viernes, 20 de octubre de 2017

31 veces 5

En Cataluña ha llegado la hora de las cuestiones prácticas. La dialéctica ya no importa. En realidad, ¿cuándo importó? Los independentistas aseguran que su revolución es apoyada mayoritariamente en la propia Cataluña y en todo el amplio espectro internacional. Todo ha de concluir, por tanto, en la tan cacareada República Catalana. Pura lógica. Si han prestado atención a la propaganda más reciente, el discurso se dirige a representar la respuesta del estado español como un hachazo dictatorial sin contemplaciones: cargas policiales, represión, alienación del derecho a votar y a ser independientes... Cataluña representa los valores europeos. España, claro está, es otra cosa. El problema es que tienen quien les escuche, pero muy pocos que les respondan.
Parece una vulgar astracanada, pero la obstinación en el absurdo ha acabado desfigurando la realidad en ambas orillas. Que Moncloa aluda al borrón y cuenta nueva en caso de que se convoquen elecciones anticipadas es una manera muy poco sutil, y desde luego nada egregia, de asegurar que no existe control alguno del Gobierno en Cataluña. ¿No les hemos llamado golpistas? ¿No han subvertido de arriba abajo la presencia (y el presupuesto) del Estado y de su propio Estatut y Parlament con tal de llevar adelante las delirantes maquinaciones que emergen de sus meninges? ¿Por qué se concede cancha política dentro de un marco constitucional a quienes lo han despreciado y pisoteado para imponer el suyo propio?
Un Gobierno que no piensa en sanear y democratizar las propias instituciones estatales, para devolverlas del actual descontrol (Mossos, TV3, la propia administración catalana, por descontado la educación) a un orden constitucional, de igualdad de oportunidades para todos los partidos y para todos los ciudadanos, es básicamente un Gobierno temeroso, apocado y cobarde. ¡Como el ínclito monclovita! Pero lo de Cataluña no se arregla con dos discursitos en el Parlamento. Es tanta la desolación que ha causado la supremacía nacionalista que creyó, finalmente, poder recoger lo sembrado por décadas de monstruosa ingeniería social que no habrá más remedio que emplear tiempo, esfuerzo, talento y dinero para recomponer el panorama tras la batalla.
La única benignidad (si puede decirse así) de los independentistas es haber esparcido antorchas por los oscuros andurriales que controlaban con holgura. Si hubieran seguido con el juego constitucional, hubiesen seguido menajando el cotarro in aeternum.

viernes, 13 de octubre de 2017

Pilares tristes

Tenía siete años cuando mi abuelo materno falleció un 12 de octubre. En Zaragoza eran fiestas y nos habíamos venido al pueblo unos días antes. Aquella noche mis hermanos y yo dormimos en casa de mis tíos. Llovía a mares. Cuando bajamos a casa, atravesando el pueblo por la calle que cruza la plaza de arriba abajo, pisoteando barro y charcos y suciedad de animales, mi tía nos dijo que nuestro abuelo estaba durmiendo. Cuando llegamos encontramos un montón de gente apostada en el porche, el vestíbulo y todas las habitaciones del piso inferior de la casa. El burro y las vacas pacían en las pesebreras del corral. Mi primo los atendía y echaba de comer.
Yo no entendía nada ni sentía pena. Veía llorar a mi madre, a mis tías, por supuesto que a mi abuela también, pero no descubría en mi interior causa que me hiciese compartir toda aquella tristeza. Mi abuelo era un señor mayor que se había pasado los dos últimos años enfermo. Estar encerrado con tanta gente, que no dejaba de rezar el rosario y murmurar, sin hacernos caso a mis hermanos o a mí, me aburría. De tanto en cuando, bajaba a hablarle al burro y a acariciarle las orejotas. No dejaba de llover y hacía frío. Pero aquel momento parecía importante y yo me sentía absorto: presenciaba algo que no comprendía bien, pero que debía tener su importancia. Mi abuela lloró amargamente, como nunca he vuelto a contemplar, en el momento de cerrar el féretro. Había acabado queriendo al hombre con quien la obligaron a desposar siendo casi niña.
Mi abuelo fue enterrado aquella tarde lluviosa del 12 de octubre de 1976. Fue el primero de la familia materna en quedar sepultado bajo las pedregosas tierras del camposanto del pueblo. Después lo harían todos los demás hasta desaparecer la familia poco a poco. Mi abuelo paterno, un catalán emigrado a Salamanca, había fallecido años antes, en 1970, y enterrado en la capital, pero de él jamás he recordado nada que no fuese el apellido o algunas fotos. Es curioso, mis raíces maternas han sido más profundas y han larvado con más tesón mi personalidad, pero lo que prevalece ante la sociedad civil es mi primer apellido, el de mi abuelo paterno y el de mi padre, quien por cierto yace enterrado aquí en mi pueblo, acompañando a su familia política, desde hace cuatro años, también por estas fechas.
El día del Pilar es de amargos recuerdos. Los de la vida. Los que necesito para entender las cosas que sí son importantes. Creo que ayer hubo ruido en España. Pero no me importó.

viernes, 6 de octubre de 2017

Revoluciones

He debido vivir esta semana en una Barcelona alternativa a la aparecida en la prensa. Cada día, de Sants a la Fira en Hospitalet (agradable paseo de 40 minutos), solo he presenciado normalidad: gentes haciendo sus cosas. Los colegas catalanes no dejaban de hablar de una Cataluña en llamas a causa de la violencia policial ejercida el domingo de las votaciones. Todos se referían a esos miles de heridos que, inexplicablemente, no han aparecido por ninguna parte para reconocer sottovoce que, en los aledaños del Nou Camp, cuando hay partido, se reparten muchas más hostias y en solo diez minutos. Yo no dejaba de pensar que se estaba informando exactamente aquello que Junqueras y los iluminados de la sedición habían pronosticado: el Estado es represor y ellos los únicos garantes de la libertad y el respeto.
En este país, cada vez que alguien sueña con la independencia, lo hace en aras de la democracia, nunca de las leyes. Tanto lo repiten que lo acabamos creyendo hasta que, en clara dejación de responsabilidades ciudadanas, somos incapaces de distinguir entre la autodeterminación de los pueblos y las negociaciones del convenio colectivo. Nos basta con vivir en paz, es decir: salir a comprar a los centros comerciales y poner musiquita mientras conducimos hacia el trabajo. Lo llamamos (algunos) relativismo, pero no es otra cosa que vulgar y ramplona comodidad. Nos espanta ver en peligro el confort de nuestras vidas, pero solo tenemos el silencio por respuesta ante cualquier afrenta. Solo así me explico que dejemos hacer a quienes se declaran en posesión de la verdad sobre el destino del pueblo, contra el capitalismo, el Estado y a favor de una distinta y evidente. Como salimos a la calle a pasear, no a vociferar eslóganes ni a enfrentarnos con nadie, nuestros principios han devenido vaporosos y grasos y ni la locura advertimos cuando llama a la puerta.
Por eso vi normalidad en Barcelona estos días. Porque el común de las gentes se limita a esperar con indiferencia o cobardía (caso del extraño inquilino de la Moncloa). Y mientras esperan, mozalbetes sin sesera y politicastros de tres al cuarto han llevado su canción salvífica a tal extremo que ahora ya no sabemos qué decir o qué hacer para parar este monstruo. Es el independentismo, esa connivencia extraña entre quienes sienten profundamente su tierra y quienes, a la izquierda del comunismo, solo desean derrocar al Estado para imponer la santa voluntad que les nace de los collons.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Medicina anacrónica

Por desgracia, en la familia estamos preocupados por la salud de nuestra madre. Prestar de nuevo atención a la medicina ha traído remembranzas de tiempos pretéritos, cuando en el pueblo se daba el aviso de que en casa había un enfermo y enseguida acudía desde el pueblo de al lado el señor médico, don José María, con su Dos Caballos, maletín en mano y saludos a los presentes antes de entrar en la alcoba donde se hallaba el paciente. Todos alababan en don José María su excelente ojo clínico, aunque la principal razón que unía a este con todos los habitantes de la Ramajería era la bonhomía, la proximidad, la afabilidad, la paciencia sabia y humilde con que trataba a los aldeanos y el conocimiento preciso de todas las circunstancias familiares y campesinas que los afligían.
Se lo comento a una amiga, médico radióloga. Lo confirma sin discusión: esa medicina ya no existe, se ha perdido. Los médicos son pobladores afligidos de los centros de salud que ni siquiera te hablan con respeto o educación. Sedicentes sacerdotes albos de un conocimiento que creen arcano, y que no es otra cosa que un checklist (hasta para un resfriado se hace una prueba tras otra, todas “para descartar”, que en eso consiste la medicina actual, en aplicar la lógica de los descartes), pocos saben interpretar síntomas y todos se esconden en los protocolos, la expendeduría de recetas y la interpretación de análisis con dos columnas (la buena y la real). Están deshumanizados. Como casi todo ya, para qué engañarnos.
El ojo clínico es un concepto en desuso, anacrónico, que denota arbitrariedad. Hoy la naturaleza humana confía en la evidencia científica, en el resultado de una semana de pruebas y análisis, acaso por no confiar demasiado en el talento y la práctica de los galenos. Dirán ustedes que los conocimientos y el saber no dependen de la petulancia, pero sí la intuición y el buen criterio, asignaturas que no se cursan en ninguna carrera.
No lo llamen ojo clínico: lo de don José María era una pericia que ya quisieran para sí mismos muchos de los médicos con los que me he topado y a quienes no confiaría ni la diagnosis de un resfriado (no lo hago). Que nunca olvidaré cómo una MIR quiso ingresar a Queco, siendo bebé de pocos meses, por creer que sus pupilas asimétricas eran evidencia de un tumor en el hígado; como tampoco olvidaré la aflicción innecesaria a que sometió a su madre ni la displicencia con que hube de despachar a tan impertinente personajillo.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Papeletas

