que tengo (que no es poco): en pocas palabras, para mí que no sirve de gran cosa.
Lo de aquella estafa de Bankia sucedió hace 5 años y como si fuera ayer, oiga. Solicitar una comisión a toro pasado es alardear de valor con el morlaco apacentando (me disculpen los taurinos y antitaurinos). Fue UPyD quien se lanzó, con aquella estrategia suya tan admirable de poner patas arriba (y desde dentro) cualquier cosa que oliese a chamusquina, a la arena de cargar contra un sistema bancario que, haciendo aguas por todos lados, se hallaba envuelto en escándalos financieros y también personales de lo más vergonzoso. En definitiva, 5 años de sumario (¿son pocos? ¿son muchos? Algunos hablan de apresuración) y ya hay banquillo. Como en el fútbol (creo).
No voy a entrar a desempeñar el papel de juez en este asunto (lo primero, porque creo que una cosa es sentenciar y otra tener una opinión), pero sí mantengo la convicción de que el Banco de España hace tiempo que dejó de ser el baluarte inexpugnable en el que los banqueros medían sus fuerzas, para convertirse en el muro resquebrajado en cuyas grietas el sistema financiero oculta los desatinos: el primero de ellos, un rescate que “no va a costar ni un euro al contribuyente” (Guindos dixit, 2012) y que el Tribunal de Cuentas ha calculado en unos 120 mil millones de euros, sumando el Estado y el sector.
Y mientras tanto, el elegido, quien habría de vigilar y conjurar peligros, el socialista que arruinó el tinglado de esta farsa bien antigua, y hablo del tal MAFO (puntualizo lo de socialista no por dogmatizar, sino para que no le supongamos tanta neutralidad) se reproduce cual hurón en artículos periodísticos donde enseña a chicos y grandes cómo se ha de mejorar la democracia. Haciendo uno bien su trabajo, le respondería yo, pero sabido es que el poder amortigua los sonidos hasta convertir el mundo en un rumor sordo al que no ha de prestarse gran atención. Que le vaya bien (justamente).

viernes, 10 de febrero de 2017

Por 6.000 millones

Llevo ya un tiempo escribiendo aquí, los viernes, y echar un vistazo atrás sobre las propias palabras suele esclarecer e interpretar no pocas cuestiones. Fue en junio de 2011 cuando el gentío rodeó el parlamento catalán obligando a Artur Mas a entrar en helicóptero. En el otoño de 2012, en cambio, Artur Mas era ensalzado por quienes se manifestaron multitudinariamente en pro de la separación. En 14 meses, los estragos de los recortes de Mas y la crispación en las calles habían sido sustituidos por el “España nos roba”. La educación, el paro, la sanidad… todo aquello que no funcionaba, con independencia de estar transferido mucho tiempo atrás, tenía una causa precisa: el expolio del estado español, que además se arrogaba el derecho a cercenar de cuajo la voluntad del pueblo catalán recortando el Estatut, e identificando ciertas partes con la ilegalidad.
Llegados a este punto, si uno es coherente, aunque con ello se conduzca a todo un pueblo al desastre, lo siguiente cae por sí solo: la independencia. Total, la gente no sabe de entresijos, ni quiere saber: reconoce los problemas, porque asfixian, pero no sabe resolverlos. Y es visceral. Por eso resulta tan sencillo profetizar, con verbo fluido y emocionante, el mensaje salvífico: una Cataluña sin España. Los que salen a la calle, ya hartos, lo aceptarán sin rechistar. Receta para mediocres e iluminados: alentar aquello que una parte del pueblo demanda, unirlo a una visión de superior trascendencia, salpicarlo con demagogia (la cantinela del país independiente conquistado por España en 1714, cambiando sucesión por secesión) y dejarse llevar, es decir, comenzar a vocear, por ejemplo, la necesidad de un referéndum, consulta o o “prusés participatiu”. Así es como las mentes catalanistas se atiborran de delirios y como las más conspicuas distraen del horizonte la corrupción (3%, los Pujol), la pésima gestión y los recortes sociales.

