jueves, 20 de abril de 2017

Prisión política

Para algunos el esplendor primaveral ha llegado ahora no con la floración de los árboles y arbustos, sino con la irrupción de la prisión en la vida de quienes han venido gobernando durante muchos años.
Mientras escribo esta columna, un colega de Murcia me comenta que ya iba siendo hora de que alguno entrase en la cárcel, aunque no entendamos bien los entresijos de la decisión de la justicia cuando decide privar de libertad a un ciudadano. “Da igual”, me replica, “son una panda de ladrones, aunque no tuviésemos una razón conocida para mandarlos a la trena, alguna más oculta habría para merecerlo”.
El tema este de la corrupción está muy trillado y carece ya de capacidad de asombro. Pero a mí, particularmente, me sigue dejando absorto la lenidad de los partidos a la hora de exigir a los propios que se aparten en caso de duda. Duda corrupta, se entiende. Y entre la ciudadanía, llama la atención que los de una cierta tendencia ideológica pretendan siempre la defensa de los de su ala reprochando la mayor gravedad de las corrupciones de los otros. Es como asumir, implícita y explícitamente, que en el ejercicio del poder es imposible mantenerse ecuánime ante las presiones de amigos y ricamigos (los ricos que, dineros mediante, de repente son amigos de quien decide en las mesas del poder).
Sinceramente, me da lo mismo cuál sea el destino de estos pájaros encarcelados. Para este tipo de delito siempre he creído que la privación de libertad es un castigo poco útil: preferiría que policías y jueces se enfrascasen más en recuperar el dinero distraído, cuestión que parece harto difícil.  Pero la brega política a fin de cuentas no se sustenta en el  cumplimiento de las leyes que ellos mismos promulgan (a raudales) sino en no parecer débiles  (es decir, no dejar solo al colega político encausado salvo que nada más se pueda hacer) mientras se repite el mantra de la honorabilidad y la honradez, algo que, seamos justos, todos quieren parecer al precio que sea, pasando siempre por el impedimento a ultranza de que se investigue el caso que les ocupa.
No confío en que sea la justicia la manera más eficaz de restituir los equilibrios provocados por el delinquimiento. Pero en ausencia de un modo mejor aún no inventado, habrá que animar a nuestros jueces y fiscales a seguir haciendo su trabajo. Los detenidos, que luchen por su inocencia. Y los demás, ocupémonos de hacer bien las cosas y celebremos la fiesta diaria de la justicia universal. Ea.

miércoles, 12 de abril de 2017

858

858. Este es el número de personas asesinadas por la ETA (aunque para el Ministerio del Interior han sido 829: discusión banal, a los ministerios hay que hacerles poco caso, siempre van por detrás de los acontecimientos). La primera víctima, atribuida durante mucho tiempo al DRIL, fue una niña de dos años de edad llamada Begoña Urroz que murió mucho antes de que yo naciese a causa de una explosión en la estación de Amara. También sería mayor que yo la primera víctima perteneciente a los cuerpos de seguridad del Estado, un guardia civil de 25 años llamado José Pardines, tiroteado por la espalda por dos pistoleros. Y así hasta 858. Durante toda una vida humana. Que no es poco. Y no he contado los extorsionados ni los secuestrados, ni tampoco a quienes hicieron huir.
En 2001 mantuve breve correspondencia con una vizcaína, Begoña, afiliada al PNV (dato que no reviste mayor importancia) al igual que su marido y su familia, que me trataba de convencer que “los de fuera” hacíamos mal en llamar a aquellos chicos terroristas: “los llamáis asesinos, pero la realidad es otra, aunque no la comparta: luchan por su patria”. Lo de no suscribir las muertes, pero sí las consecuencias, siempre ha sido asunto tenebroso. Porque, en efecto, lo que se dice luchar, lucharon, lo mismo contra militares que contra civiles e incluso niños, que las bombas no distinguen. A Miguel Ángel Blanco lo mataron no como se mata en las guerras sino como mataba la ETA al estilo Txapote, con dos balazos, el segundo mortal. Y al último de los verdaderos mártires de esta historia, el policía francés Nérin, en un control de carretera. Que por fin se haya acabado esta pesadilla, bien está.
Dicen que dos no riñen si uno no quiere, pero está claro que, aunque los demás no queríamos, ellos se mantuvieron empecinados con las bombas y las balas. Siempre de manera unidireccional, por mucho que la revistan de patriotismo y pese a las ilegalidades de Vera y demás personajes. La ridiculez del fingido desarme pronto caerá en el olvido: tampoco tiene mayor trascendencia, pese a los titulares de la prensa. Terrible sería que pronto olvidásemos que 858 personas no pudieron realizar sus vidas por una execrable concepción del terruño. Y creo que mayor error sería olvidar que una vez hubo personajes que, sin empuñar las armas, provocaron con sus palabras el más grande dolor que pudieron soportar las familias de las víctimas. Sí, Setién, va por usted. Aunque no sea el único.

viernes, 7 de abril de 2017

Británicos enojados

Esta semana, en Ámsterdam, he comprobado lo nerviosos que se encuentran mis colegas británicos con el Brexit. Hasta ahora habían manifestado una casposa exhibición de tranquilidad, aunque no había manera definida de saber si provenía de sí mismos y de la seguridad en su fortaleza económica, o simplemente en las indescifrables incógnitas de un destino más o menos compartido por todos. Pero ahora todo ha cambiado. Bastó con escuchar atónitamente al colega británico mientras se servía un café con pastas en una de las pausas de trabajo: se enorgullecía de marcharse de la Unión Europea para poder ser más europeos que nunca (sic) y defender con mayor arrojo los valores de la caduca Europa. Evidentemente algo que solo se puede hacer desde fuera.

Tal vez no quisiera referirse, de una manera un tanto velada, a Gibraltar, pero lo hizo. Al fin y al cabo, cuando pronunció esas palabras el Parlamento Europeo acababa de dejar al peñón fuera de las negociaciones del Brexit. Acierto diplomático de Madrid, espeté a regañadientes. El colega italiano, muy mordaz, acabó ofreciendo su colaboración desde la península transalpina para oficializar un frente mediterráneo. Los colegas alemanes, y estos sí que juegan muy astutamente al póker, puntualizaron que ellos no podían sacar las tropas fuera de Alemania, “salvo que nos dejéis volver a invadiros nuevamente a todos, claro”. Más risas. Algún café se cayó al suelo y las pastas holandesas, que no son ni mucho menos ricas, salvo las magdalenas, quedaron rápidamente en desuso.

Hubo un conato de incendio con lo de recordar las Malvinas. Fue breve, pero comprometido. Metió el dedo en el ojo el colega belga, siempre chinchón. El británico desvió con torpeza el dardo. El francés reprochó el berrinche y los visos arrabaleros de una flema británica herida en su orgullo. Yo aseguré que España no es la junta militar de aquella Argentina de 1980: ni siquiera la Argentina de hoy lo es. A la postre, que Europa pretenda unirse tiene mucho que ver con los errores de dos guerras mundiales seguidas. Incluso el británico hubo de reconocer que, cuando hablaba de valores europeos, se refería justamente a lo contrario que algún bocazas ignorante con cargo de ex ministro estaba manifestando al respecto.

En fin. Aburridas no han sido las reuniones. El Brexit da juego. Pero ninguno sabemos a ciencia cierta lo que va a pasar. Finalmente convinimos en despedir al director, que es europeísta, pero inglés (entre risas, claro).

Prisión política

Para algunos el esplendor primaveral ha llegado ahora no con la floración de los árboles y arbustos, sino con la irrupción de la prisión e...