Si lo pienso bien, me desasosiega ver cómo se ha llegado a las papeletas. La clase media de Barcelona, promotora del pacto, del seny, líderes en una Cataluña rica, liberal, optimista, emprendedora, artística… de repente ha desaparecido. Tantos años alimentando el mangoneo del tres por ciento, la imposición de la lengua y la educación en beneficio propio (armas básicas de cualquier sentimiento diferenciador), que al final se les ha ido de las manos. Por eso la egregia burguesía catalana calla. Incluso cuando la benemérita arresta a los altos cargos de una Generalitat olvidada de Tarradellas.
Si lo pienso bien, me arredra su cobardía. Podrían hablar, señalar con el dedo acusador a todos cuantos han preferido el tobogán al precipicio en lugar de la senda (mucho más aburrida) de la templanza y la negociación, que es el lugar donde se hace un país. La calle habla, como se ve en las manifestaciones de la Diada, pero solo habla la calle que se concita para expresarse: los demás, por no hablar, ni siquiera son acera.
Si lo pienso bien, veo unas siglas, CiU, anacrónicas, brumosas, corroídas, vestigios de una bonanza que por mucho tiempo se quedará recogida en casa ante el avistamiento de los nuevos batasunos, esta vez catalanes, esclavizadores de esa entelequia llamada PDCAT, herederos indómitos del pujolismo que, alzados sobre sus cabezas, han avistado un lugar más propicio para su mediocridad que el designado por un Estado que calla y paga porque, si habla, todos se vienen arriba, que eso de jugar con la singularidad histórica afecta por igual a propios y extraños cuando se parla la misma lengua.
Si lo pienso bien, este desvarío con mil cuatrocientas cincuenta y dos, perdón, cincuenta y tres maneras de resolverse, es consecuencia de la indolencia atiborrada de prosperidad de aquellos catalanistas que yo me encontré cuando hacía mi doctorado en una Barcelona que causaba envidia a propios y extraños. Tanta mecánica social solo podía acabar en dogma o en terrorismo. Han elegido el dogma. La religión. La exclusión. Si les llamo fascistas igual me abofetean, pero se han comportado como tales desde hace cuarenta años con sus inmersiones y sus pesebres clientelares pagados a escote por los PGE.
Si lo pienso bien, acaso el precipicio no esté tan mal para ellos: podrán imponer sus leyes, inventar la legalidad al paso, arengar a las masas que aún no se han dado cuenta de nada. Pero ese precipicio, no puede estar en la piel de toro. 

viernes, 15 de septiembre de 2017

Regreso a las clases

En ciertos institutos la impartición de las asignaturas específicas depende del número de alumnos que las soliciten. Entre este tipo de asignaturas se encuentran Cultura Clásica y Filosofía. No todos los estudiantes interesados en ellas las podrán cursar, porque si no hay un mínimo número inscrito sencillamente no se imparten; los enamorados de las letras, por ejemplo, habrán de someterse a la dictadura de quienes prefieren informática o educación audiovisual, que a nadie sorprenderá que sea una amplia mayoría.
Claro está, depende del instituto o colegio. Cuando muchos sedicentes gurús pedagógicos recomiendan que la enseñanza escolar se dedique a preparar a los alumnos para el mercado laboral, están justificando que en numerosos centros educativos la II República o la Guerra Civil apenas sean abordados, por ejemplo, o que los alumnos sean incapaces de diferenciar el grado de incidencia de los rayos del sol en invierno y verano. El sistema educativo ha devenido tan mutilado como inservible para construir ciudadanos.
Profesores y estudiantes viven continuamente en interregnos de leyes educativas. A muchos docentes con los que trato resulta harto frustrante ejercer su magisterio porque los currículos son absurdos y cambiantes. ¿Cómo explicar que la dichosa psicopedagogía, capaz de decir en un mismo informe una cosa y su contraria, ha calcinado las aulas hasta convertirlas en un pozo de tristeza y desmotivación? El problema, claro está, no se encuentra solo en las aulas. La enormidad del número de padres sobreprotectores, con sus estúpidas demandas, o la tiranía de lo políticamente correcto, capaz de aniquilar de un plumazo toda curiosidad intelectual en los estudiantes, son factores que anulan el prestigio del saber y proscriben el rigor o la excelencia. ¿Debe asombrarnos, como enunciaba en el primer párrafo, el desinterés absoluto de los estudiantes por aprender? Hay chavales que se ven a sí mismos antes como prisioneros que como seres potencialmente brillantes en lo intelectual.
Me temo que las vergüenzas y miserias de nuestro sistema educativo no dejarán de aflorar. No hay nada tan hermoso como enseñar, ni nada tan entretenido como aprender. Es lo que nos conforma como humanos, por eso desde las aulas han de construirse mejores ciudadanos para mejores sociedades. Imagino que suena utópico, pero de la ignorancia funcional solo se alimentan desastres como Donald Trump o Marine Le Pen. Pero oiga: como quien oye llover.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Por fin

Cinco años de agotadora agitación ha necesitado Cataluña para escenificar, penosamente, en un parlamento semivacío y embrollado, su primer paso hacia la independencia. La sublevación no ha alzado las armas (dice mi hermano que, sin ellas, las revoluciones son un timo) y el Gobierno se limita a recurrir al tecé, que no al ejército (más propio para una invasión que para mitigar una insurgencia).
Tarradellas ha quedado en el olvido. La borrasca antisistema que gobierna en Cataluña ha acallado las voces de una clase media que, como ninguna otra, acaso solo la vasca, supo ser próspera. La izquierda revolucionaria, que llama al asalto y se dirige a las clases catalanas menos pudientes con estruendoso ruido, ensordece el juego político y convierte en tontos patanes, aunque útiles, a quienes están en el Govern como tristes evidencias de un pasado de moderación muy productivo. Si el futuro de la Cataluña independiente pasa por estos iconoclastas, los catalanes tienen un problema.
Lo llaman democracia, pero solo porque tienen un lugar donde reunirse y urnas. Algunos los acusan de practicar un golpe de estado, pero… Cataluña no es un estado, como tampoco lo es Euskadi. Son soberanistas que, por una mínima aritmética, han decidido comportarse al margen de las leyes que los han ubicado en sede parlamentaria. Sin solemnidad ni vergüenza, tal vez porque no saben qué hacer el día 2 de octubre. Improvisan sobre un lienzo nunca antes escrito. Moncloa advierte de la dictadura que sobrevuela Cataluña. Yo quiero advertir a Moncloa que es en ese palacio donde reside el garante último de la legitimidad constitucional española. Tantos años de indolencia tiene consecuencias. Prodigioso nunca ha sido el señor Brey, para qué engañarnos…
De tener una posición incomparable dentro de España, y haberse erigido en numerosas ocasiones en su verdadero árbitro, Cataluña ha decidido forzar al Gobierno de Madrid, cuando jamás Madrid se ha atrevido a hacer lo mismo con Cataluña (palabras de Calvet, director de La Vanguardia, del 6 de octubre de 1934). La farsa de la independencia por collons no tiene remedio ni va a producir héroes enaltecidos. El sueño de gloria en que han rendido sus esperanzas fracasará porque, por fin, han decidido dejarse de soplapolleces parlamentarias y, como en el chiste, verán venírseles encima todos los indios, los mismos que, hasta el momento, no se habían puesto de acuerdo en hacer algo digno de una lección de Historia.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Un mes para olvidar

Un agosto para olvidar. Por el atentado en Barcelona, por supuesto. Y después, por todo lo demás. Todo lo demás comienza al día siguiente, casi diría que aquella misma tarde.
Los muertos fueron rápidamente olvidados. Qué tristeza. Qué poca cosa somos. Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris. Diez días después, cuando miles de personas se reúnen para decir, quizá por última vez, que no olvidan, y cuando solo el silencio (casi el último reducto de consenso que nos queda) debió hablar, muchos no quisieron callarse ni guardar las banderas en su casa. La marcha no ocuparía más de hora y media en la vida de cualquier persona. Al parecer, noventa minutos sin mostrar, donde fuere, que hay un oprobio mayor que la más abyecta malignidad del ser humano, ocupa lo que cuenta un capítulo de Historia. De ahí los gritos, los pitidos, los insultos, los abucheos, las caras rabiosas y los esputos de toda una jauría humana para quien vapulear al que sigue vivo es más importante que todas las víctimas. Si son esas sus creencias, o al menos su comportamiento, ¿hace falta explicar por qué me indignan tanto? ¿Era “No tinc por” o “No tenim por de res”?
La decencia también fue olvidada. Se aclamaron a los héroes. Se impuso la pena de muerte (¿soy acaso el único a quien le parece abominable que se disparase a matar contra los terroristas?). Se alzaron los elegidos sobre todos los demás. En realidad, ocultaron los infinitos errores y mintieron con descaro. Frente al dragón coleando solo cabe asentir, pero una vez abatido el miserable bicho la verdad reluce. La Generalitat estaba alertada sobre posible un atentado en Las Ramblas por parte del Estado Islámico. Eso fue el 25 de mayo. Tras la devastación del 17 de agosto, en repetidas ocasiones su presidente, su consejero de Interior y el aclamado responsable de los Mossos lo negaron. Que mienta un político es algo acostumbrado, pero que lo haga la máxima autoridad del cuerpo policial no tiene justificación.
No sé ustedes, pero yo me siento terriblemente agotado de contemplar una y otra vez (y han sido muchas las veces ya, lamentablemente) a nuestros prebostes con total incapacidad para actuar como representantes de la ciudadanía en los momentos críticos. Anteponen sus peleas y el rédito político a cualquier consideración de dignidad cívica. Ocurre en ambas orillas del río político y no creo que vaya a dejar de suceder. Es agotador. Y, de verdad, no lo merecemos. Es, para olvidarles…

viernes, 25 de agosto de 2017

¿Turismo lou-qué?