El fracaso de la pregunta doblemente ininteligible, de las elecciones donde Artur Mas se quitó estúpidamente de en medio… todo eso da lo mismo. La palabra fracaso no existe. Mientras tengan el poder democrático, hostigarán dictatorialmente a las gentes desde sus centros propagandísticos, sus mentiras y sus invenciones y movilizaciones. Una y otra vez hasta que la gallina ponga el huevo o acaben todos inhabilitados por el Tribunal Constitucional (español).Y todo por evitar el escarnio de unos ajustes de más de 6.000 millones de euros. Vaya tela.

jueves, 2 de febrero de 2017

Clamores y trumpetas

Anda medio planeta absortamente entretenido con los disparates que un día sí, otro también, suelta el presidente electo de los EEUU. Hasta donde alcanza mi conocimiento, todavía no se han producido conflictos irreparables salvo ciertas tiranteces diplomáticas a causa de la obstinación de Trump en exhibir cuanto cruza sus meninges respecto a China, México, países emergentes, Oriente Próximo y Europa. Y algunos de estos puntos tienen su aquel, que diría Llopis: véanse, si no, las medidas de Trump sobre el veto migratorio a ciertos países árabes. En fin, que estamos divertidos, por horroroso que parezca decirlo. Hay un titular asegurado para cada jornada y un nuevo asombro en cada teletipo que arriba a las redacciones. 

De entre todas las reacciones que vienen produciéndose en este contexto trumpetero (pareciera que EEUU estuviese haciendo resonar las trompas de Jericó), me ha sorprendido, y mucho, lo escrito por el presidente del Consejo Europeo añadiendo los alardes del presidente estadounidense a las ya existentes amenazas económicas rusa o china. Algunos políticos (y medios) franceses y españoles, por lo general, se han apuntado rápidamente a la crítica histérica, a la descalificación de johnwayneismo, a la alarma por la desconfianza que súbitamente sopla desde el Atlántico. ¡Pero si todos nos venimos sintiendo, de una u otra manera, escépticos sobre el destino de la UE! 

Coincido con quienes sospechan que venía haciendo falta una bravata de suficiente calibre (mire usted por dónde ha sido finalmente yanqui y nacionalista, qué contrariedad) para recomponer los desaguisados en que nos hemos venido cociendo nosotros los europeos durante las últimas décadas de europeísmo, léase dizque unión, léase manifiesta incapacidad de encontrar acuerdos, de consolidar la unión de futuro entre los estados, de aunar las convicciones de los ciudadanos en torno a los principios inspiradores del proyecto (en lugar de aplastarlas), y de resolver de una vez los problemas (no solo económicos). 

En fin. Que quizá la respuesta al arreón trumpiano permita por fin dejar de mirarnos el ombligo. No estaría mal que acabase desmembrándose algo la oligarquía reinante, esa que lo aplasta todo con su elefantiásica burocracia y su hermetismo. No vendría nada mal volver a convergir en algo primordial que fue prontamente abandonado. 

 Aclaro que Trump no me inspira ningún temor: hay bravucones de poco recorrido y este señor será uno de ellos. Al tiempo.

viernes, 27 de enero de 2017

27 de enero de 1945

Hace 72 años de la liberación de Auschwitz. Y no sé bien cómo expresar en una breve columna los sentimientos que me produce su recuerdo.
Solemos asociar Auschwitz al Holocausto judío, pero las atrocidades allí cometidas fueron constantes en todo el entramado de campos de concentración (KL) de las SS desde 1933 y las sufrieron, mucho antes que el colectivo semita, los comunistas y socialistas alemanes, los considerados “maleantes” (gentes como usted y como yo), los polacos de toda condición, los soldados soviéticos prisioneros, los gitanos…
Las pocas imágenes gráficas existentes de lo perpetrado en Auschwitz-Birkenau provienen de un reportaje gráfico de las SS en plena campaña de homicidio masivo de los judíos húngaros en 1944. En ellas puede observarse cómo de los trenes cargados de gentiles, ignorantes de lo que les deparaba tras las alambradas, los nazis seleccionaban a los aptos para trabajos forzados como esclavos (un 25%) y el resto, mujeres embarazadas, ancianos, niños y padres que los acompañaban, enviados a su exterminio inmediato (confieso que sigo obsesionado con una foto de Birkenau que puede hallarse en Wikipedia, donde se ve a una anciana y sus tres nietos caminar hacia la cámara de gas). En la primavera y verano de 1944 los crematorios y el zyklon B no dieron abasto: los nazis llegaron a prescindir de ellos y fusilaban a los judíos ante las fosas en llamas donde ardían los cadáveres, cuando no los mataban a golpes o arrojándolos vivos al fuego, niños inclusive. El horror del nazismo, representado en el terror visceral impuesto por las SS en sus KL, es una lección que no debería olvidarse jamás.

