jueves, 27 de abril de 2017

Agua del cielo

Un taxista de Barcelona, revolucionario marxista convencido, defensor de la banca pública y la regulación intensiva de un país contra los intereses de las multinacionales, me lleva por las calles de la ciudad Condal bajo una lluvia recia, con los cristales empañados por el frío, mientras desgrana sin pausa su mensaje podemita y de ensalzamiento icónico de Tsipras, el visionario. Arremete contra los mercachifles peperos y sociatas, que lo vendieron todo al capital extranjero para gastárselo en putas, cocaína y maletines suizos. No olvida defender a los sufridos compañeros estibadores (sin mencionar que sean una casta endogámica que defiende a cara de perro sus desorbitados salarios: al menos consumen y gastan aquí, dice). De Pujol no habla apenas. Lo considera un comisionista de vía estrecha con discurso independentista, y la batalla no es esa. De doña Esperanza descuelga algún dicterio más contundente: la derecha (menuda derecha, por cierto, estos congregan todos los atavismos que enumerarse pudiera) es el sempiterno enemigo, da igual el tiempo o el lugar.
Sigue avanzando el taxi que me va a ahorrar media hora de metro y permitir llegar a tiempo al AVE. Las aceras se encuentran anegadas y el asfalto que pisan los coches levanta abanicos de agua a su paso, arrasando los escalofríos de los viandantes que esperan junto al semáforo para cruzar. En el único momento que me permite comentar algo de lo mucho que dice, le pregunto al taxista si se siente satisfecho con la labor consistorial de la alcaldesa de Barcelona, que es de los suyos, obviamente. Entonces me mira con ojos escrutadores, no vaya a ser que esté tratando de reírme de él  (cosa que no he pensado siquiera). Es ahora cuando diserta sobre las dificultades de gobernar desde la independencia y el apartamiento de los poderosos. La labor es ímproba, los tiempos ingratos, los resultados tardarán generaciones  (ay, madre) en ser percibidos. El capital es poderoso y se encuentra siempre acechante. La banca y las multinacionales conspiran desde el minuto uno y no se cansarán hasta que la alcaldesa (personaje tan astuto como desorientador donde los haya) caiga. Todos acaban cayendo, replico. Sí, me dice, eso es indiscutible, pero ella acaba de ser madre por segunda vez. Y eso qué tiene que ver, le pregunto absorto. Ah, responde, pero ella ha parido en hospital público. Claro, eso lo cambia todo.
De verdad, hay días en que ver caer agua del cielo es una bendición.