No entiendo el revuelo contra el turismo de bajo coste. Estoy recibiendo mensajes y fotos desde Vietnam o Camboya o Vladivostok de quienes han ido hasta allá según directrices que luego critican en quienes nos visitan a nosotros por cuatro cochinas perras. Más aún. Es cierto que la gente viaja como nunca, pero no lee absolutamente nada: por ese motivo lo ignoran todo del país que pisan y solo saben publicar fotos y añadirles pies del estilo “qué pasada”, “es flipante” o tal vez un “esto es precioso”. Es lo que tiene elegir Internet: empequeñece el universo y convierte en vulgar algo tan reflexivo como un viaje. Porque lo llamamos viajes, pero en realidad es un simple transportarse en avión de un sitio a otro para luego no descubrir nada del otro ni de uno mismo. 

Pura perversión esto del turismo en masa. El trotamundos ha muerto. ¿Dónde está el viajero que desea descubrir de manera individual su propia estética sobre un paisaje nuevo, unos olores nuevos o unos sabores nuevos, y que regresa a casa distinto a como partió? Los blogs de supuestos viajeros están repletos de banales narraciones de lo que uno ha visto o no debería perderse (qué hartura de pontificación ramplona) en cierto lugar del mundo: no hacen sino repetir (y prolongar) la eterna visión comercial de ese mismo mundo. 

No hay tanta diferencia entre un autorretrato (selfi, que dicen ahora) en Birkenau o Choeung Ek y la imagen de esos turistas que duermen en un coche cerca de la Zurriola o se pasean en bolas por el centro de Calviá. Esto último es consecuencia de un achicamiento del mundo y de la mente: viajamos para poder presumir de movernos por lugares remotos, pero nuestra sensibilidad no abarca las posibilidades iniciáticas del éxodo ni entiende de más profundas inquietudes. Por eso, no me vengan con tonterías: da igual donde uno vaya, siempre hay un “tour operator” al acecho (L. Osborne dixit) y si usted acepta encantado ese viaje de escasa calidad iniciática en favor de un bajo precio está aplaudiendo la proliferación de locales dedicados a la venta de recuerdos, ropa barata y yogur helado.  

Y la pregunta de moda: ¿Arran protesta contra los turistas o contra la explotación económica del turismo? Yo no desprecio al turista, sino al explotador del turista. Y no, no les tengo simpatía alguna a los de Arran: estoy convencido de que ellos mismos son “low-cost”. Pero lo diré bien claro: no me molestan sus pintadas. Lo que me molesta es que usted no se vea criticado en ellas.

jueves, 17 de agosto de 2017

Atentar es fácil

Tenía que pasar. Atentar es fácil. No importa que sea en Londres, Niza, Berlín o Barcelona. En todas partes hay lugares donde el tránsito humano es masivo, vehículos en las inmediaciones con libertad de circulación y, por lamentable que parezca decirlo, imbéciles radicalizados a quienes basta uno de tales vehículos para arremeter contra nosotros, los infieles. Mejor una furgoneta o un camión: los daños y el número de muertos y heridos serán mayores. Así se expresaba no hace muchos meses la revista yihadista Rumiyah y así lo pensamos todos, pero con obvio sentimiento repulsivo.
Este tipo de matanzas son, tristemente, habituales en conocidas regiones de Oriente Próximo o el norte de África. Pero las que se producen en nuestro continente van cargadas de dramatismo: los perpetradores no eligen atacar en mercados o aglomeraciones de las barriadas, sino en lugares simbólicos y conocidos para impactar en nuestras consciencias, y en fechas muy concretas: la reunión antiyihadista de Washington, el Día Nacional francés, las navidades en Alemania o el agosto español. Serán unos grandísimos hijos de puta, pero saben muy bien lo que se traen entre manos. Tratan a Europa con cortesía macabra.
Tengo muy claro que no solo buscan inocular el terror y el miedo entre nosotros. Sobre todo, pretenden nuestra fragmentación, la radicalización de la sociedad civil, que rompamos anímicamente con nuestra proverbial tolerancia y enarbolemos el discurso bélico (lo hizo Hollande -madre mía- tras los atentados de París). Por eso, aun ignorando qué mensajes se escucharán hoy en radios y televisiones, pues carezco de tanta clarividencia, estoy convencido de que en alguna parte resonarán mensajes cargados de islamofobia y radicalidad. Ese es el juego lúgubre al que juega el yihadismo. Para ellos sería un éxito completo que nos volviéramos todos tan imbéciles como ellos.
A otros corresponde decir cómo eliminar esta plaga que nos asola, en caso de que pueda denominarse así. Ellos nos tildan de infieles porque llevan en su código ético una visión destructiva del sentimiento religioso. Nosotros los llamamos de muchas maneras porque su locura es impenetrable. De momento han cercenado la vida de inocentes que paseaban por las Ramblas. En algún lugar (o lugares) del mundo habrá quien se encuentre celebrando el sacrificio. Ninguno de ellos escucha a su dios, que reiteradamente les ordena que, de no vivir en paz, se eliminen a sí mismos de la faz de esta tierra.

viernes, 11 de agosto de 2017

Independencias

Lo de Cataluña es, sencillamente, de traca. Los partidarios del independentismo no descansan ni en agosto de decir tonterías. Cualquier noticia es parte de la gran noticia. Desde la pretendida orquestación gubernamental del conflicto del Prat a las manifestaciones de que ser catalán en España es algo parecido a ser gay en Marruecos, todo vale. Lo peor es que nadie manda callar la boca, pero no porque estén todos igual de enloquecidos, sino porque en cada nuevo registro de la antología del disparate que están perpetrando hay una razón más para llenar el saco de los motivos secesionistas. No es diarrea mental (tal vez sí): es seguir acumulando razones, no importa de dónde procedan.

Vean si no los disparates del Institut de Nova Història, para quienes Cervantes, Colón o Miguel Servet nacieron con barretina y el Lazarillo de Tormes fue traducido a lengua castellana y el original, en catalán, destruido por miedo a la Inquisición. Suena esperpéntico, pero en otras ocasiones da puntadas aparentemente finas como lo de que Cataluña está imbricada culturalmente con el imperio carolingio. En realidad, da lo mismo que induzcan a la risa con estas memeces o a consultar la enciclopedia para encontrar vestigios de protohistoria: siempre alguien habrá que piense que estas afirmaciones tienen su ijada en lugar de hilaridad. Es lo que tiene la búsqueda de raíces milenarias inexistentes: evoca una trascendencia inalcanzable para los demás.

Nos hemos acostumbrado a vivir con dosis diarias de desatinos, tan perseverante que ya es difícil aseverar si hay cimientos sólidos bajo los pies. Ha pasado el tiempo y el edificio, por endeble que sea, sigue en pie y amenazante. Como ya dijera en esta columna hace un tiempo, en la independencia de Cataluña se han reunido varios factores, pero decisivamente uno: el rechazo de la Generalitat, durante la crisis económica, a llevar a cabo dolorosos ajustes presupuestarios. Luego vino la polarización social, el populismo de una calle siempre presente, la demagogia política y la exacerbación de un sentimiento diferenciador que, por subjetivo que sea, parece superior a toda otra consideración.

Dice Puigdemont que Cataluña, lejos de tener miedo, inspira miedo. A mí el miedo, realmente, me lo imbuye la constatación de que los desatinos pro-independencia siempre quedan escritos con renglones firmes en páginas muy sombrías donde ni unos, ni otros, cuentan nunca la verdad. Total, sic transit gloria mundi.

viernes, 4 de agosto de 2017

Pedaleando

Por las mañanas salgo un par de horas a machacar las piernas por las carreteras de las Arribes del Duero. Da gusto pedalear a buen ritmo, en solitario, por estas tierras que tan bien conozco. Las carreteras secundarias siguen siendo, en muchos tramos, más caminos agujereados que firmes pavimentados, lo que ralentiza considerablemente la marcha. Pero los aromas del campo agostado, el silencio del sol o el silbo rumoroso del viento que orea encinas y robles compensan con creces los estragos del duro sillín y el dolor que acaba por atenazar las rodillas y gemelos al exigir más rendimiento.
Para mi satisfacción y seguridad, compruebo que este año los automóviles sí se apartan de mi bicicleta la distancia que marca la DGT. Las noticias han surtido un efecto benéfico para nosotros, los ciclistas. Aunque no todos actúan con idéntica prudencia: los vehículos más viejos, aquellos que se distinguen fácilmente porque sus matrículas comienzan aún con SA (de Salamanca) y que suelen ser conducidos por lugareños a quienes las normas de tráfico quedan muy lejos y las nuevas recomendaciones en la ignorancia, siguen acercándose a mi cuerpo cada vez que se topan con mis pedales en una recta o un rellano (en las curvas y rasantes guardan cierto alivioso miramiento).
En la huerta hemos arrancado los garbanzos, este verano menos productivos que el pasado, y aguardan las patatas para uno de estos días. Los tomates y pimientos muestran un aspecto fecundo y jugoso pese a las lluvias fuertes de julio, que detuvieron la maduración habitual de los productos de la huerta. Uno de los guindos se ha desgarrado de arriba abajo, no ha soportado el peso de su tronco escorzado, y las ramas de los ciruelos parecen un ejercicio de puntillismo de tanto fruto como pende de ellas.
Este año en casa se observa una felicidad casi primordial, pese a que alrededor el pueblo sigue su lento proceso hacia el olvido. Creo que es por el sol y el calor, que parecen más naturales y no efecto de un calentamiento planetario imposible de paliar. Mi madre sigue escuchando las noticias por la tele y parece galvanizar adecuadamente los positivos datos económicos. Cataluña, que espere.
Cuando lean esta columna estaré seguramente terminando mi pedaleo matutino. No tengo playa (tampoco me gusta) y me falta el verde guipuzcoano para sentirme como ustedes. Pero mis veranos son así, y me gustan. De campo y familia y bicicleta. Como un vertido continuo de sensaciones imprescindibles.

viernes, 28 de julio de 2017

Apartamiento

Todos los años por estas fechas les escribo desde mi aislamiento familiar en las Arribes del Duero. Y a ustedes qué les importará, supongo que se preguntan desde hace tiempo. Les hablo de mis viajes. De mis descansos. Como si tratase de ejercitar el egocentrismo desde las líneas de esta columna y no me cupiera en la cabeza tema alguno distinto a lo que voy viviendo.