Pese a ser uno de los periodos de la historia mejor estudiados y documentados, muchos niegan el Holocausto. Cuando fui a visitar Auschwitz hubo quienes me exhortaron a no creer lo que viese. No creer en las ruinas de los barracones y cámaras de gas, los vestigios, las fichas de los nazis, la profusa documentación burocrática de las SS, no creer en las evidencias históricas, ni en los testimonios (de uno y otro bando) y mucho menos en el trabajo científico de los historiadores. Decidí no perder el tiempo en replicarles. No soy historiador y no sabría cómo convencer a un fanático. Necesito ese tiempo para seguir devorando libros académicos sobre los KL o Auschwitz. Y aprender más. Y vencer mi dolor. Y mi pena. Hay millones de almas que, desde su silencio, siguen pidiéndonos solamente una cosa: que no olvidemos.  

jueves, 19 de enero de 2017

Julio de 2007

Que la soldado Chelsea Manning sea excarcelada el 17 de mayo por decisión de Barack Obama es una estupenda noticia, pero no es la excelente que este mundo necesita. Todavía me abruma el vídeo de un helicóptero estadounidense ametrallando en julio de 2007 a una docena de iraquíes, matándolos de inmediato, bajo la excusa (falsa) de que eran insurgentes y portaban armas. Si no lo conocen o no lo recuerdan, y disponen de un estómago endurecido, pueden ver lo que pasó, transcripciones incluidas, en Wikimedia Commons, y comprobar ustedes mismos tamaña atrocidad. Un vídeo así debería ser suficiente para juzgar a una larga cadena de soldados y militares por asesinos, por cobardes y por monstruos. Pero no. Un vídeo así, junto a una enorme cantidad de información clasificada, sirvió para condenar a Manning, meterlo en un agujero infecto y tildarlo de traidor. Medio mundo salió en masa a defenderle. El otro medio se adhirió a la condena y sus causas.
Es aberrante la manera en que se defienden las llamadas razones de Estado. ¿Qué razón puede esgrimirse ante una matanza de civiles, las torturas en Abu Graib o las detenciones indiscriminadas, al más puro estilo soviético o nazi, de Guantánamo? El gobierno geopolítico es una baza tan sucia y maloliente de nuestro mundo que apenas resiste el mínimo análisis moral. Ellos son conscientes: nosotros nos mantenemos voluntariamente o no narcotizados con el ocio y la tele y los móviles, y desviamos la atención de lo importante a lo secundario: que si Assange violó a dos suecas con polvos arriesgados, que si a Snowden le faltó tiempo para irse adonde el enemigo, que si Manning era un homosexual que, por frustración, puso en peligro a toda la civilización occidental… El caso Dreyfus revivido. No hemos aprendido nada en 100 años.
Que yo sepa, nadie ha respondido todavía a la pregunta de cuál es el daño que se inflige por destapar la putridez de esos carroños con armas automáticas capaces de disparar desde un helicóptero contra seres indefensos cuyo mayor pecado fue estar allí (Reuters y niños incluidos). A lo mejor en el resto de documentos filtrados había contenidos que pudieran ser peligrosos para nuestra supervivencia y desarrollo, pero más lo había en la sarta de embustes y mentiras con que unos señores, desde las Azores, justificaron una guerra de la que hubimos de retirarnos (las empiezan ellos, las acabamos todos) “como ladrones, en mitad de la noche, sin decir adiós y sin mirar atrás”.

viernes, 13 de enero de 2017

Muchos "like"

