viernes, 27 de enero de 2017

27 de enero de 1945

Hace 72 años de la liberación de Auschwitz. Y no sé bien cómo expresar en una breve columna los sentimientos que me produce su recuerdo.
Solemos asociar Auschwitz al Holocausto judío, pero las atrocidades allí cometidas fueron constantes en todo el entramado de campos de concentración (KL) de las SS desde 1933 y las sufrieron, mucho antes que el colectivo semita, los comunistas y socialistas alemanes, los considerados “maleantes” (gentes como usted y como yo), los polacos de toda condición, los soldados soviéticos prisioneros, los gitanos…
Las pocas imágenes gráficas existentes de lo perpetrado en Auschwitz-Birkenau provienen de un reportaje gráfico de las SS en plena campaña de homicidio masivo de los judíos húngaros en 1944. En ellas puede observarse cómo de los trenes cargados de gentiles, ignorantes de lo que les deparaba tras las alambradas, los nazis seleccionaban a los aptos para trabajos forzados como esclavos (un 25%) y el resto, mujeres embarazadas, ancianos, niños y padres que los acompañaban, enviados a su exterminio inmediato (confieso que sigo obsesionado con una foto de Birkenau que puede hallarse en Wikipedia, donde se ve a una anciana y sus tres nietos caminar hacia la cámara de gas). En la primavera y verano de 1944 los crematorios y el zyklon B no dieron abasto: los nazis llegaron a prescindir de ellos y fusilaban a los judíos ante las fosas en llamas donde ardían los cadáveres, cuando no los mataban a golpes o arrojándolos vivos al fuego, niños inclusive. El horror del nazismo, representado en el terror visceral impuesto por las SS en sus KL, es una lección que no debería olvidarse jamás.

Pese a ser uno de los periodos de la historia mejor estudiados y documentados, muchos niegan el Holocausto. Cuando fui a visitar Auschwitz hubo quienes me exhortaron a no creer lo que viese. No creer en las ruinas de los barracones y cámaras de gas, los vestigios, las fichas de los nazis, la profusa documentación burocrática de las SS, no creer en las evidencias históricas, ni en los testimonios (de uno y otro bando) y mucho menos en el trabajo científico de los historiadores. Decidí no perder el tiempo en replicarles. No soy historiador y no sabría cómo convencer a un fanático. Necesito ese tiempo para seguir devorando libros académicos sobre los KL o Auschwitz. Y aprender más. Y vencer mi dolor. Y mi pena. Hay millones de almas que, desde su silencio, siguen pidiéndonos solamente una cosa: que no olvidemos.  

jueves, 19 de enero de 2017

Julio de 2007

Que la soldado Chelsea Manning sea excarcelada el 17 de mayo por decisión de Barack Obama es una estupenda noticia, pero no es la excelente que este mundo necesita. Todavía me abruma el vídeo de un helicóptero estadounidense ametrallando en julio de 2007 a una docena de iraquíes, matándolos de inmediato, bajo la excusa (falsa) de que eran insurgentes y portaban armas. Si no lo conocen o no lo recuerdan, y disponen de un estómago endurecido, pueden ver lo que pasó, transcripciones incluidas, en Wikimedia Commons, y comprobar ustedes mismos tamaña atrocidad. Un vídeo así debería ser suficiente para juzgar a una larga cadena de soldados y militares por asesinos, por cobardes y por monstruos. Pero no. Un vídeo así, junto a una enorme cantidad de información clasificada, sirvió para condenar a Manning, meterlo en un agujero infecto y tildarlo de traidor. Medio mundo salió en masa a defenderle. El otro medio se adhirió a la condena y sus causas.
Es aberrante la manera en que se defienden las llamadas razones de Estado. ¿Qué razón puede esgrimirse ante una matanza de civiles, las torturas en Abu Graib o las detenciones indiscriminadas, al más puro estilo soviético o nazi, de Guantánamo? El gobierno geopolítico es una baza tan sucia y maloliente de nuestro mundo que apenas resiste el mínimo análisis moral. Ellos son conscientes: nosotros nos mantenemos voluntariamente o no narcotizados con el ocio y la tele y los móviles, y desviamos la atención de lo importante a lo secundario: que si Assange violó a dos suecas con polvos arriesgados, que si a Snowden le faltó tiempo para irse adonde el enemigo, que si Manning era un homosexual que, por frustración, puso en peligro a toda la civilización occidental… El caso Dreyfus revivido. No hemos aprendido nada en 100 años.
Que yo sepa, nadie ha respondido todavía a la pregunta de cuál es el daño que se inflige por destapar la putridez de esos carroños con armas automáticas capaces de disparar desde un helicóptero contra seres indefensos cuyo mayor pecado fue estar allí (Reuters y niños incluidos). A lo mejor en el resto de documentos filtrados había contenidos que pudieran ser peligrosos para nuestra supervivencia y desarrollo, pero más lo había en la sarta de embustes y mentiras con que unos señores, desde las Azores, justificaron una guerra de la que hubimos de retirarnos (las empiezan ellos, las acabamos todos) “como ladrones, en mitad de la noche, sin decir adiós y sin mirar atrás”.