Les voy a dar una razón. Cuanto más tiempo me alejo de los entresijos que pueblan los titulares de la prensa, cuanto menos reparo en el ruido, tanto mediático como internetual, más convencido estoy de que la realidad no es lo que nos cuentan, a veces compulsivamente, los demás: son las reflexiones personales que uno medita en la soledad, mudez y distancia de su intimidad más sincera. ¿No se han dado cuenta de la fobia social, casi instintiva a efectos prácticos, que atenaza a los humanos de cualquier lugar y condición cuando se sienten y hallan solos? Las redes sociales o los medios no han impuesto la velocidad y fugacidad del pensamiento: somos nosotros quienes hemos usado estas herramientas para acelerar a fondo, hasta alcanzar una celeridad monstruosa, el caudal de información, hasta convertir en relevante la insignificancia más inútil.

Los parajes a los que viajamos no son parajes si no subimos a Instagram un autorretrato en ellos. El tazón de leche con cereales no es desayuno si no colgamos en Facebook la foto con su correspondiente subtítulo descriptivo. El móvil no es un dispositivo desde el que podemos hablar, trabajar, informarnos o divertirnos: ha de ser un almacén ingente e infrecuentado de fotos y vídeos. Incluso las noticias han conocido éxitos inusitados por encabezamientos del tipo “Las 10 razones que no sabías de alguna bobada”.

Los humanos hemos hallado el camino a la inmortalidad en la permanencia de vestigios mediocres e insustanciales de nuestro paso por el mundo y cualquier terror tecnológico que nos procure la celebridad entre pares, notoriedad tan simultánea como recurrente, sirve para enarbolar el autoproclamado derecho a ser egregios pese a no disponer de talento alguno que legar al futuro. Acaso por envidiar a los poetas, filósofos, científicos y artistas inmortales, o tal vez porque nos hemos convencido de que no necesitamos las neuronas para absolutamente nada relevante.

Renunciar a este derecho solo es viable desde la propia intimidad. Y desde luego, solo desde un meditado apartamiento. Quizá ahora me entiendan mejor… Pasen buen verano.

viernes, 21 de julio de 2017

Fresas de Irapuato

Los alrededores de esta hermosísima ciudad mexicana son de una blandura amorosa, tan verdes que parecen entresacados de una estampa de la campiña británica. La independencia de México se gestó en esta capital del estado de Guanajuato, pese a firmarse finalmente en la vecina Querétaro, también hermosa. Irapuato es un nudo central de las comunicaciones mexicanas y se nota. En la zona están asentadas cuatro importantes industrias automovilísticas niponas y los larguísimos convoyes de tren atraviesan la localidad con asiduidad. A diferencia de la Ciudad de México (o Distrito Federal, como se la conocía recientemente), el orden urbanístico jamás se ha desmoronado y por sus calles circulan los vehículos con tranquilidad y despreocupación. A tan solo tres horas por carretera de la capital del país, sorprende encontrarse con un mundo en apariencia tan poco mexicano: orden, limpieza, parsimonia…
Cuando me trasladan en camioneta (esos vehículos inmensos, de influencia yanqui, provistos de caja donde transportar enseres, pero tan potentes y cómodos por dentro que han devenido artículos de lujo) contemplo con arrobamiento los campos de maíz, fecundos, feraces, salpicados aquí y allá por invernaderos donde se cultivan fresas. Irapuato es la capital mundial de este producto, con permiso de los onubenses, pero ya apenas queda visible gloria alguna que dignifique tan egregia distinción, solo puestos de carretera, desvencijados y distraídos, donde por un par de euros puedes adquirir una bombona enorme de fresas con crema.
Como español, me resulta curioso que, de entre todos los temas de preocupación que convergen en las pláticas de los mexicanos, ninguno de ellos se refiera al desempleo. Las empresas muestran en sus puertas cartelones inmensos solicitando trabajadores y muchos de esos puestos quedan siempre por cubrir. No es el paro un motivo de desasosiego para nuestros hermanos mexicanos. Quizá por eso en todas partes, también aquí en la calmosa Irapuato, el dinamismo y la felicidad sea característica indeleble de las gentes y sus usanzas.
Estoy por finalizar mi prolongada estancia en este país, México, que no se descubre solo en Cancún. Magnífico hallazgo, ¿verdad? El interior está provisto de una belleza exquisita, quizá mucho más natural y franca que el entramado de resorts que sazona el antiguo territorio maya, aunque menos turística. Entiendo ahora mejor por qué nuestros antepasados venían para no querer regresar nunca…

viernes, 14 de julio de 2017

La línea de los dos mundos

Hay líneas quebradas en nuestro planeta que separan mundos distintos y cuyo origen se pierde en los sueños de la humanidad. Donde me encuentro, en Tijuana, en la capital fronteriza de la Baja California, comienza una de ellas. Es un trazo de acero que rompe los pedregosos montes e infecundos desiertos en derredor, para avanzar raudo hacia el Este. Dicen que el actual morador de la Casa Blanca quiere modificar este muro ya existente por uno de alta tecnología e impedir en mayor medida el caudal de personas que buscan y logran encontrar roturas en este desolado trazo separador.
Al otro lado, el mundo es distinto. Se llama San Diego y es una ciudad preciosa, moderna, tan distinta y avanzada respecta a esta de México que parece mentira que un solo trazo de acero sea capaz de tamaño contraste. Por supuesto, admiro y me gusta (mucho) el mundo del norte. Fácilmente querría venirme a vivir a él. En mis anteriores viajes a Estados Unidos jamás había sentido esta llamada tan rompiente. Será el influjo de California. Cuando visité San Francisco, hace ya muchos años, no disponía de un sentido crítico ciudadano tan aguzado. La tierra de las oportunidades, como la llaman sus habitantes, completa el sentido de la existencia de todo ser humano: prosperar, mejorar, vivir libremente…
También me gusta el mundo del sur. Me recuerda algo ya olvidado de mi niñez y juventud. Sus carencias suscitan ternura y solidaridad. Uno llega a pensar que las gentes del sur que se internan en el norte olvidan de inmediato de dónde vienen, porque el mundo del sur es tan distinto, tan brutalmente inferior (en arquitectura, en infraestructuras, en comportamiento, en respeto, en tráfico, en…), que parece lógico que uno se empeñe en querer nutrirse de los aires del norte para insuflarlos en ese sur de donde uno escapa. El caso es que el choque entre los dos mundos me tiene afectado.
Quizá todo sea cuestión de personalidad, de idiosincrasia, de elementos difíciles de entender como la resignación o la indiferencia, quizá todo se resuma en un humanismo conformista, tan afín a mis terruños de las Arribes del Duero (tan de pueblo, que diríamos) que me exacerba. Tengo deseos de gritarles: ¿acaso no veis, no oís, no sentís? El sueño está al otro lado del muro, ahí mismo, id y coged sus ideas, cambiadlo todo, romped la diferencia. Pero entonces me detengo. Porque ese mismo grito, de otra manera, es lo que debería gritarme a mí mismo en cuanto vuelva a España.

viernes, 7 de julio de 2017

Infraestructuras mexicanas

Les escribo desde Ciudad de México (CDMX), esto es, les escribo desde una urbe desorbitada donde viven, en toda la zona metropolitana, 25 millones de personas. Si han volado alguna vez hasta aquí, y han reparado en las ventanillas al aterrizar, habrán visto que el avión sobrevuela casas y avenidas durante los veinte minutos previos a tomar tierra, y que todo en derredor son casas y más casas, calles y avenidas, hasta las sierras que rodean el valle, totalmente sembrado de edificios.
Uno piensa que este nivel de densidad poblacional, que convierte a CDMX en la ingente aglomeración urbana que es, la mayor de todo el mundo hispanohablante, solo puede gestionarse mediante infraestructuras eficientes y bien desarrolladas. Pero no. Como suele suceder en prácticamente toda Latinoamérica, los sistemas de comunicaciones son un escollo continuo para la comodidad ciudadana y el desarrollo económico. No existe mantenimiento (las calles son un socavón continuado), el caos circulatorio es constante y los vehículos juegan a sortear obstáculos (baches, viandantes, otros vehículos…).
A lo largo de esta semana, y estando inmersos en la estación de lluvias, he visto cómo a diario las rutas viarias han quedado anegadas por el agua que se acumula y no drena por parte alguna, produciéndose atascos que váyase usted a reír de los que ha podido sufrir en Madrid, Bilbao o Barcelona. Cuando se pregunta a los conductores (taxis, Uber) acerca de la inexistencia de sistemas de drenaje, todos ellos se encogen de hombros y aluden a la corrupción gubernamental para justificar las involuciones. En las noticias se mencionan los estragos originados por las inundaciones, las cascadas, los ríos rápidos y el granizo. Pero en México la población se encuentra tan acostumbrada a la recurrencia de estos desastres que apenas se levanta la voz para demandar mejores servicios. Los políticos llevan 40 años proyectando obras faraónicas para paliar estos desastres, pero parece que se les sigue adelantando el cambio climático.
Quizá hayamos construido en España demasiadas autopistas, pero las infraestructuras no son solo las carreteras. Contemplo con desánimo la (nueva) merma en inversión en fomento y comparo nuestro confort con la denodada lucha del ciudadano mexicano para superar los obstáculos y el agua. Para mí la cuestión crucial es que ellos, los mexicanos, no se detuvieron. Nosotros tal vez sí lo hubiésemos hecho. No lo sé. Aquí parece todo tan dinámico…

sábado, 1 de julio de 2017

España en llamas

No solamente España. Toda la península. Una primavera seca. Un mes de junio cálido, anticipando la canícula (está por ver si el estío acaba siendo riguroso). En las Arribes del Duero, el pantano de Almendra, de donde beben los pueblos de la comarca, aparece inusualmente bajo. Las marcas del agua quedan muy lejos de la línea actual de flotación del embalse. Sigue siendo mucha agua almacenada. La pregunta es: ¿y si no llueve en años?