Ando preocupado con la admiración que Queco empieza a desarrollar por los “youtubers”, esos chicos que cuelgan vídeos en YouTube que siguen cientos, miles o millones de usuarios. De momento no se ha incardinado en lo de querer ser popular, por lo cual respiro aliviado: no hay cosa más terrible que convencer a una criatura de que el famoseo no sirve para nada, acaso para ganar dinero con la publicidad (es aún más costoso hacer entender a un niño que la codicia tampoco es un bien en sí mismo).
Me espanta este deseo de popularidad, que tanto ha mudado de aspecto. En los jóvenes siempre fue un concepto morboso en el que todos incurrimos tarde o temprano: satisfacía saber que los demás contaban contigo y uno podía substraerse más fácilmente del mundo adulto. Pero era complicado de alcanzar. En mi colegio eran populares los deportistas (entrenaban a baloncesto o balonmano, parecían más maduros y todos los admiraban) y también los empollones, como era mi caso, pero en sentido negativo (les confieso que nos corroía la envidia de no poder ser como los otros, y aunque nos consolásemos diciendo que no queríamos ser como ellos, en realidad sí queríamos). Ahora, la popularidad se asocia a riqueza, poder, éxito… como los futbolistas, vaya. Pero no todo el mundo tiene talento para darle patadas con estilo al balón. por eso las redes sociales explotan otros caminos: ¿no resulta desalentador comprobar cómo lo de sumar seguidores conduce a las chicas al exhibicionismo y a los chicos a la violencia en alguna de sus muchas formas?
Mutatis mutandis, el objetivo es el mismo: tener amigos y recibir la dosis diaria de vanagloria. Pero el matiz es importante, porque ahora no importa que se reparta con otros y se corre el riesgo de incorporar a la vida real aquello que en las redes sociales proporciona éxito. Comprueben si no esos consejos que se dan para ser famoso en Facebook o en YouTube: piercings, tatuajes, barbas luengas, moda escabrosa, pero también autoritarismo, fanatismo, sexismo…
Lo de ser popular en las redes es consecuencia de engendros como Gran Hermano, pero sin restricciones de acceso.  En nuestra época, para ser queridos, nos bastaban los compañeros de clase con quienes te llevabas bien y esos dos o tres amigos a quienes te unía algo muy esencial. Ya Borges señalaba que él tenía amigos, muchos conocidos e infinidad de saludados. En el mundo presente habrá que añadir a los seguidores y a ser posible decir que se tiene una legión o dos de ellos

viernes, 6 de enero de 2017

Demasiado ruido

Hay demasiado ruido. Demasiadas palabras. Demasiadas voces. Y demasiada brevedad, pero no en sentido lacónico, sino precipitado. Sucede en la televisión, sucede en Internet, sucede igualmente en la radio. Antaño las disputas se dirimían en los bares y cara a cara. Hogaño el avasallamiento retórico rara vez lleva impuesto el rostro de quien se expresa. Se escupen las consignas y los dicterios con la fanfarronería propia de las mentes necesitadas de reflexión, amparadas por el anonimato y la petulancia. Lo mismo en una columna que habla de cine que en una revista donde se desentraña la moda que viene. Twitter, con sus horrendos 140 caracteres, o Facebook, con su incondicional militancia del egocentrismo más profundo, han sido capaces de sustituir la razón crítica por la sinrazón fascista.

Dirán ustedes que exagero. Pero son demasiadas las ocasiones en que me siento sepultado por un aluvión innecesario de información parcial o inmediata, de fanatismo verbal, de verborrea prescindible, de extremismos dialécticos, de estupidez ideologizada. Y solo encuentro refugio en el apartamiento, justificado por la necesidad de mantener el espíritu crítico a salvo de los destrozos de esta guerrilla social sin rostro, librada por millones de idiotas que se manifiestan de continuo, aunque no tengan absolutamente nada que decir (signo inequívoco de la idiotez), porque o bien no saben hacer otra cosa o han llegado al convencimiento de que la misión de cualquiera en la vida es la de hablar sin límite. Y sin escuchar. Y sin entender.

Yo mismo cada viernes vulnero la paz intelectual hablando desde esta columna, lo sé. Y soy consciente de que con ello abundo en ocasiones en el ruido de las armas filosas de una dialéctica que bien pudiera retorcerse de manera atropellada. Por eso he decidido comenzar el año pidiendo perdón y obligándome a declarar, con convencimiento, que no es mi opinión sino una contingencia más en sus vidas y en la mía propia, jamás un paredón inamovible donde aniquilar las opiniones contrarias o yuxtapuestas. Por eso les escribo desde el silencio y la distancia. Porque sin silencio no hay reflexión serena y sin distancia no hay perspectiva. Y necesitamos ambas para dirimir con un mínimo de lucidez las muchas tribulaciones que nos aguardan este año y que pondrán a prueba nuestra predisposición frente al griterío demoledor que todo lo avasalla.

Deseo que hayan disfrutado de un inicio de año esperanzador.