viernes, 13 de enero de 2017

Muchos "like"

Ando preocupado con la admiración que Queco empieza a desarrollar por los “youtubers”, esos chicos que cuelgan vídeos en YouTube que siguen cientos, miles o millones de usuarios. De momento no se ha incardinado en lo de querer ser popular, por lo cual respiro aliviado: no hay cosa más terrible que convencer a una criatura de que el famoseo no sirve para nada, acaso para ganar dinero con la publicidad (es aún más costoso hacer entender a un niño que la codicia tampoco es un bien en sí mismo).
Me espanta este deseo de popularidad, que tanto ha mudado de aspecto. En los jóvenes siempre fue un concepto morboso en el que todos incurrimos tarde o temprano: satisfacía saber que los demás contaban contigo y uno podía substraerse más fácilmente del mundo adulto. Pero era complicado de alcanzar. En mi colegio eran populares los deportistas (entrenaban a baloncesto o balonmano, parecían más maduros y todos los admiraban) y también los empollones, como era mi caso, pero en sentido negativo (les confieso que nos corroía la envidia de no poder ser como los otros, y aunque nos consolásemos diciendo que no queríamos ser como ellos, en realidad sí queríamos). Ahora, la popularidad se asocia a riqueza, poder, éxito… como los futbolistas, vaya. Pero no todo el mundo tiene talento para darle patadas con estilo al balón. por eso las redes sociales explotan otros caminos: ¿no resulta desalentador comprobar cómo lo de sumar seguidores conduce a las chicas al exhibicionismo y a los chicos a la violencia en alguna de sus muchas formas?
Mutatis mutandis, el objetivo es el mismo: tener amigos y recibir la dosis diaria de vanagloria. Pero el matiz es importante, porque ahora no importa que se reparta con otros y se corre el riesgo de incorporar a la vida real aquello que en las redes sociales proporciona éxito. Comprueben si no esos consejos que se dan para ser famoso en Facebook o en YouTube: piercings, tatuajes, barbas luengas, moda escabrosa, pero también autoritarismo, fanatismo, sexismo…
Lo de ser popular en las redes es consecuencia de engendros como Gran Hermano, pero sin restricciones de acceso.  En nuestra época, para ser queridos, nos bastaban los compañeros de clase con quienes te llevabas bien y esos dos o tres amigos a quienes te unía algo muy esencial. Ya Borges señalaba que él tenía amigos, muchos conocidos e infinidad de saludados. En el mundo presente habrá que añadir a los seguidores y a ser posible decir que se tiene una legión o dos de ellos

viernes, 6 de enero de 2017

Demasiado ruido

Hay demasiado ruido. Demasiadas palabras. Demasiadas voces. Y demasiada brevedad, pero no en sentido lacónico, sino precipitado. Sucede en la televisión, sucede en Internet, sucede igualmente en la radio. Antaño las disputas se dirimían en los bares y cara a cara. Hogaño el avasallamiento retórico rara vez lleva impuesto el rostro de quien se expresa. Se escupen las consignas y los dicterios con la fanfarronería propia de las mentes necesitadas de reflexión, amparadas por el anonimato y la petulancia. Lo mismo en una columna que habla de cine que en una revista donde se desentraña la moda que viene. Twitter, con sus horrendos 140 caracteres, o Facebook, con su incondicional militancia del egocentrismo más profundo, han sido capaces de sustituir la razón crítica por la sinrazón fascista.

Dirán ustedes que exagero. Pero son demasiadas las ocasiones en que me siento sepultado por un aluvión innecesario de información parcial o inmediata, de fanatismo verbal, de verborrea prescindible, de extremismos dialécticos, de estupidez ideologizada. Y solo encuentro refugio en el apartamiento, justificado por la necesidad de mantener el espíritu crítico a salvo de los destrozos de esta guerrilla social sin rostro, librada por millones de idiotas que se manifiestan de continuo, aunque no tengan absolutamente nada que decir (signo inequívoco de la idiotez), porque o bien no saben hacer otra cosa o han llegado al convencimiento de que la misión de cualquiera en la vida es la de hablar sin límite. Y sin escuchar. Y sin entender.

Yo mismo cada viernes vulnero la paz intelectual hablando desde esta columna, lo sé. Y soy consciente de que con ello abundo en ocasiones en el ruido de las armas filosas de una dialéctica que bien pudiera retorcerse de manera atropellada. Por eso he decidido comenzar el año pidiendo perdón y obligándome a declarar, con convencimiento, que no es mi opinión sino una contingencia más en sus vidas y en la mía propia, jamás un paredón inamovible donde aniquilar las opiniones contrarias o yuxtapuestas. Por eso les escribo desde el silencio y la distancia. Porque sin silencio no hay reflexión serena y sin distancia no hay perspectiva. Y necesitamos ambas para dirimir con un mínimo de lucidez las muchas tribulaciones que nos aguardan este año y que pondrán a prueba nuestra predisposición frente al griterío demoledor que todo lo avasalla.

Deseo que hayan disfrutado de un inicio de año esperanzador.