En Portugal hay bosques por doquier. Al norte, en el parque nacional de la Peneda, en la frontera orensana de Entrimo, en el Xurés, los incendios han dejado su rastro selenítico en los montes donde acostumbraban a crecer vertiginosos los pinos. Los lugareños se llevan las manos a la cabeza contemplando las vastas extensiones de pinares completamente calcinados, algunos a pie de aldea. Yo les digo que los helechos y el bajo monte ya verdean. En una década los pinos fructificarán hasta alcanzar las alturas acostumbradas. Para entonces, los adolescentes ya estarán maduros y nuevas crianzas correrán los patios solitarios de las aldeas gallegas. Mientras tanto, proseguirán las orugas mecánicas destrozando las carreteras curvilíneas y neumáticas del parque, arrancando los pinos requemados y cortando sus troncos para alimentar a la industria maderera. Pero claro, los fuegos siempre son intencionados por otros o producto de un cristal mal ubicado. Pocas veces las ganancias son tan reditosas.

Al sur, lejos de donde me encuentro, los paisajes onubenses se cubren de una nieve extraña, cenicienta, sucia y polvorosa. Las llamas acaban de asolar inmensas extensiones de paisaje atlántico conectado por un fino hilo quebradizo con el mar que antaño denominaron como nuestro. Y las noticias esparcen llamaradas por el litoral levantino y también por las zonas centrales. Las ecpirosis se suceden, acostumbradas, al ritmo de las canciones del verano. Dicen que despacito. Yo digo que de modo estúpido y desacostumbrado.

Hace miles de años, cuando el ser humano aún no se había convertido en el virus actual que asola la naturaleza por todas partes, a causa de su desarrollo imparable y su turismo ensordecedor y su egoísmo acomodaticio y autárquico, los incendios causaban daños necesarios en una naturaleza enseñada a regularse a sí misma. Ahora le echamos la culpa al cambio climático. Linda ironía: si lo provocamos los humanos, ¿por qué no decir que somos nosotros los culpables de que las llamas luchen por acabar con nosotros?

viernes, 23 de junio de 2017

CETA

Hay determinados asuntos que a los ciudadanos nos trae al pairo, que dice el otro. Si tenemos organismos y funcionarios y políticos es por eso, porque a nosotros se nos da bien columbrar las desgracias que asolarán el feudo patrio en caso de que gobiernen los otros (en oposición a los ricos arroyos de hidromiel que correrán por nuestras feraces tierras si ganan los nuestros), y se nos da mal entender los convenios internacionales.
Y hétenos aquí con que la mente exigua e indómita que de nuevo rige los designios de la sedicente izquierda verdadera, ha declarado su oposición (repentina, tal vez para convencer al votante de que su cabeza contiene conocimientos sorprendentes) a un acuerdo comercial entre la UE y Canadá, país norteamericano del que muchos solo han visto alguna foto epatante del Yukón cuando se activa el salvapantallas.
Desconozco el contenido del tratado firmado por la Unión Europea con Canadá, pero supongo que hablará de eliminación de aranceles, de libre comercio, etc., sin entrar en otras materias, por ser un tratado comercial. No importa. Al parecer, el egregio prócer sociata ha encontrado en la letra oculta de los escritos de la UE un agravio superlativo para los sectores e intereses económicos patrios, sin confesar cuáles son esos sectores, porque en bastantes años nadie se había quejado, y ahora se queja él, que escucha a muchos, al parecer, aunque dude yo de quién le ha podido sugerir tamaña audacia.
Tal vez sea que los otros de la izquierda contra quienes se mide en desigual duelo el preboste sociata ya se opusieron y se oponen a dicho tratado, por razones idénticamente ignotas para mí. Se mire de una manera o se mire de otra, hay que prestar mucho candor para entender lo que es impostura y ganas de hacer ver que se quiere desfavorecer a un país erigido de súbito en epítome del capitalismo globalizador y, por tanto, extenso (y hermoso) muro a derribar. Dicho de otro modo: pura demostración de cuán magna es la levedad podemizante y proteccionista que embriaga a quienes, desde un partido que gobernó durante décadas esta nación (reconvertida en plurinación) empiezan a idear las mayores zafiedades que ha podido parir madre.
Entre ocurrencias y majaderías anda el juego. Y delante, un gobierno reidor de las sentencias del TC. Y más allá, donde comienza la calle, un pueblo que parece solo conceder atención a la canícula que nos asola, y no a este estrafalario personaje aficionado súbitamente al estrambote.

jueves, 15 de junio de 2017

Censura

Supe que se llevaba a cabo una moción de censura por los periódicos. Será que últimamente desconecto demasiado. Pero se me pasó, que diría el otro.
Volviendo de Asturias, me puse algo al día leyendo la prensa. Aunque no me guste, acabo ojeando lo que dicen unos y otros siquiera por reafirmarme en la opinión de que periodistas y opinadores son antes soldados atrincherados que agentes del servicio de inteligencia. Opinión como fundamento de la ideología (Monedero, por ejemplo, que escribe con verbo suelto para regocijo de los suyos), opinión “Quod Erat Demostrandum” de teoremas falsos. (el de casi todos los demás). Me divierten las marcas panfletarias de la izquierda: son menos cansinas y aburridas que las de la derecha, aunque idénticamente inútiles, y llevan consigo una superioridad moral de cuya génesis siempre he manifestado estupefacción, tal vez porque se ven incardinados a la Ilustración y la Revolución Gloriosa, aunque luego sus propuestas son tan pueriles como demagógico el asombro de quienes los escuchan ensoberbecidos.  Y en la otra orilla, la conservadora, de liberalidad tan arrumbada que apenas se distingue nada que la concierna, no cesan de aflorar sentimientos de culpa y marcas de ancestral egocentrismo.
He de confesar que, en los días previos, andaba más preocupado con la preguntita de los catalanes y su futura república, esa que encierra tantas otras, convenientemente silenciadas, que antes parece un laberinto borgesiano que una consulta con trazas democráticas (es decir, en cantidad minúscula). Por eso, tal vez, se me escapó el intento exhibicionista del señor que atiza hasta sangrar, el de su portavoz (no se me ocurrirá entremezclar las verdades, que luego me llaman de todo, tal es el resentimiento de quienes viven para trazar -otra vez la palabreja- líneas rojas), el de Rajoy (manda narices que sea él quien mejor parlamente en el Parlamento) y de todos los demás que hablaron, en quienes no me fijé.
Total, como tampoco ha servido para mucho, salvo para alumbrar con fuegos artificiales las dos orillas desde donde se miran de reojo los morlacos, no creo haberme perdido mucho dedicándome a otros menesteres. ¿Que entonces por qué les hablo hoy de esto? Por saturación, supongo, o cansancio, y por convenir con ustedes que la política, como ya dijera hace dos semanas, se ha convertido en un juego de buses, eslóganes, gritos, abecedarios y narración de odios inveterados. Ergo, soy yo quien les censura a todos

viernes, 9 de junio de 2017

La semblanza del héroe

Los llamamos héroes para diluir su valentía en lo legendario. Los llamamos héroes porque todos nosotros, los demás, nos sabemos cobardes. La cobardía atenaza, paraliza, te hace agachar la cabeza y salir corriendo en sentido contrario, cuanto más lejos, mejor. Eso hacemos: agachar la cerviz y dejar en pompa el occipital. Por Julio César sabemos que se necesitan tres soldados para desemboscar uno. Sin emboscada, atacar solo a tres desgraciados provistos de armas es sentencia de muerte. Pero el valiente recalcula, inconscientemente, las probabilidades y decide hacer lo nadie hace: defenderse él o defender a otro, sin huir. Le cuesta la vida porque la cobardía de todos nosotros nos impide unir fuerzas a su alrededor.
A las otras víctimas no las calificamos de héroes, sino de pobres desgraciados que se encontraban en el lugar equivocado cuando no debían. Si a todas las víctimas las llamásemos héroes (porque lo son, de alguna manera) y realmente su leyenda nos impeliese valor y fortaleza, arrasaríamos a toda esta panda de energúmenos animalizados e idiotas que conviven entre nosotros y no tienen otro alimento que el odio y el desprecio por los demás que no son como ellos.
Les llamamos héroes para acallar nuestra conciencia, para no sentir el oprobio que sentimos los que somos cobardes e incapaces de enfrentar al enemigo. Hemos creado los cuerpos de policía y los ejércitos y las armas y con ellos aplacamos nuestra cobardía. Pero no es bastante. Porque les permitimos llegar hasta donde estamos, y que no acepten nuestra cultura, y que avasallen nuestras costumbres, y que nos destruyan.
El terrorismo islámico lleva años declarando la guerra desde dentro y desde fuera, es tanto su odio y su rencor, tanta la inquina salmodiada en oraciones a un dios inexistente, como todos los dioses, tan visceral su aborrecimiento de nosotros y nuestro capitalismo y caprichos y bienestares, y tan universal nuestra cobardía relativista, que de entre nosotros solo surgen líderes incapaces de articular otra reacción que los repetidos y cansinos mensajes de solidaridad y de condena y de firmeza y de apoyo y del no pasarán…
Los tenemos por héroes, pero su voz está acallada. Siempre hablan los de siempre y los demás, los cobardes que tanto nos indignamos, les escuchamos cuando en realidad tendríamos que tapar los oídos para no contaminar la poca valentía que nos surja al rememorar, durante un breve tiempo impreciso, a un héroe como Ignacio Echeverría.

viernes, 2 de junio de 2017

Junio populista

Hace unas semanas conversaba con una muchacha de 15 años (ya ven) sobre las diferencias entre acracia y anarquía. Ella se declaraba anárquica, seguramente siguiendo el pensamiento de algún muchacho que le hacía tilín porque no tenía muy claro si anhelaba el caos o se oponía a cualquier forma de gobierno. Yo me declaraba ácrata, partidario de la no gobernanza, del acuerdo universal. Tanto me dio, las mentes juveniles de ahora manifiestan una propensión preocupante a pensar en términos de, como máximo, 140 caracteres, donde no hay cabida para la finura. Y me quejo de los escasos 2.450 que me concede Diario Vasco para manifestar mi opinión sobre algo…
Hay un hecho crucial: la retórica pública es cada vez más huera. En Princeton lo han demostrado científicamente, en términos de oratoria política en el tiempo como función de la formación educativa. Concluyen que muy poca gente comprendería, hoy en día, un discurso de Lincoln. Y no me extraña. El populismo tiene éxito (y es algo arraigado en la praxis política de cualquier signo, digan lo que digan) porque se esfuerza continuamente en borrar del acervo cultural toda aproximación que considere elitista (en realidad, es cultivada). Lo que no me queda tan claro es si esta estrategia responde a un intento por universalizar la ignorancia o es que simplemente ellos son así de ignorantes.
Nunca fue tan incómodo lo intelectual. La historia del pensamiento lo muestra con obstinación. Lo banal y “sencillo” (en realidad, lo simple) triunfa, y donde primero triunfa es en la televisión, el lugar donde la política ha fundamentado su conexión con el votante. Lo más irritante es que, pensando de esta manera, el político cree haber conectado estupendamente con ese votante al que considera tan infantil como posiblemente sea él. Han promovido la simpleza y se quejan de la simpleza de la gente, olvidando que un espectador puede ser simple, en sentido intelectual, ante un programa de cocina, pero tiene sus propios mecanismos para establecer los caminos por los que transitar por la vida. Asimilamos bien las ideas profundas cuando son bien explicadas (grande fue Fuentes Quintana).
Saben ustedes que lo político me aburre, por su reiteración obstinada. Me preocupa más lo de esos 140 caracteres que confeccionan los límites conocidos de muchos universos. Ser populista en todos los contextos necesita menos de la mitad de esos caracteres para propagarse. Y se propaga. Y por eso nos pasa lo que tenemos. Que lo empiezan llamando anarquismo…

sábado, 27 de mayo de 2017

El segundo ascenso de Sánchez

Me hablan un par de amigos, ambos afiliados al PSOE, del júbilo que les produce haber elegido como Secretario General de su partido a un hombre ajeno a la cúpula y en pura conexión con las bases. Lo de la conexión con las bases lo puedo entender (no hace tanto hablé en esta misma columna sobre esa palabreja, “las bases”), pero que el señor Sánchez sea ajeno a la cúpula no. ¿No se trata del mismo Sánchez que hasta hace unos meses se constituía en cúpula y pingorote de ella? ¿No se trata del mismo Sánchez que, por ser cúpula, se subía a la tribuna del Parlamento? Sí, es exactamente el mismo.

Pocas cosas son absolutas en esta vida. Una cosa es dependiendo de lo que se tenga enfrente. Y a eso imagino que se refieren mis amistades. Si a un señor que se ha pasado media vida calentando un asiento y colocando el perfil en los salones de mayor tronío por ver si alguien se acuerda de él, le colocas enfrente a alguien que parece mucho más preboste, y además lo envías al destierro con aviesas artes, lo que creas es un arrabalero corajudo. Pero no un ajeno. Lo que pasa es que estas cosas son y parecen tan suyas, digo suyas significando a los militantes de un partido, que los demás lo único que podemos hacer, además de hablar, es contemplar el conflicto como si de un espectáculo se tratase.

Mencionó uno de mis dos amigos socialistas aquello de poder regresar (¡por fin!) a la izquierda, como si alguna vez hubiesen estado fuera de ella (en realidad, pienso que, salvo excepciones, en el Parlamento hay diferencias verbales y mucha praxis compartida, pero esa es otra historia). O enfrentarse a la corrupción, como si entre los suyos no la hubiera. O poder ejercer una oposición eficiente, como si eficiente hubiera sido llevar a este país a casi tres elecciones generales en un solo año.

En fin. Qué corta es la memoria. No somos elefantes, está claro. A mí el segundo ascenso del señor Sánchez me inspira la lástima de pensar que el socialismo también anda perdido entre mediocridades y vaciedades, exactamente como los demás. Mis amistades no ven que se trata de una oportunidad perdida, pero desde hace mucho, antes de las primarias. Qué más da. La Historia más apasionante seguramente se escriba con las fantasías de las opciones dejadas de lado, pero la verídica trata sobre lo que ha pasado después de que las cosas hayan pasado.

Lo dicho, es un asunto de ellos, al menos de momento. Tengan la seguridad de que pronto será también nuestro.

jueves, 18 de mayo de 2017

El carajal patrio

Lo de España es un carajal de aúpame y no te menees, donde no vuelan las gaviotas, sino los cuchillos, y no crecen las rosas, sino los hongos del estiércol. No es la corrupción. Tampoco las intrigas palaciegas con sus filtraciones, grabaciones secretas, micrófonos, puñaladas... Lo es todo. Está todo descontrolado. Una a una, las evidencias de por sí infames, tanto que causan repugnancia, no explican por qué sucede lo que está sucediendo.
Si miramos arriba, al empíreo, contemplamos a un ser pusilánime, apocado, timorato: el de la Moncloa es un semi-dios controvertido por su inherente incapacidad para guiar, para liderar, para convencer, para hacer cambiar. Ni a los suyos, ni a los otros. A nadie. De su inmovilismo se aprovechan los seguidores, que se mueven lenta, pero inexorablemente, como una marabunta tumultuosa que lo devora todo a su paso. Esta devoración deja tras de sí un reguero de corrupción y ruindad que lo anega todo.
También arriba, un poco más a la izquierda, se mueve otra masa de gente gritona e iracunda, enfrentada entre sí, a causa de, aquí también, un vacío de poder absoluto. Causa pavor, aunque uno sospecha que no podría ser de otro modo, que en el enfrentamiento se estén midiendo las fuerzas dos emperadores desnudos: uno mujer, gobernanta, ambigua, imprecisa, establecida y encajada en los mecanismos de su partido; otro, un derrocado, hombre, sin discurso ni talento, azuzador de conciencias, revanchista.
Y si atisbamos alrededor, se perciben más masas de gente gritona, extremista, que hacen del enfrentamiento su única convicción, unas veces sustentada en prolijos conceptos segregacionistas de difícil manejo y peor praxis (nada más hipnótico que un destino impreciso, nada más esclavizante que inadvertirlo) y otras en obsolescencias ideológicas antisistema que, de llevar a alguna parte, es al desastre absoluto. Unos y otros, desafiantes de este Estado emponzoñado en su inutilidad orgánica y su miedo a la gobernanza en libertad, se aprovechan de él y lo emplean para alcanzar los fines y metas que, improvisadamente, se van creando.
Lo de este país es como una esquizofrenia. Fracturación, intrigas, deslealtades, corrupción. Han de llegar los bárbaros y acabar con el imperio. El carajal patrio anuncia el fin de las libertades y el establecimiento del extremismo. Quienes podrían hacer frente a la inminente invasión, que lo destrozará todo, están muy ocupados librando sus propias sucias guerras internas.

viernes, 12 de mayo de 2017

Desde la lejanía

Almorzaba este pasado martes, en Vigo, con un par de colegas. El mayor de los dos, aunque apenas medio lustro mayor que yo, parecía la exaltación cultural personificada; el segundo, más calmoso, aceptaba con resignación las cosas tal y como en el mundo son, bien o mal o peor.
Al exaltado, que hablaba mucho, pero con criterio, le resultaba insoportable los derroteros por los que se encamina la sociedad en todas y cada una de sus veredas: vituperaba lo mismo los programas de la televisión que el uso indiscriminado y abusivo de internet por parte de jóvenes y no tan jóvenes; la pobreza de las argumentaciones que se escuchan por la calle (y en los telediarios) y la perdicie intelectual que causa la adicción a la tecnología digital; la preeminencia del fútbol y de los best-sellers de consumo inmediato; e incluso el rollo poligonero o las pautas del afrentoso Trump. Nada salvaba en su análisis. Tan contundente era que el mundo, de repente, parecía quedar envuelto en una calígine fría e irracional.
El colega pausado, por el contrario, indolente hasta el hartazgo, defendía sin afán, pero con ese comedimiento de los grandes prohombres, posturas contrarias al anterior: no tanto por opinar distinto como (y esa es mi sospecha) por abulia: la tarea de cambiar lo errado le parecía descomunal. Mejor dejarlo todo como está, que tampoco pasa nada, y pretenderlo lleva al fracaso.
Yo, el tercero en discordia, tan criticón como soy, tan utópico en los pareceres y recoleto en las maneras, saboreaba las hipérboles de uno tanto como las mansedumbres del otro. Si se mira bien, desentenderse del ruido originado (ya sea en la vorágine televisiva o en la cortedad de internet) es ante todo una cuestión de limpieza mental. El ruido nada aporta y mucho destruye. Si participamos en él, produciendo aún más ruido, ya sea en foros o en debates con críticas que sean más descalificación que criterio, solo hallaremos intemperanza y agotamiento. 
En aquel almuerzo dejé bien claro que no importa en absoluto que millones de personas (de imbéciles, que diría Umberto Eco) quieran orientar sus vidas a enzarzarse insulsamente en el fragor de las cuestiones básicas y vulgares, donde no hay cabida para la razón. Lo conspicuo no necesita del aplauso para brillar y que la masa adocenada decida, porque le conviene, que la vulgaridad vale lo mismo que la inteligencia, en nada inhibe a esta última de su potencial de cambio y conocimiento para todo el conjunto de la humanidad.

Lo que necesitamos, acaso imperiosamente, como una primera medida de cambio social, de desvinculación de lo inmediato e irreflexivo, cuando no del fanatismo o lo pueril, es imponer silencio en nuestras vidas, darle al botón de apagado o de desconexión con alguna frecuencia (cuanta más, mejor), y tratar de entender los susurros del vacío interior… 
Qué desasosiego. De repente, me veo pensando como tantos otros antes que yo a lo largo de la Historia que han pretendido entender el sentido de la existencia humana. Desde la lejanía.

viernes, 5 de mayo de 2017

Stagier

Por Jordi Cruz, un afamado cocinero catalán que también sale por la tele, he conocido el significado de la palabra “stagier”. Los llamaban aprendices, pero ahora que el glamour ha invadido los fogones, todo sabe mejor en francés (con permiso de Arzak: la cocinería debería estar en euskera. Pero eso es otra historia).
No sé a ustedes, pero que se diga que sin aprendices sin salario un negocio no es viable, es inquietante. Razones habrá, pero no me convencen. Suena a fraude (legal o no), a mentira mil veces repetida, a mantra reconvertido en ley natural. Si la realidad permite sueldos ínfimos, o en dinero negro, o contratos leoninos u horarios descontrolados, estamos en Bangla Desh, no en España. En las carreteras se ven coches que cuestan cincuenta veces el salario mínimo, o más: ¿acaso esos vehículos tan potentes y lujosos no han sido adquiridos gracias a la existencia de un alto porcentaje de “pringados”? Pido perdón, pero no sé bien cómo denominar a quienes se desloman para que otros se peguen una vida de p.m.
La cosa está extendida. Hace años hube de contratar a alguien para suplir una baja por maternidad. La recomendación que me dieron fue ofrecer un contrato inferior al mileurismo, porque, total, se iban a pegar por migajas. No hice caso. Ofrecí el mismo salario que se iba a cubrir y exigí similares aptitudes. Me pareció lo justo. Obviamente, quien formuló aquella recomendación cobraba un salario brutal: le repliqué que estaba dispuesto a discutir con su jefe (el verdadero dueño de la empresa) la necesidad de reemplazarle y ahorrar una importante cantidad en costes laborales porque, total, candidatos habría que se pegarían por una tercera o cuarta parte de su sueldo (que lo hicieran igual de bien o mejor era cuestión de tiempo). El susodicho se limitó a mirarme con frialdad: reconocí en esa mirada el orgullo de pertenecer al clan de los privilegiados y el empeño en defender dicho estatus.

Solo unos pocos de los muchos “stagiers” que hay en la vida llegará a prosperar. El resto tendrá que vérselas con futuros esquilmados y sueldos de mierda aunque ahora se estén deslomando mucho o muchísimo por bregar bajo el brillo intumescente de personajes a quienes realmente poco importa lo que les suceda mañana. Será el momento de preguntarles: para qué. O también: por qué habéis menoscabado el futuro de vuestros compañeros. Pues la ventaja de uno es la miseria de cientos. Pobre Marx… Se ha perdido el concepto de clase.

jueves, 27 de abril de 2017

Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los intereses de las multinacionales, me lleva por las calles de la ciudad Condal bajo una lluvia recia, con los cristales empañados por el frío, mientras desgrana sin pausa su mensaje podemita y de ensalzamiento icónico de Tsipras, el visionario. Arremete contra los mercachifles peperos y sociatas, que lo vendieron todo al capital extranjero para gastárselo en putas, cocaína y maletines suizos. No olvida defender a los sufridos compañeros estibadores (sin mencionar que sean una casta endogámica que defiende a cara de perro sus desorbitados salarios: al menos consumen y gastan aquí, dice). De Pujol no habla apenas. Lo considera un comisionista de vía estrecha con discurso independentista, y la batalla no es esa. De doña Esperanza descuelga algún dicterio más contundente: la derecha (menuda derecha, por cierto, estos congregan todos los atavismos que enumerarse pudiera) es el sempiterno enemigo, da igual el tiempo o el lugar.
Sigue avanzando el taxi que me va a ahorrar media hora de metro y permitir llegar a tiempo al AVE. Las aceras se encuentran anegadas y el asfalto que pisan los coches levanta abanicos de agua a su paso, arrasando los escalofríos de los viandantes que esperan junto al semáforo para cruzar. En el único momento que me permite comentar algo de lo mucho que dice, le pregunto al taxista si se siente satisfecho con la labor consistorial de la alcaldesa de Barcelona, que es de los suyos, obviamente. Entonces me mira con ojos escrutadores, no vaya a ser que esté tratando de reírme de él  (cosa que no he pensado siquiera). Es ahora cuando diserta sobre las dificultades de gobernar desde la independencia y el apartamiento de los poderosos. La labor es ímproba, los tiempos ingratos, los resultados tardarán generaciones  (ay, madre) en ser percibidos. El capital es poderoso y se encuentra siempre acechante. La banca y las multinacionales conspiran desde el minuto uno y no se cansarán hasta que la alcaldesa (personaje tan astuto como desorientador donde los haya) caiga. Todos acaban cayendo, replico. Sí, me dice, eso es indiscutible, pero ella acaba de ser madre por segunda vez. Y eso qué tiene que ver, le pregunto absorto. Ah, responde, pero ella ha parido en hospital público. Claro, eso lo cambia todo.
De verdad, hay días en que ver caer agua del cielo es una bendición.

jueves, 20 de abril de 2017

Prisión política

Para algunos el esplendor primaveral ha llegado ahora no con la floración de los árboles y arbustos, sino con la irrupción de la prisión en la vida de quienes han venido gobernando durante muchos años.
Mientras escribo esta columna, un colega de Murcia me comenta que ya iba siendo hora de que alguno entrase en la cárcel, aunque no entendamos bien los entresijos de la decisión de la justicia cuando decide privar de libertad a un ciudadano. “Da igual”, me replica, “son una panda de ladrones, aunque no tuviésemos una razón conocida para mandarlos a la trena, alguna más oculta habría para merecerlo”.
El tema este de la corrupción está muy trillado y carece ya de capacidad de asombro. Pero a mí, particularmente, me sigue dejando absorto la lenidad de los partidos a la hora de exigir a los propios que se aparten en caso de duda. Duda corrupta, se entiende. Y entre la ciudadanía, llama la atención que los de una cierta tendencia ideológica pretendan siempre la defensa de los de su ala reprochando la mayor gravedad de las corrupciones de los otros. Es como asumir, implícita y explícitamente, que en el ejercicio del poder es imposible mantenerse ecuánime ante las presiones de amigos y ricamigos (los ricos que, dineros mediante, de repente son amigos de quien decide en las mesas del poder).
Sinceramente, me da lo mismo cuál sea el destino de estos pájaros encarcelados. Para este tipo de delito siempre he creído que la privación de libertad es un castigo poco útil: preferiría que policías y jueces se enfrascasen más en recuperar el dinero distraído, cuestión que parece harto difícil.  Pero la brega política a fin de cuentas no se sustenta en el  cumplimiento de las leyes que ellos mismos promulgan (a raudales) sino en no parecer débiles  (es decir, no dejar solo al colega político encausado salvo que nada más se pueda hacer) mientras se repite el mantra de la honorabilidad y la honradez, algo que, seamos justos, todos quieren parecer al precio que sea, pasando siempre por el impedimento a ultranza de que se investigue el caso que les ocupa.
No confío en que sea la justicia la manera más eficaz de restituir los equilibrios provocados por el delinquimiento. Pero en ausencia de un modo mejor aún no inventado, habrá que animar a nuestros jueces y fiscales a seguir haciendo su trabajo. Los detenidos, que luchen por su inocencia. Y los demás, ocupémonos de hacer bien las cosas y celebremos la fiesta diaria de la justicia universal. Ea.

miércoles, 12 de abril de 2017

858

858. Este es el número de personas asesinadas por la ETA (aunque para el Ministerio del Interior han sido 829: discusión banal, a los ministerios hay que hacerles poco caso, siempre van por detrás de los acontecimientos). La primera víctima, atribuida durante mucho tiempo al DRIL, fue una niña de dos años de edad llamada Begoña Urroz que murió mucho antes de que yo naciese a causa de una explosión en la estación de Amara. También sería mayor que yo la primera víctima perteneciente a los cuerpos de seguridad del Estado, un guardia civil de 25 años llamado José Pardines, tiroteado por la espalda por dos pistoleros. Y así hasta 858. Durante toda una vida humana. Que no es poco. Y no he contado los extorsionados ni los secuestrados, ni tampoco a quienes hicieron huir.
En 2001 mantuve breve correspondencia con una vizcaína, Begoña, afiliada al PNV (dato que no reviste mayor importancia) al igual que su marido y su familia, que me trataba de convencer que “los de fuera” hacíamos mal en llamar a aquellos chicos terroristas: “los llamáis asesinos, pero la realidad es otra, aunque no la comparta: luchan por su patria”. Lo de no suscribir las muertes, pero sí las consecuencias, siempre ha sido asunto tenebroso. Porque, en efecto, lo que se dice luchar, lucharon, lo mismo contra militares que contra civiles e incluso niños, que las bombas no distinguen. A Miguel Ángel Blanco lo mataron no como se mata en las guerras sino como mataba la ETA al estilo Txapote, con dos balazos, el segundo mortal. Y al último de los verdaderos mártires de esta historia, el policía francés Nérin, en un control de carretera. Que por fin se haya acabado esta pesadilla, bien está.
Dicen que dos no riñen si uno no quiere, pero está claro que, aunque los demás no queríamos, ellos se mantuvieron empecinados con las bombas y las balas. Siempre de manera unidireccional, por mucho que la revistan de patriotismo y pese a las ilegalidades de Vera y demás personajes. La ridiculez del fingido desarme pronto caerá en el olvido: tampoco tiene mayor trascendencia, pese a los titulares de la prensa. Terrible sería que pronto olvidásemos que 858 personas no pudieron realizar sus vidas por una execrable concepción del terruño. Y creo que mayor error sería olvidar que una vez hubo personajes que, sin empuñar las armas, provocaron con sus palabras el más grande dolor que pudieron soportar las familias de las víctimas. Sí, Setién, va por usted. Aunque no sea el único.

viernes, 7 de abril de 2017

Británicos enojados

Esta semana, en Ámsterdam, he comprobado lo nerviosos que se encuentran mis colegas británicos con el Brexit. Hasta ahora habían manifestado una casposa exhibición de tranquilidad, aunque no había manera definida de saber si provenía de sí mismos y de la seguridad en su fortaleza económica, o simplemente en las indescifrables incógnitas de un destino más o menos compartido por todos. Pero ahora todo ha cambiado. Bastó con escuchar atónitamente al colega británico mientras se servía un café con pastas en una de las pausas de trabajo: se enorgullecía de marcharse de la Unión Europea para poder ser más europeos que nunca (sic) y defender con mayor arrojo los valores de la caduca Europa. Evidentemente algo que solo se puede hacer desde fuera.

Tal vez no quisiera referirse, de una manera un tanto velada, a Gibraltar, pero lo hizo. Al fin y al cabo, cuando pronunció esas palabras el Parlamento Europeo acababa de dejar al peñón fuera de las negociaciones del Brexit. Acierto diplomático de Madrid, espeté a regañadientes. El colega italiano, muy mordaz, acabó ofreciendo su colaboración desde la península transalpina para oficializar un frente mediterráneo. Los colegas alemanes, y estos sí que juegan muy astutamente al póker, puntualizaron que ellos no podían sacar las tropas fuera de Alemania, “salvo que nos dejéis volver a invadiros nuevamente a todos, claro”. Más risas. Algún café se cayó al suelo y las pastas holandesas, que no son ni mucho menos ricas, salvo las magdalenas, quedaron rápidamente en desuso.

Hubo un conato de incendio con lo de recordar las Malvinas. Fue breve, pero comprometido. Metió el dedo en el ojo el colega belga, siempre chinchón. El británico desvió con torpeza el dardo. El francés reprochó el berrinche y los visos arrabaleros de una flema británica herida en su orgullo. Yo aseguré que España no es la junta militar de aquella Argentina de 1980: ni siquiera la Argentina de hoy lo es. A la postre, que Europa pretenda unirse tiene mucho que ver con los errores de dos guerras mundiales seguidas. Incluso el británico hubo de reconocer que, cuando hablaba de valores europeos, se refería justamente a lo contrario que algún bocazas ignorante con cargo de ex ministro estaba manifestando al respecto.

En fin. Aburridas no han sido las reuniones. El Brexit da juego. Pero ninguno sabemos a ciencia cierta lo que va a pasar. Finalmente convinimos en despedir al director, que es europeísta, pero inglés (entre risas, claro).

jueves, 30 de marzo de 2017

Viudas al ataque

Mi madre enviudó hace unos años y es mujer de profundas convicciones religiosas. Admito que, cuando habla conmigo sobre sus costumbres de rezos y credos y rosarios, la mayor parte de las veces me dedico a burlarme cariñosamente de su empeño por asegurarse enconadamente una mejor otra vida, dejando para esta, la que realmente existe, el impreciso rol de estación de tránsito.
Los temas del Señor son profusos. No fue sino hace unos días que recordaba aquí, en esta misma columna, aquello de que Jesucristo nunca existió, cosa que bastó para que algunos me endilgasen unas cuantas jaculatorias de hondísimo sentimiento pío, tales como el darwiniano sugerir que yo aún sigo siendo simio (o acaso lo entendí mal porque quisieron decir que soy muy mono, que lo soy, pero no lo digo para no pecar de inmodestia). Y héteme que otro lector bastante leguleyo me advierte del peso, literal, del Código Penal y su artículo 525, aconsejándome que retorne al buen camino no me vaya a suceder como a ese concejal lucense a quien una asociación de viudas le ha pedido, denuncia mediante, disculpa, rectificación y propósito de enmienda por anunciar los carnavales de su ciudad con un dibujo de alguien disfrazado de Papa. Cuando los católicos se fundamentan hay que andarse con cuidado. Lo curioso es que no ha trascendido la noticia de que en el juzgado respectivo los funcionarios se hayan muerto de la risa…
En fin, a Dios rogando y con el mazo amenazando. Dicen unos que es por respeto, palabreja cuyo significado nunca he alcanzado a entender y que espero que no verse sobre la preservación de lo de ultratumba. Allá cada cual si la defensa de Dios o de la figura del Papa la ha de ejercer mediante abogados: que el más allá nos pille bien confesados (valga la ironía y no se me enfade: me favorece demoler anacronismos atávicos para revalidar mis cualidades simiescas).

Basta echar un vistazo a la calle para ver que las convicciones religiosas van careciendo no ya de sentido, también de inmanencia e incluso trascendencia. El devenir humano campa por otros respetos. Y aunque se me antoja que la justicia no tiene mucho que ver con el martillo fundamentalista, por mucho que el encaje escrito de la ley contemple inmensas lagunas, está claro que cuando incluso los hijos denuncian a los padres por maltrato al haberles privado del móvil para que de una vez se pongan a estudiar, ha llegado el momento crucial de volar los puentes que unen mediocridad y necedad.

viernes, 24 de marzo de 2017

Copas y mujeres

Yo quiero vivir en uno de esos países que, Dijsselbloem dixit, se gasta las ayudas de los demás en mujeres y en copas. ¡Eso sí es un puntazo! Dedicado a gandulear, bastaría con abrir la mano para que cayesen encima los billetes y, con ellos, dedicarse uno a los más suculentos vicios: las copas y las mujeres. No sé si especialmente lo primero o esto último: tengo que preguntarle al holandés qué está mejor visto, aunque en estos tiempos que corren es preferible que le tilden a uno de borracho contumaz que de seductor o mujeriego, por aquello del machismo, digo, no por otra cosa (aunque, bien pensado, qué diablos le importa a nadie lo que uno haga con su vida, con las copas o con las mujeres; esto de las sentencias populares es un mal cuento que nos han endilgado los cuatro amargados soseras de toda la vida).

¡Aunque acabo de darme cuenta de un detalle no menor! Si yo viviese en un país sureño dedicado por entero a beber y folgar con fenbras placenteras (parafraseando a don Juan Ruiz y sin objetar ante las restantes opciones sexuales) con dispendio de los dineros tan arduamente ganados por esos ciudadanos norteños tan civilizados y trabajadores como el holandés cuyo epítome me ha venido que ni de perlas para la columna de este viernes, ¿qué impediría a esos del norte venirse donde yo esté para entregarse igualmente a la dulce vida del no hacer absolutamente nada (solo beber y …, bueno, eso)? La virtud aristotélica es tan útil como férrea sea la voluntad de quienes la practican y resulta difícil bregar eternamente contra viento y marea, es decir, contra centelleos de gin-tonic y perjumes femeniles que suliveyan (véase el diccionario de americanismos con permiso de don Carlos Mejía Godoy). Vaya, que no tengo yo a los norteños por píos y abnegados, caramba. Y si se vienen al sur, ¿quién queda para pagarnos a todos las copas y las juergas flamencas, aunque no se pille cacho (por aquello del incremento de los rivales, por añadidura blondos y con don de lenguas)? Déjenme pensar a ver qué incautos quedan por ahí… ¿los yanquis? No creo. ¡Ya está! Los chinos: esos trabajan a destajo y nunca descansan…

Menos mal que he resuelto el problema. Empezaba a preocuparme. Respire tranquilo, señor Dijsselbloem, que aunque haya chinos seguiremos dándole motivos para revalidar sus sermones y sandeces. Divertidos estamos con este señor…

(Lo dejo aquí: antes de acabar deseo manifestar mi solidaridad con las víctimas del atentado de Londres)